jueves, 12 de junio de 2014

De las despedidas y las buenas noticias

El día 31 de mayo finalizaba mi contrato, dándose además la circunstancia de que los días anteriores coinciden con el puente de la ascensión. Pero yo decidí quedarme una semana más para decirles adiós. Una semana muy intensa en la que al final no me quedó más máscara de pestañas a fuerza de llorar de alegría.

Ya me había despedido de las Klasse 12, los mayores, pero aproveché la última semana para quedar con dos de las mejores de la clase. El Destino me quiso sorprender e hizo que me encontrara por casualidad con otra de las mejores en la estación de tren con su madre. Sí, la madre y la hija del tiramisú de las que ya hablé aquí. 

Luego la Klasse 11, tan tímidos ellos. A menudo temí que mis palabras y juegos cayeran en saco roto, pero un poema precioso y un par de cartas me han convencido de lo contrario. 

Y después las dos Klasse 9, los que tienen la peor edad, los diablillos. Los únicos que alguna vez me han supuesto un desafío. Chavales encantadores todos que sólo quieren cariño y que les hagan caso, igual que todos. Empezamos con los bizcochos y las magdalenas y las tartas y los desayunos, y fotos y cartas y más cartas. 

Las despedidas de las Klasse 10 las llevo grabadas a fuego. Con ellos he pasado más horas y he jugado y he hecho muchas más cosas con ellos que con los demás. Álbumes de fotos y mensajes y cartas, y más bizcochos y tartas y desayunos y abrazos que me han quitado el hipo. Y lágrimas. He tenido tres grupos de la Klasse 10, durante un par de semanas a cuatro (y lamento que no fuera más tiempo) y aunque he tenido mis diferencias con algunos, muchos de mis alumnos preferidos están en estos grupos.

Y los cuatro grupos de la Klasse 8, los pequeños. Los que me dejaban sorda los jueves con un "Buenos días, señor Z… ¡¡¡Y CRISTINA!!!", los competitivos hasta casi llegar a las manos, las niñas tiernas y simpáticas (sí, he tenido una clase sólo de chicas) y el grupo más variopinto y un poco más relajado en el que uno de los alumnos preguntaba siempre por qué yo no hacía nada :). Bizcochos y tartas, y una canción propia y un delantal firmado y otro álbum, y muchísimas cartas y caramelos y un collar y una piedra en forma de corazón y tarjetas. Con la última clase me eché a llorar como una niña de pensar que la semana siguiente yo no iba a estar ahí.

Despedirme de los profesores tampoco fue fácil. No con todos he tenido una relación tan estrecha, pero me llevo recuerdos maravillosos de todos ellos y los echo de menos. También añoro a mis compañeras de piso, que me dejaron una tarjeta adorable en el ordenador y que me arrancó una última carcajada en mi última noche en Saarbrücken. 

Aquella noche me había despedido también de la familia del Sarre. Porque siempre fuimos los tres. Hubo artistas invitados (el novio de Naia, Sarah, mis compañeras, las compañeras de Cristo, el brasileño) y hubo temporadas en las que me aparté conscientemente, de forma estúpida. En mi defensa sólo puedo decir que sigo aprendiendo. Nos despedimos, como no podía ser de otra forma, cenando en Ludwigs, típico local del Sarre como él solo, y nos abrazamos y deseamos lo mejor durante el verano no sin antes prometernos un reencuentro. 

Un reencuentro en Alemania.

Oh, sí, queridos míos: vuelvo. 

Mi Jefa no solamente es adorable, también es Dios. Y gracias al maravilloso formulario de valoración que ha escrito sobre mí y a la insistencia con la que ha llamado al ministerio, vuelvo a ser auxiliar de conversación en Saarland en el curso 2014-15. No en los mismos institutos (no sería justo), pero vuelvo. Lo que significa que podré volver a visitarlos a todos: Saarland es un estado pequeño y pienso ir al Gymnasium am Krebsberg y al Gymnasium am Steinwald tan a menudo como me sea posible. Volveré a ver a mis niños, a los que siguen con español y a los que no, al Ringo y al Pantera y al Pelirrojo y a todos los demás. Y a mis compañeras, y a mi tándem, y a mis profesores y en general, al gran grupo de gente fantástica que han contribuido a hacer de este año uno de los más especiales de mi vida.

Me he sentido apreciada, útil, querida y valorada. Cosas que no podía imaginarme en septiembre, cuando me eché a llorar histérica en las jornadas de recepción de Bonn y una antigua auxiliar de conversación de segundo año me consoló y me dio ánimos. Ahora mirando atrás sólo puedo sonreír, porque este año seré yo quien vaya a Bonn a intentar echar un cable a los nuevos auxiliares. 

Por supuesto, y como buena drama queen que soy, ya tengo miedo de los nuevos niños. No voy a tener tantísima suerte dos veces, no puedo tener a gente tan genial dos veces. Sería demasiado bueno. Pero qué narices, seguro que son majos y seguro que me va a encantar. Y si me deprimo, tengo a mis 248 antiguos alumnos para levantarme el ánimo. 

Ahora sólo me queda por delante un verano caluroso y monótono de estudiar alemán y polaco (aunque desde casa), de disfrutar de la familia un poquito, de cumplir años y de cumplir otras cosas. Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión. Vamos a dejarlo aquí. Vuelvo. Vuelvo. Vuelvo...