miércoles, 14 de mayo de 2014

De las enfermedades propias

(Querida Musa: no, no me olvido de escribir de nuestro viaje a París. Pero hoy mi cuerpo me pide esto.)

Hay enfermedades que todos conocemos, tenemos y tememos. De algunas se habla más o menos, de otras todavía no hay cura. Y algunas incluso ni se reconocen como tales. Pero yo creo que el ser humano, en su infinita complejidad y como ser social, tiene la capacidad de tener enfermedades propias. Enfermedades que no tiene nadie más y nadie entiende. 

Muchos dirán que solamente son sentimientos o malos días. Y quizá otros hasta consigan catalogarlo dentro de alguna bonita etiqueta del manual de trastornos mentales. Igual vosotros no tenéis ninguna. Igual para vosotros son costumbres. Igual sí son malos días o malas temporadas. Pero me parece un nombre tan… soso y poco descriptivo. Yo tengo tres patologías propias y cada una tiene su cura particular. 

La primera es el estar en el limbo. Esta enfermedad me aqueja cuando sé que voy a irme de un sitio pero no estoy muy segura de a dónde voy ni cuándo. Durante esos días no me siento completamente en el lugar en el que me encuentro; puesto que me voy a ir, ese lugar ya no me pertenece ni tiene nada que ver conmigo. Y eso me pone nerviosa, triste y preocupada. Esto es lo que me está a empezando a pasar por mi piso. Y se me cura cuando ya me he ido. 

La segunda es el corazón frío. Literalmente me enfrío por dentro, aunque fuera haga calor. Me ha llegado a pasar en septiembre con todo el mundo en tirantes y yo con el batín y mantas por encima. No era fiebre ni resfriado; sólo frío y una tristeza infinita. Hay varias curas que funcionan, pero la que mejor resultado me ha dado hasta ahora es una taza de té bien caliente, un abrazo si lo hay disponible, y esperar con paciencia a que el frío y la desazón se vayan por donde han venido. 

La tercera es la apatía cancerígena. Cancerígena porque la apatía, una vez que empieza, no para de reproducirse hasta apoderarse de mí. Esta es la que más detesto y la que más me aterra. Contra la que lucho muchas mañanas, aunque de vez en cuando me da un respiro y tengo temporadas buenas. Los últimos cuatro meses estuve limpia. Y es lo más cerca de la felicidad perpetua que soy capaz de alcanzar.

Hasta ahora. Empieza con algo sin importancia, con no maquillarme. Ya me conocen, ya me respetan, ya no es importante. Otro día me levanto algo más tarde, asumiendo ya que no me pienso maquillar y a menudo no llegando a desayunar, lo que implica comprarme algo ultracalórico y malsano en la estación. Continúa con dejar de tomar café, esperar más tiempo del que debería en la cama, no querer irme a dormir y termina con volver a casa, comer y plantar el culo delante del ordenador sin hacer absolutamente nada. 

Un día me miro en el espejo, no reconozco la cara todavía más oronda que me mira desde él, no puedo tener el pelo más sucio y me he quedado sin ropa limpia. Y es ahí donde suelo darme cuenta de que he tocado fondo. 

Esta es una enfermedad de malas costumbres y como el gran Mark Twain dijo, "Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño". Así que aquí me encuentro, sacando a la apatía de mi casa peldaño a peldaño. Por lo pronto hoy he conseguido sacarlo del felpudo del piso después de poner y tender una lavadora, lavarme el pelo y dejar en orden la cocina. Mañana ya veremos. El maquillaje tendrá que esperar al lunes porque a las seis de la mañana no estoy yo para potingues. 

Y si siento la necesidad de escribir esta sarta de gilipolleces (aunque si a eso vamos, ¿cuánto de lo que se ha escrito y se escribirá es realmente necesario?), es en parte porque la causa primera de mis tres patologías no es otra que la soledad intermitente a la que me veo abocada en determinadas circunstancias. Todos estamos solos siempre, eso es una verdad como un castillo y tengo ganas de escribir sobre el tema. Pero por suerte la mayor parte del tiempo no nos damos cuenta. Y sentía la necesidad de escribirlo porque escribiendo aquí me siento un poquito menos sola. Al menos hasta el viernes, cuando se alineen los planetas y Cristo y Naia aprueben el C1 y vuelva a quedar con mi tándem y haya comprado los billetes de avión. Y tal vez hasta que la primavera se decida de una vez a quedarse por aquí, porque aunque asoma la nariz, se esconde enseguida tras una cortina de lluvia. Y ay, la lluvia me enfría tanto… 

(por favor no me odiéis por este post…)

7 comentarios:

  1. Te puede parecer una tontería, y lo más probable es que lo sea, pero los días malos tienen su utilidad. Sin ellos no seríamos capaces de distinguir los buenos y no los valoraríamos como se merecen.
    No sé si la idea llegará para consolarte, aunque leer una cursilería tan gorda igual sí que da para, al menos, echarse una sonrisa.

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    1. No es una tontería, es algo totalmente cierto. Si son días puntuales no pasa nada. No me molesta el corazón frío. Me molesta cuando se convierte en crónico, cuando no es un día sino varios. Los suficientes para darte cuenta de que pasa algo. O peor, para que alguien se dé cuenta. Hasta mis jefas se han dado cuenta de que últimamente no soy yo.

      Gracias por tus palabras, sí que me han consolado :) Un abrazo.

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  2. ¿Cómo voy a odiarte por este post si me ha encantado? Sobre todo el último párrafo. Menos mal que no nos damos cuenta de que estamos solos, aunque a veces creo que sería necesario que fuéramos un poco más conscientes para no llevarnos las tortas que nos llevamos.

    A mí últimamente es un tema que me ronda mucho por la cabeza y que me preocupa. Y ya empiezo a agobiarme porque soy consciente de ello todo el rato.

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    1. Ay, eres un encanto :) Muchísimas gracias. El problema con la soledad es como con todo, encontrar el término medio. Conciliar el espacio propio y la vida social. No es bueno tener mucho tiempo para pensar porque te vuelves loco (mi problema). Ni es bueno tener tan poco solo porque no puedes analizarte con calma y en silencio (mi hermana). La cuestión es que casi nadie sabe estar solo. Yo pensaba que sabía, pero no es así. Igual esto es lo típico, en lo que reconocerlo es dar el primer paso. Ya veremos.

      No dejes que te atrape, niña. Sal. Vete de birras con alguien. Pásate. Ríete un rato. Baila, descarga adrenalina y distráete. Tengo pendiente escribir sobre ello pero algo bueno que tiene la soledad es conseguir conectar con alguien. No pasa siempre ni a diario, pero hace la vida mucho más soportable (e interesante). Lo dicho, ya hablaré sobre el tema. Pero de agobiarse nada, ¿eh? Los dramas todos para mí, que si encima ya pierdo el título de Drama Queen, ¿qué me queda? :P Un abrazo y gracias por comentar :)

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    2. Gracias también por tus ánimos! :) No sólo me preocupo por mi propia soledad, sino también por la de los demás, por la de la gente que quiero, amigas que están solas y que no quieren ponerle solución. Me parece muy respetable, pero tanta soledad no es buena y el resultado es que pagan su mal humor con los demás.

      Y estoy de acuerdo contigo: punto medio :)

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  3. Sensibilidad, bendita sensibilidad. Si no la tuvieras tan grande y tan a flor de piel, tus días serían una sucesión de longanizas todas del mismo color, todas del mismo tamaño, todas del mismo sabor, pero con la sensibilidad, encontrar un Mentos de fresa después de una interminable sucesión de Mentos de naranja y limón, te sabe a gloria. Lo importante es disfrutar a tope de los de fresa, con la esperanza puesta en que no se retrasen demasiado ;)

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    1. Me ha matado la metáfora, Mustang, que lo sepas :P Pues de momento llevo racha de Mentos de fresa, agriados solamente por la faringitis que me trae frita estos días. Ya os contaré, ya. Un beso, linda :)

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!