miércoles, 22 de octubre de 2014

De las epifanías de la alegría

Esta entrada iba a ser una entrada triste y melancólica. Y la debo y la escribiré porque va dedicada a una persona a la que… ¿quise, quiero, me importa, significa? mucho. Pero ché, llevo de vacaciones y resfriada -porque a mí me gusta vivir al límite- desde el jueves y ahora que me encuentro mejor me apetece contar cosas más bonitas y ponerles nombre. Carlos me dijo, en su extraña sabiduría, que lo que no se nombra no existe. Por supuesto, la teoría no era suya. Pero cuando nos conocimos él ya estaba en bachillerato y yo no había acabado la ESO aún: me llevaba unas cuantas clases de filosofía de ventaja. El muy cabrón. En fin.

No se puede generalizar, pero la mayoría de las personas buenas que conozco escucha -o intenta escuchar- muy bien a los demás pero son sordas como tapias consigo mismas. Vamos, que hemos aprendido a ignorarnos, a no escucharnos y -esto es lo grave- a no conocernos. Que nos conozcan otros: pues no. Veinticuatro años y personas muy idiotas me han enseñado que la información es poder. Si no dejarías que los necios o los malvados supieran secretos de estado, mucho menos les dejarás conocerte mejor que tú mismo, porque con esa información te pueden joder pero bien. Con esa reflexión y con una frase atribuida a Dolly Parton (Conócete a ti mismo y hazlo a propósito), me dispuse a estudiarme a mí misma como si de la asignatura más importante de la carrera se tratara. Y en ello sigo.

En mi opinión el único método es prestarse un poquito más de atención: a lo que haces, dices, piensas, sientes, no te gusta… Y te gusta. Veréis, sigo adoleciendo de un halo de superioridad moral y dignidad acompañado de un palo metido por el culo que he usado durante mucho tiempo para hacerme la dura, la seria, la importante y a la que no se puede replicar… Y también la infeliz. Durante muchos años me he negado muchas experiencias que después he disfrutado muchísimo y he tenido un miedo atroz a lo desconocido. Lo sigo teniendo, aunque un poquito menos. Pero aunque sólo haya conseguido aflojar un agujerito del cinturón, vale la pena porque se respira mejor.

Fue sorprendente la primera vez en la que pensé "Me gusta bailar". Me gusta. Me encanta. No lo hago bien, no tengo por qué hacerlo bien, nadie espera que lo haga bien, ni siquiera yo. Es más, lo hago muy mal. Pero me gusta y me encanta. Y sonreí. Y sigo sonriendo, mucho y con ganas, cada vez que bailo. No sólo fue sorprendente por la revelación en sí, sino porque no esperaba encontrar cosas divertidas, genuinamente buenas y felices, dentro de mí. Esa fue la primera epifanía de la alegría. La primera revelación de que, aunque había muchos aspectos de mi personalidad que requerían mejoras y mucho dolor y cosas que era mejor tirar en la basura, también había cosas que estaban bien tal cual. Que de hecho eran muy buenas. La mayoría son tonterías, pero a ellas me aferro cuando el palo amenaza con volver a clavárseme hasta el diafragma. Y así lo mantengo a raya.

Me gusta bailar. Me gusta cantar, mucho, fuerte, de todo y a todo el mundo. Adoro cantar para mi sobrino y espero no dejar de hacerlo nunca. Me gusta pintar, me encantan los colores. Me gustan los Backstreet Boys y no me avergüenzo.  Me gusta vestirme de colores. Me gusta hacer el idiota para mis alumnos. Me encanta hablar con las manos, con los dedos de los pies y hasta con el hígado. Me gusta sacarles la lengua a mis chavales y dejarles pillados cuando me miran raro. Me gustan las cosas de papelería. Me gusta maquillarme y el mejor momento de las mañanas es cuando me pinto los labios, con mucho cuidado. Me gusta agitar el pelo y me encanta llevarlo suelto al viento. Me gustan las pompas de jabón y hacer pajaritas de papel. Me encanta hacer reír. Me gusta leer sobre temas estúpidos que sólo me servirán para acertar preguntas en el Trivial. Me gusta jugar. Y vivir. 

No hay por qué publicarlas en el BOE -o en un blog, que para el caso lo mismo es-, pero os invito desde aquí a alucinar con las cosas que os encanta hacer y os ponen de buenas y que os diviertan. Que al final del día salvar el mundo o ser el mejor en el trabajo está muy bien, pero este tipo de cosas y algunas personas especiales son las razones por las que vale la pena todo lo demás. 

5 comentarios:

  1. y respondiendo a tu segundo párrafo, aunque nos conozcamos a nosotros mismos, pasamos de nuestra intuición, porque no nos conviene o porque vamos corriendo. Y, por supuesto, no, no debemos contarlo todo sobre nosotros, al menos a ciertas personas.

    Y me encanta tu lista de "Me gusta...".

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    1. A veces no hay ni que contarlo. Hay gente que es buena calando a los demás y analizándolos. ¿Nunca has conocido a una persona que en poco tiempo ha sido capaz de pillar cómo desarmarte? A eso me refiero. Es inevitable que la gente nos conozca bien. Pero no deberían conocernos mejor que nosotros mismos jamás.

      Gracias :)

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  2. Hace tiempo que intento practicar ese ejercicio que comentas de conocerse uno mismo y puedo asegurar que no es una tarea sencilla. Necesitas poseer la rectitud de un crítico feroz y la capacidad de ser objetivo contigo mismo. Cosa prácticamente imposible, pues es rara la vez que uno no está de acuerdo consigo mismo.

    Pero me he dado cuenta que al escribir en un blog, y volver a repasar los escritos al cabo de unos meses, el tiempo transcurrido es capaz de crear esa sana y necesaria objetividad para poder analizar uno mismo sus propios pensamientos. Así me he topado con entradas de todo tipo. En todas me reconozco, pero en algunas no me acaban de convencer las tesis que allí sostengo y en otras sí.

    Por supuesto que no puedo cambiar todo lo que no me gusta de mí mismo, por eso me parece tan o más importante conocerse como aceptarse. Y no sé si estarás de acuerdo, pero ese segundo paso es el que me ha parecido leer hoy por aquí: la aceptación de uno mismo.

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    1. Qué razón tienes, Mazcota. Llevo poco tiempo con mi blog, pero sí me ha pasado leyendo mis viejos diarios. Ver las cosas con la distancia ayuda. A veces me he llevado la decepción de ver que actuando igual en ciertas situaciones que hace ocho o diez años. Es algo de lo que no me daría cuenta si no los hubiera repasado.

      Y sí, si consigues tener cierto espíritu crítico contigo mismo, la aceptación puede ser muy complicada.

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    2. Totalmente de acuerdo con ambos con la relectura de lo que uno escribe. Es un arma de doble filo. Y sí, Mazcota, puede que tenga más que ver con la aceptación. Aunque es un paso que me sigue costando mucho.

      Un abrazo a ambos y gracias por comentar :)

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!