miércoles, 28 de mayo de 2014

De París

Hace unos días me fui a París con la Musa a pasar el fin de semana. Creo que he hablado de mi amiga la Musa, también conocida como Aeris y más comúnmente conocida como Miriam (demasiado comúnmente, porque tengo a cuatro). En resumen: nos conocemos desde hace nueve años y, a raíz de uno de mis personajes secundarios, elaboramos todo un universo con lugares, fechas y tres generaciones de personajes y de vidas perfectas y fantásticas. Tres hermanos, tres parejas. El hermano mayor, Andrew, y Ninette se conocen y viven su primer año juntos en París, así que visitar esta ciudad era muy importante para nosotras.

Podría contar muchas cosas. Podría hablar del abrazo sudoroso al vernos. Podría hablar del coreano de nuestra habitación y de cómo lo escandalicé -y de cómo casi enfado a la Musa en el proceso. Podría hablar de la fantástica croque monsieur que encontramos bien de precio en un bistro adorable del centro y de cómo la camarera no nos quiso cobrar el postre. Podría hablar del viento enfurecido que nos impidió subir a la cumbre de la torre Eiffel y de la pareja cordobesa que me salvó de una neumonía prestándome el paraguas. Podría hablar de la experiencia de ver Eurovision en tu única noche en París y gracias a la televisión nacional de… Macedonia. También podría hablar de Montmartre. Y del mirador de Montparnasse, visita obligada. ¿Pero qué le estaría haciendo a mis personajes? 

Hubo monumentos, pero sobre todo hubo calles. Calles vacías, pertenecientes únicamente a los parisinos y a las turistas poco ortodoxas que prefirieron vagar en vez de perseguir monumentos. Hubo rincones que se me grabaron en la memoria y en las fotos, edificios donde ellos respiran y viven. Hubo momentos en los que casi pude verlos por la calle, cogidos de la mano sin querer; soltándola al instante. Y otros en los que el Universo parecía habernos llevado al lugar adecuado en el momento justo (serendipia lo llaman). Hubieron Andy y Ninette. Se nos apareció el mismísimo Axel Weller, en carne y hueso, tocando el piano prodigiosamente bien en la estación de St. Lazare. Hubo magia y nostalgia, y un cuaderno nuevo precioso (algún día escribiré sobre esto, pero tengo más de veinte en blanco. ¿Sabéis esas chicas que sueñan con comprarse cientos de zapatos? No gastan una 41 de pie. Yo colecciono cuadernos). Hubo París. Estuvimos París, la Musa y yo. Y me volví a enamorar. De París, de la Musa y de mí. Y de Andrew Weller y Alexandrine Delacroix, y de la historia que empezó por un cuadro. O, mucho más atrás, por una cita de Hamlet

Sin ponerme tan mística, la verdad es que la ciudad me gustó muchísimo. Personalmente mi lugar preferido de París es la plaza de Tertre. Es imposible recorrer Montmartre y no verla. Y es imposible no enamorarse de esa plaza. Los cafés que en ella se encuentran lo saben de sobra, de ahí que sigan teniendo clientela pese a los precios obscenamente altos que piden por un simple té. También, como gran amante de Amélie, me gustó mucho el canal St. Martin. Y dejando salir la vena más comercialmente turística, me emocioné cuando vi la torre Eiffel, de un solo golpe de vista, frente a mí por primera vez. Son momentos para los que te preparas y que, por suerte, acaban siendo tan buenos como te imaginas. Al menos en mi caso lo fue. 

Se quedaron en el tintero muchísimas cosas por tiempo, dinero y porque una capital no se visita en dos días. En este caso, ni en dos meses. No pude ir a los museos y me hubiera gustado entrar en alguna iglesia. Que yo soy muy atea, pero muy amante del arte ante todo. En cualquier caso, tengo excusa para volver dos o tres veces más.

Y lo más importante: que lo cumplimos. Tras años de espera, lo hicimos. Fuimos juntas a París. 

miércoles, 14 de mayo de 2014

De las enfermedades propias

(Querida Musa: no, no me olvido de escribir de nuestro viaje a París. Pero hoy mi cuerpo me pide esto.)

Hay enfermedades que todos conocemos, tenemos y tememos. De algunas se habla más o menos, de otras todavía no hay cura. Y algunas incluso ni se reconocen como tales. Pero yo creo que el ser humano, en su infinita complejidad y como ser social, tiene la capacidad de tener enfermedades propias. Enfermedades que no tiene nadie más y nadie entiende. 

Muchos dirán que solamente son sentimientos o malos días. Y quizá otros hasta consigan catalogarlo dentro de alguna bonita etiqueta del manual de trastornos mentales. Igual vosotros no tenéis ninguna. Igual para vosotros son costumbres. Igual sí son malos días o malas temporadas. Pero me parece un nombre tan… soso y poco descriptivo. Yo tengo tres patologías propias y cada una tiene su cura particular. 

La primera es el estar en el limbo. Esta enfermedad me aqueja cuando sé que voy a irme de un sitio pero no estoy muy segura de a dónde voy ni cuándo. Durante esos días no me siento completamente en el lugar en el que me encuentro; puesto que me voy a ir, ese lugar ya no me pertenece ni tiene nada que ver conmigo. Y eso me pone nerviosa, triste y preocupada. Esto es lo que me está a empezando a pasar por mi piso. Y se me cura cuando ya me he ido. 

La segunda es el corazón frío. Literalmente me enfrío por dentro, aunque fuera haga calor. Me ha llegado a pasar en septiembre con todo el mundo en tirantes y yo con el batín y mantas por encima. No era fiebre ni resfriado; sólo frío y una tristeza infinita. Hay varias curas que funcionan, pero la que mejor resultado me ha dado hasta ahora es una taza de té bien caliente, un abrazo si lo hay disponible, y esperar con paciencia a que el frío y la desazón se vayan por donde han venido. 

La tercera es la apatía cancerígena. Cancerígena porque la apatía, una vez que empieza, no para de reproducirse hasta apoderarse de mí. Esta es la que más detesto y la que más me aterra. Contra la que lucho muchas mañanas, aunque de vez en cuando me da un respiro y tengo temporadas buenas. Los últimos cuatro meses estuve limpia. Y es lo más cerca de la felicidad perpetua que soy capaz de alcanzar.

Hasta ahora. Empieza con algo sin importancia, con no maquillarme. Ya me conocen, ya me respetan, ya no es importante. Otro día me levanto algo más tarde, asumiendo ya que no me pienso maquillar y a menudo no llegando a desayunar, lo que implica comprarme algo ultracalórico y malsano en la estación. Continúa con dejar de tomar café, esperar más tiempo del que debería en la cama, no querer irme a dormir y termina con volver a casa, comer y plantar el culo delante del ordenador sin hacer absolutamente nada. 

Un día me miro en el espejo, no reconozco la cara todavía más oronda que me mira desde él, no puedo tener el pelo más sucio y me he quedado sin ropa limpia. Y es ahí donde suelo darme cuenta de que he tocado fondo. 

Esta es una enfermedad de malas costumbres y como el gran Mark Twain dijo, "Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño". Así que aquí me encuentro, sacando a la apatía de mi casa peldaño a peldaño. Por lo pronto hoy he conseguido sacarlo del felpudo del piso después de poner y tender una lavadora, lavarme el pelo y dejar en orden la cocina. Mañana ya veremos. El maquillaje tendrá que esperar al lunes porque a las seis de la mañana no estoy yo para potingues. 

Y si siento la necesidad de escribir esta sarta de gilipolleces (aunque si a eso vamos, ¿cuánto de lo que se ha escrito y se escribirá es realmente necesario?), es en parte porque la causa primera de mis tres patologías no es otra que la soledad intermitente a la que me veo abocada en determinadas circunstancias. Todos estamos solos siempre, eso es una verdad como un castillo y tengo ganas de escribir sobre el tema. Pero por suerte la mayor parte del tiempo no nos damos cuenta. Y sentía la necesidad de escribirlo porque escribiendo aquí me siento un poquito menos sola. Al menos hasta el viernes, cuando se alineen los planetas y Cristo y Naia aprueben el C1 y vuelva a quedar con mi tándem y haya comprado los billetes de avión. Y tal vez hasta que la primavera se decida de una vez a quedarse por aquí, porque aunque asoma la nariz, se esconde enseguida tras una cortina de lluvia. Y ay, la lluvia me enfría tanto… 

(por favor no me odiéis por este post…)