lunes, 27 de enero de 2014

De la contemplación

Hay momentos que simplemente son oportunos para respirar y sentir los pulmones llenos de aire. En los que la sangre golpeando contra las venas hace música. En los que me siento, en suma, tan lírica y cursi para escribir estas cosas que no significan nada pero que, para qué voy a negarlo, me encantan. 

Tal vez haya sido el capítulo, o la compañía. O la conversación sobre escribir, sobre la introspectiva y la sublimación de los pensamientos en palabras. Tal vez haya sido esta canción. No lo sé.

Sé que alguien se lo preguntará, así que empiezo por ahí: no, todavía no he hecho nada con el Pantera. Principalmente porque no ha venido a clase. De todas maneras, y ante presencia de testigos, he decidido que ya está bien. Que un último intento y si no funciona, ya no hay nada que hacer. Cuídate mucho, Pantera. No digas que no lo intenté. 

Y pasando otra cosa, hace un par de semanas me encontraba yo en mi antiguo barrio en Neunkirchen. Para hacer tiempo hasta que abrieran el banco, comí en el pub. Y ahí estaba yo, sentada ante el plato sola (como eterna soltera que ha viajado lo suyo estoy acostumbrada a comer sola, pero a veces se hace raro) cuando aparecieron ellos. En mi mente, por supuesto. Los tres personajes a los que debo muchas alegrías. No es que no quiera escribir… Es que escribir sale mejor cuando se es desgraciado. Y ahora mismo, la verdad, me siento bastante feliz. Y más agradecida por lo que tengo de lo que soy capaz de expresar. 

Vale, tampoco voy a ir en ese plan. Uno de mis héroes escribe con horario de oficina le guste o no y no por eso escribe mal; al contrario: esa disciplina lo obliga a practicar todos los días y a perfeccionar. Y por eso ha escrito algunos de los mejores libros para jóvenes que se pueden encontrar hoy en día. San César Mallorquí, para quien se esté preguntando quién es. 

Es verdad que tengo poco tiempo. Y que el poco que tengo me obligo a salir. Ni soy profesora de verdad ni trabajo tantas horas como ellos, pero si se hace bien es un trabajo agotador. Si realmente consigues mantener la energía suficiente para que los chavales te presten atención todo el tiempo, acabas hecho polvo. Así que lo único que me apetece cuando llego a mi piso es o dormir o pasar un rato relajante con las personas a las que quiero aquí. Vamos, es que últimamente ni me apetece hablar con mi madre. ¿Vino con Cristo y Naia o escribir? Vinito. ¿Cocinar con mis compañeras de piso o escribir? Cocinar. ¿Salir de fiesta y bailar hasta que se me fundan las medias o escribir? Bailar. ¿Conversación agradable y capítulo con Cristo/Naia/Sarah/mi tándem/mis compañeras/mis rotuladores o escribir? Por dios, lo que sea menos algo que me haga pensar o estar más atada al ordenador de lo estrictamente necesario.

Eso no quita que al releer algunas de las cosas que escribí hace tiempo se me caiga la baba de pensar en todos los personajes e historias por contar. Ojalá tuviera mil vidas. Pero mientras habrá que utilizar mejor la que tengo, así que me las tendré que apañar para sacar un poquito de tiempo para escribir.

Escribir aquí porque me divierte.

Escribir a mis niños (Los tres hermanos) en el ordenador porque quiero.

Escribir en papel mi diario porque me mantiene cuerda. 

Y de verdad que si mañana no tuviera que levantarme a las siete y media de la mañana, empezaba ya mismo. <- mi vida en una frase.

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!