viernes, 11 de julio de 2014

De la historia de una cárcel

Érase una vez una persona encarcelada. 

No había cometido ningún crimen, ergo era un encarcelamiento poco convencional. La cárcel en sí misma también lo era, dado que carecía de barrotes. El prisionero tiene, de hecho, llaves para salir y entrar a placer cuando lo considere oportuno. ¿Por qué vuelve, entonces? 

Porque es plenamente consciente de su condena, hace ya mucho tiempo que la aceptó. Y la abraza y aunque salga -a veces a cumplir con menesteres concernientes a su encarcelamiento-, siempre regresa.

Le condenaron a estar eternamente dividido. Jamás completo. A renunciar a su integridad. A renunciar a aquello que deseaba y necesitaba hacer. A no hablar nunca más con libertad. A no soñar más que con la libertad robada. A mirar con ojos desesperados el reloj. 

A fraccionarse a sí mismo con un cuchillo de partir tarta y repartir los trozos de su persona entre los demás prisioneros. Con una salvedad: no podía repartirse por entero a todos a la vez. Debía cortar un trozo, dárselo a un prisionero y esperar a que se saciara. Apenas hubiera terminado ya esperaba el siguiente a reclamar su ración y así sucesivamente. Sólo de noche, y porque los demás prisioneros también lo hacían, se le permitía descansar. Así es como se recompone y no se agota. E incluso cuando el prisionero osa permanecer íntegro por unos minutos, la culpabilidad lo asfixia. 

Sabedor de que su liberación no está tan lejana como parece, el prisionero intenta no decir nada. Cada mañana cumple con su rutina habitual de alimentar a sus compañeros de celda, compadeciéndolos en secreto por necesitarle para estar saciados. A veces reclaman más ración de la que les corresponde y otras exigen su porción todos a la vez. Entonces el prisionero lamenta su suerte.

¿Cuál, exactamente? ¿Haber llegado a esa cárcel? ¿No haber negociado mejor su condena? ¿O que ésta sea tan larga? ¿El saberse necesitado y devorado a todas horas? Qué va. Lamenta la imposibilidad de poder alimentarlos a todos a la vez. Y es que secretamente cree que, si fuera capaz de dividirse entre todos ellos a la vez, dejarían de necesitar su ración. Ilusión vana, puesto que el prisionero sabe a agua de mar, que cuanto más se bebe, más sed da. 

Y como si en el agua de mar estuviera, el prisionero a menudo está a punto de ahogarse. Los otros prisioneros lo contemplan estupefactos, como si la cosa no fuera con ellos. No pueden entenderlo. No entienden su dolor. O no quieren, postura no del todo incomprensible teniendo en cuenta que todos ellos tienen sus propias cargas -sus condenas- que soportar. 

El prisionero a veces llora y se ahoga en sus lágrimas. Hasta que en medio de la inundación ve a lo lejos algo a lo que agarrarse. Cambia de color, pero es siempre el mismo clavo hirviendo. A veces es marrón chocolate, otras rosa salmón o blanco queso. Y durante unos minutos se pasa, el prisionero se calma y el agua se va. 

Hasta que vuelva a perderse en la confusión de saberse eternamente dividido. Jamás completo. Sin integridad. 

4 comentarios:

  1. Puede que, en cierto, modo todos andemos por este mundo prisioneros de nuestra forma de ser. Unos por ser de ideas fijas, otros por ser tan obedientes que ni tan siquiera intentarán vivir de otra forma que no sea como la de nuestros padres y algunos por ser unos culos inquietos que jamás estarán contentos con sus elecciones.

    Por cierto, me ha gustado mucho la bonita e ingeniosa frase "el prisionero sabe a agua de mar, que cuanto más se bebe, más sed da." Muy poética.

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    1. Estaba a punto de borrar esta entrada. Y en efecto, todos estamos prisioneros. Aunque sea del tiempo.

      Gracias por el halago, pero no puedo atribuirme el mérito. La metáfora es un proverbio: "El dinero es como el agua de mar: cuanta más se bebe, más sed da". Simplemente he robado la última parte.

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  2. No sé si puedo añadir algo más a lo dicho por Mazcota. Tan sólo que desgasta mucho cuando te encuentras a uno de esos compañeros de celda que reclaman más de lo que puedes darles. Pero ¿y esos que querría que te pidieran y no abren la boca para decir ni mu?

    Me alegra que no la hayas borrado.

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    1. Oh, de esos últimos no hay tantos. Un poco de paz es todo lo que querría ahora mismo. Gracias por comentar, guapa :) Tengo pendiente comentarte sobre la Rotten.

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!