viernes, 7 de marzo de 2014

De la nostalgia

Esto es un secreto. Un secreto que no conoce mucha gente y que no puedo contarle a mi familia. Porque si se lo cuento, me dicen -y con algo de razón- que por qué me voy de casa siempre. Pues por todo lo demás, por qué va a ser. Pero reconozco que incluso yo siento, muy de cuando en cuando, un poquito de nostalgia.

Estoy en Frankfurt ahora mismo. En un hostel baratito, en el barrio de los puticlubs -eufemísticamente llamado Barrio Rojo. Me parto con estas cosas-, con Noelia durmiendo ya, antifaz en los ojos, nórdico hasta arriba, mientras el tiempo pasa sin que lo pueda detener.

Noelia fue mi compañera de facultad de primero a tercero de carrera, en cuarto mi compañera de piso y desde entonces es mi John Watson, mi segunda esposa, mi chocho (de Cádiz que es la niña) y parte muy importante de mi vida. ¿Sabéis todas esas historias locas de universidad que hay que vivir? Un 90% se lo debo a ella. Y a la calle Azorín, 6-5ºA de Granada.

Y Noelia ha venido a verme. Me agobio mucho cuando tengo visitas -y cuando doy clase, y cuando me cambian los planes, y cuando me gusta alguien, y cuando respiro… agonías que es una-, pero no con ella. Con ella es una de las pocas personas con las que puedo hacer lo que me apetezca sabiendo que está bien. Han sido días de turismo, de dormir mucho, de practicar alemán, de ver vídeos estúpidos, de comer muchísimo (que yo otra cosa no, pero tengo fichados los mejores sitios en Saarbrücken para comer, cenar, merendar, hacer un segundo desayuno y lo que se presente) y de patear lo que no está escrito. De ver tres ciudades en cinco días y de redescubrir Saarbrücken. Pero sobre todo, de añorar y de echar de menos. Estos días he pensado mucho en Granada.

Granada, nuestro hogar común. Vamos a ver, nací en la Perla del Turia -apelativo cariñoso con el que me llama mi madre y que considero un piropo precioso- y me encanta mi tierra natal. Pero en Granada me hice adulta y aprendí lo que significa ser libre, con todo lo bueno y lo malo que eso implica. Granada es mi casa, donde he conocido a casi todos mis amigos y donde están todavía los que más me importan -Noelia aparte, que ella está en Cádiz aprendiendo alemán y cosas útiles.

Y los echo de menos. Las bromas con una, las consultas médicas con otro. Los abrazos… El peluche que me regaló no es suficiente. Quiero achucharlos hasta romperles las costillas, quiero reconocer los olores de cada uno. Querría decirles, gritarles, que los añoro -porque añorar es una palabra preciosa-, que se pillen un vuelo de Ryanair o que hagan autoestop y que se vengan a darme amor y a cantar canciones Disney y a adaptarlas a nuestras vidas.

Y no lo hago. Porque si le dijera que lo echo de menos cada vez que lo pienso, pensaría que lo quiero. Y claro que lo quiero. Muchísimo. No de esa manera, sino de aquella otra. Porque siempre seremos Más. Porque él cambia y cambio yo, pero lo demás sigue igual.

El tiempo, que ahora me quita a Noelia, me acerca al Doctor, a mi Primera Esposa (y su actual marido) y a mi Nakama. Abril me los traerá a ellos, a Granada y a mi sobrino. Y a la vez me recordará que me quedan pocas clases con mis niños.

Tiempo, amigo mío, ¿por qué me haces esto?

2 comentarios:

Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!