lunes, 22 de diciembre de 2014

De las veces

A veces me pregunto por qué me encantan las estrellas. Por qué no la lluvia. Por qué no la hierba. Por qué no las cosas que ensucian y no son perfectas.

A veces me pregunto por qué no soy mejor. Por qué no soy diferente. A veces pienso que debería mejorar, cuando mejorar es un verbo muy vago, muy impreciso. Verbo imperfecto para la imperfecta. Pregunto a la que habita en el espejo y me miente,

a veces, diciendo que no es posible mejorar. Que quiero demasiado. Que merezco tan poco. Que sin haber hecho nada, mi cuerpo está cansado.

A veces, las menos veces, las que menos importan y cuentan, dicen que estoy bien tal cual. ¡Mal! Para estar hay que ser, recuerda. Que soy buena, dice a veces, y esas veces, ignoradas, se lamentan.

A veces lloro de pensarte, de recordarte, de no olvidarte, de no querer olvidarte, de no querer dejar de pensarte, de sentirte aún dentro de mí. En lo más profundo de lo más oculto de mi ser vives tú. Un susurro que

a veces me llega como un eco lejano. Y

a veces no tengo tiempo de pensar en ti y te dejo olvidado en el rincón y sigo con mi vida. Y otras te escucho y hierves en mi corazón mil sentimientos. ¿Qué será hoy? ¿Indiferencia, amor, ira?

A veces decido hablarte y no respondes. Y me canso de ti, y de mí, y de ti en mí y me pregunto si estoy yo en ti y me aborrezco a mí contigo. Y se me enredan los pronombres.

A veces pienso en dejarte ir, pero me resisto a intentarlo. Eres ya tan mío como las palmas de mis manos, como los dedos de mis pies. ¿Te amputo sin más? Ya ha pasado mucho tiempo.

A veces me pregunto si fue real que te quise. Si valió la pena. Los cadáveres de las mariposas que murieron en mi estómago dicen que sí, dicen que no. También dentro de mí murió el reloj con todo el tiempo que pasé y planeaba pasar contigo. Tal vez sea a él a quien escucho, sin cesar, sí, no, sí, no, sí, no.

A veces decido subir a la superficie y respirar. Y con el cuerpo lleno de aire me dejo llevar. Sólo flotar, vagar, navegar.

A veces te miro objetiva con ojos viejos y sabios. Te ordeno despacio y te guardo en una cajita. Y esa cajita la guardo dentro de una caja mayor. Y a esa caja mayor le anudo un lazo, un lazo bonito y rojo, y la guardo debajo de una cama. Una cama dentro de una habitación. Una habitación cerrada con llave, dentro del sótano. Y dejo la cajita y la caja y el lazo y la cama y el sótano y a ti, a ti y a todas las cosas malas, ahí dentro, encerrado.

A veces me pregunto por qué después de tantos años, todavía te escribo.

martes, 25 de noviembre de 2014

De la historia de una sartén

Me apetece quitarle algo de drama al blog, así que voy a probar algo nuevo. A ver qué sale de aquí. 

Recuerdo la primera vez que me tocaron sus manos. Eran suaves, cálidas y humanas. Me las prometía felices cuando esas manos me sacaron con determinación del gancho que me unía a mis hermanas y me llevaron a casa. 

Siempre había sabido cuál era mi función en la vida: cocinar. Extrañamente, y pese a ser esta actividad el único sentido de mi existencia, nunca me había parado a pensar en cómo sería cocinar en la práctica. En suma, era consciente de mis habilidades pero no de cómo utilizarlas. 

Por suerte, ahí estaba Ella. 

Había otros tres humanos en la casa, pero ella era especial. Fue ella quien me presentó al resto, dejando bien claro que yo era una Very Important Sartén, que a mí no se me fregaba con cualquier cosa. Que pobre de aquél que osara echarme agua fría cuando aún estuviera caliente, con lo malo que era aquello, y que estaba prohibidísimo frotarme con la parte verde del estropajo, so pena de pagar las consecuencias con el nuevo cuchillo, que llegó a la casa el mismo día que yo.

Pensé que los humanos harían caso omiso de las indicaciones de mi joven ama. Yo la adoraba, pero en aquellos momentos todo eso me pareció una exageración. "¡Ni que estuviese hecha de porcelana!", grité indignada. Pero nadie me oyó. Qué poco sabía entonces de mis debilidades. Qué poco sabemos todas cuando acabamos de salir de la fábrica y esperamos a que nos compren, ilusionadas e inocentes. 

Y por supuesto, tampoco me esperaba ser el centro de atención de la cocina durante mis dos primeros meses. Todos se peleaban por trabajar conmigo. Me llamaban "la Buena", "La que No Se Pega Nunca", "la Nueva", "la Bonita". Y yo encantada les complacía haciendo lo que mejor se me daba: cocinar. Que si un huevo frito, que si unas verduras salteadas, que si un sofrito para los espaguetis, que si carne o pescado. No me asustaba ante ningún desafío. Ni siquiera cuando echaron un filete de pechuga congelado en aceite hirviendo. ¡Qué chisporroteo! ¡Qué saltos daban los humanos! Pero aun así, cuando me fregaron el Teflón seguía intacto y yo seguía siendo la sartén perfecta. 

Pronto desperté la envidia del resto de cacharros de la cocina. Especialmente la de las otras sartenes; no me podían ni ver. Ellas, antaño jóvenes y hermosas, mostraban las cicatrices de su trayectoria culinaria con una mezcla de vergüenza, dolor y rabia que no supe comprender. La Olla, que normalmente era la abeja reina de la cocina, me daba la tapa y no se dignaba a dirigirme la palabra. En cuanto a los utensilios de metal, me miraban con deseo. ¿Por qué? No lo sabía. Sólo los de madera eran mis colegas. Trabajábamos siempre mano a mano y solían recibir también los halagos de nuestros usuarios. Nos lo pasábamos bien. 

Sólo el Estropajo permanecía mudo. Aunque entonces pensé que simplemente estaba cansado; a fin de cuentas, tenía que tragarse la mierda de todos los demás. 

Entonces sucedió. Fue por culpa de los exámenes finales. O al menos en mi caso lo fue. Otras veces sucede porque alguien muy guarro se olvida de fregar los platos. Podría culpar a mis amigos, la paleta y la cuchara de madera, pero realmente no pudieron hacer nada. A todos nos llega el momento. A mí me ocurrió el martes, 13 de octubre. Para que luego digan que eso del martes y trece es una superstición. Ignorantes.

Fue el compañero de piso de mi ama, el manazas. Cantaba bien y era muy simpático; normalmente se hacía carne con patatas. Ese día iba con prisa y como mis colegas estaban en el fregadero, haciéndole compañía al Estropajo, le tocó usar otra cosa: la espumadera metálica.

El dolor del hierro sobre mi perfecto aislamiento fue indecible. "¡Ups!", dijo al acabar de cocinar. Pero ya era tarde. Tras soportar semejante tortura, un trozo pequeñito de mi aislamiento se desprendió y dejé de ser la sartén perfecta. Sólo me quedaba la esperanza de que no lo notaran. Y no lo notaron. Al menos aquel día. Me fregaron con cuidado y yo intenté en vano lamerme la herida. Me sentía sucia, rota, imperfecta e inútil. 

La siguiente vez me usó la compañera de piso del té. Siempre hacía té. De manitas delicadas. A la pobre se le pegó (¡se me pegó!) la tortilla de patata. Con insistencia intentó en vano despegar el huevo con la parte amarilla del Estropajo, pero no hubo manera. Con un suspiro que nos dolió a las dos, giró el Estropajo y probé la amarga textura de la parte verde por primera vez. No sería la última. 

Unos días después, por fin me tomó en sus manos Ella. Me miró con admiración y cariño hasta que descubrió mi herida y su mirada se ensombreció de golpe. Supe que entendía mi dolor y casi me pareció atisbar una lágrima a punto de escapársele de los ojos. Tragó saliva, me acarició con cuidado y echó un poco más de aceite para evitar lo inevitable. "Malditos sean…" gruñó entre dientes mientras me fregaba, todavía por el lado amarillo. Fue la última vez. Hasta con sus dedos frotó, pero todo fue en vano. 

Se acabaron los elogios. Y con el tiempo, los cuidados y los mimos. Automáticamente fui degradada de los utensilios de madera a los de plástico, y poco después a los de metal. Mis supuestos amigos, los de madera, me dieron la espalda. Ya no era perfecta. Ya no era uno de ellos. 

Las otras sartenes se burlaron de mí; la humillación fue indecible. Contaban los nuevos arañazos con un deleite indescriptible; cuanto más fea me volvía, más felices eran ellas. Sólo las sartenes antiguas, ésas que se utilizan cuando literalmente todas las demás estamos sucias porque en ellas se pega hasta el aceite, me miraron con condescendencia y tristeza. "Es nuestro destino. Es para lo que estamos hechas". "¿Y ahora qué?", pregunté. "¿Ahora? A seguir cocinando mientras el mango aguante. ¿Qué más podemos hacer". Nada. Y era verdad. 

Ayer coincidí en el fregadero con el Estropajo; el pobre estaba peor que yo. No suele hablar, pero ayer se puso a conversar con todos nosotros. "Me marcho, Tefal". No podía creerlo. Los cacharros de la cocina podíamos estar viejos o gastados, pero nadie había desaparecido. "¿Por qué? ¿Cómo lo sabes?"

"Mira en la encimera. ¿Ves esas esponjas amarillas y brillantes? Son Estropajos nuevos." Claro. Si yo  había sido una sartén nueva, también existían los estropajos nuevos. Sólo que las sartenes nos vamos acumulando y apretujando en el armario. Pero yo sólo conocía un Estropajo. "¿Tú lo sabías?" Asintió.

"Por eso no decías nada. Ay… ¿qué va a ser de ti?" "Bueno, cuando uno se pasa la vida limpiando grasa, el cubo de la basura no resulta un cambio demasiado grande. Me las apañaré. Pero tú da guerra, Tefal, ¿me oyes? Las otras sartenes no te lo van a decir, pero mientras no haya una nueva sartén, tú seguirás siendo la sartén nueva. Seguirás siendo la predilecta y la más utilizada. Resiste. Y no seas dura con la nueva cuando llegué."

"Lo haré", prometí, sabiendo al instante que no podía mantener esa promesa. 

Por la noche tiraron al Estropajo y yo me quedé muy triste; sobre todo porque su sustituto, el nuevo, tiene la parte verde intacta y pica más. Pero al menos nos limpia antes. Ahora sólo me queda seguir dando guerra… mientras que el mango aguante.


(Dedicado a todas mis compañeras de piso y a Cristo, que han tenido que aguantarme cada vez que he comprado una sartén nueva)

jueves, 13 de noviembre de 2014

De la intensidad, de lo contrario al aburrimiento y de un "¿Lo ves?" como una casa que voy a escuchar esta noche

¿Soy la única persona sobre la faz de la Tierra que llora de cansancio? Puede sonar raro, pero me pasa. A veces estoy tan cansada y tan derrotada que antes de poder dormir y descansar necesito llorar. Dejar salir la tensión acumulada, relajarme un poco y entonces dormir. No me sale espontáneo. No pienso "Ay, qué cansada estoy, voy a llorar un poquito". Más bien me ultrasensibilizo y lloro por auténticas bobadas por las que jamás soltaría una lágrima. Acabo de llorar un poquito viendo un capítulo de Arthur. Sí, la serie de dibujos. Sí, me encanta y os la recomiendo. Y si tenéis niños en la familia, haced que la vean porque es maravillosa.

Llevo toda la semana "portándome bien" para ir a trabajar. Los psicólogos infantiles desaconsejan la frase "pórtate bien" porque un niño no sabe lo que significa. Y me parece que muchos adultos tampoco, así que voy a concretar. Para mí portarme bien en lo referente al trabajo es ir preparada, bien vestida, maquillada, desayunada y despierta. Eso implica levantarme antes y de rebote, acostarme antes también. Eso implica el esfuerzo de hacerme el zumo de naranja y de ponerme las lentillas y la máscara de pestañas sin caerme dormida antes de las ocho de la mañana. Si me porto bien en lo referente al piso, significa que tengo la habitación ordenada, la ropa recogida y limpia y que no dejo los platos sin fregar más de doce horas. Si me porto bien en lo referente a la salud, intento dormir las horas que me corresponden, dejo las golosinas y los gases y me esfuerzo por cocinar cosas sanas y no tirar mano de la pizza de turno o de la comida basura. En raras ocasiones he conseguido portarme bien absolutamente en todo, pero es mi utopía. 

Cris Dillingen dice que no necesito maquillarme para estar guapa ni para trabajar, y tiene razón. Pero para mí, maquillarse tiene un componente psicológico muy importante: es mi pintura de guerra. Mi armadura, mi uniforme, mi traje de batalla. Maquillada dejo de ser un saco fofo con patas que sabe más de lo que demuestra y menos de lo que le gustaría, insegura hasta la náusea, para ser la Superauxiliar de Conversación que hace juegos divertidos, se ríe de sí misma, tiene un humor fantástico y un carácter adorable y se lleva a los chavales de calle. Noto (y los chavales también notan) un cambio enorme en los días en los que voy hecha un pincel a clase y los días en los que voy de cualquier manera. Pero todo eso requiere mucha energía y al final del día acabo exhausta. Después de cuatro días, no puedo más. Ha sido una semana intensa, como una montaña rusa. Y en esto me voy a extender (¡más!).

Llevaba mucho tiempo sin cobrar, cayéndoseme la cara de vergüenza cada vez que le pedía dinero a mi madre o que compraba algo que realmente no necesitaba pero me apetecía (libros, chuches…). Seguía sin recibir la información sobre las jornadas de Berlín. ¿Me invitarán? ¿No me invitarán? Soy de segundo año. Después de las dos semanas de vacaciones, la primera semana en el instituto fue especialmente dura: una Klasse 8 me hizo llorar. Fuera de clase, obviamente. Pero me quedé hecha polvo para toda la semana. Además, perdí un gorro al día siguiente de comprármelo. Ah, y el martes perdí una bufanda preciosa y mi carpeta con copias por las que he pagado medio hígado. Y hoy han cancelado dos trenes y he llegado una hora tarde a trabajar...

…pero el viernes vi a Heidrun radiante de felicidad con su precioso bebé de dos meses. Y al día siguiente confirmé que mañana iría a Neunkirchen a ver a mis antiguos niños. Y el fin de semana fue muy agradable. Y el lunes cobré. Y el martes recibí la información de Berlín: estoy invitadísima. Y ayer celebramos el cumple de Cris St. Wendel. Y hoy ha aparecido la carpeta. Y me he reconciliado con la secretaria del instituto. Y la niña que me hizo llorar la semana pasada me ha escrito una carta pidiéndome perdón. Y mañana voy a ver a mis niños…

Y estoy de los nervios. Para bien y para mal. Se van arreglando las cosas. Poco a poco todo está en su sitio. Poco a poco voy aprendiendo nombres y caras. Poco a poco son más los niños que me saludan en los pasillos con un "¡Hola, Cristina! ¿Qué tal?" que me deja sorda de felicidad. Poco a poco me entiendo mejor con las profesoras. Poco a poco molesta un poco menos sentarse en la sala de profesores. Poco a poco molesta menos "invadir" el salón del piso. Y aún así todavía queda tanto por hacer. Tanto por vivir. De esta experiencia se pueden decir muchas cosas pero al menos una es totalmente cierta: nunca te aburres. Ni siquiera cuando quieres. Hay días en los que sólo desearía un poco de banalidad. Algo de instrascendencia. Pero qué va. Cada día hay nuevos desafíos y recompensas, cada día aprendo algo y me doy cuenta de ello. Cada día pierdo y gano algo. A veces literalmente. 

Tengo miedo y voy a volver a llorar. Tengo miedo de que no me hayan echado de menos. Tengo miedo de no acordarme de algún nombre. Tengo miedo de echarme a llorar mañana. Tengo miedo de que no sea perfecto. De que se aburran, de que se rían. Tengo miedo de que no haya trenes y llegar tarde. 

Ya veremos. Mientras tanto, voy a dejar que el agua caliente de la ducha y una flammkuchen aplaque las lágrimas y el agotamiento antes de hablar con mi madre. Después de tantas semanas quejándome, sé exactamente lo que va a decir. 

"¿No te decía la mamá que todo se iba a arreglar? ¿Lo ves?"

lunes, 3 de noviembre de 2014

De mi semana vegana

(Esta entrada está dedicada a mis amigas May A. y Anka H., veganas desde hace unos meses y personas muy comprometidas con el medio ambiente. Os quiero, niñas)

Como sabéis, de vez en cuando me gusta hacer experimentos en mi vida cotidiana para probar cosas nuevas. Y luego os las cuento. Hará unos meses os decía que mis dos compañeras de piso eran vegetarianas y en la actualidad han digievolucionado al nivel de veganas, motivadas en parte por su nuevo compañero de piso que, dicho sea de paso, está como un queso.

Aunque May y Anka siempre han sido muy respetuosas con mis hábitos alimenticios, también han aprovechado alguna ocasión para hablarme de sus razones para seguir la dieta vegana y hará cosa de tres semanas me enviaron este video. Cuando lo vi me entraron ganas de volverme vegana yo también y de no volver a comer nada procedente de un animalito. Después me acordé de la paella de mi padrastro y de la fideuà y el arroz al horno de mi madre y pensé que no, que yo vegana no podría ser jamás. 

Pero entonces se me ocurrió una idea: probar el veganismo durante una semana. Elegí para mi experimento la segunda semana de vacaciones (la semana pasada), para así tener más tiempo para cocinar y comprar con tranquilidad. A May le entusiasmó la idea y de no ser por ella, no estaría aquí contándooslo: me envió un documento muy útil con recetas fáciles y ricas e incluso una lista de la compra. Como podréis observar, me dejó sin excusas. 

¿Por qué hacerlo?

Por el medio ambiente, porque comemos demasiados productos de origen animal, porque no necesitamos la leche de otra especie, porque los animales son tratados de forma muy poco ética, porque los antibióticos de la carne pasan a nuestro cuerpo, porque en un año como vegano ahorras más energía que en un año sin coche, por probar algo nuevo, por curiosidad, por tu amigo/a vegano/a (le entenderás mejor). Porque a lo mejor te encanta y decides ser vegano para siempre. Porque puedes. Para demostrar que podrías vivir sin explotar los animales si fuera necesario.

¿Cómo lo hago?

Aquí os comento cosas que me han funcionado:

1. Busca el apoyo de un amigo vegano. Normalmente conocen recetas ricas (incluso podéis cocinar juntos) y saben dónde encontrar los mejores productos. Les encantará hacerlo, te lo prometo.

2. No compres nada de origen animal durante esa semana. Es tentador pensar en la semana siguiente, pero lo cierto es que cuantas menos tentaciones tengas en la nevera, mejor. Espérate para volver a comprar huevos.

3. Localiza en tus supermercados habituales la sección ecológica/vegana y mira a ver qué puedes encontrar. En Alemania es fantástico porque hay una gran oferta de productos: hamburguesas, queso y embutido vegano, leche de almendras, de soja y de coco, distintas variedades de tofu… El cielo es el límite. En España es más complicado, pero se puede hacer.

4. Esta semana las legumbres serán tus mejores aliadas: cómpralas ya cocidas en bote para ahorrar tiempo. Con un pimiento y una cebolla y distintas especias tendrás muchos platos ricos y sanos.

5. Yo no soy muy de fruta, pero si a ti te gusta, es tu momento: aprovecha y no te prives. Lo mismo con la ensalada.

6. Busca recetas por internet. Es más, si quieres déjame un comentario y te escribo unas cuantas recetas que me han funcionado. La calabaza al horno como si fueran patatas fritas está de vicio. 

7. La mermelada está permitida y la margarina también. Y el pan con tomate y aceite. Con un rico zumo de naranja, ya tienes el desayuno. Si tomas el café con leche, que sea de soja o pásate al té.

8. Si en un producto se indica que puede contener leche o huevo, o trazas de leche o huevo, puedes estar tranquilo: el producto es vegano y esos ingredientes no están en la receta. Sólo lo incluyen por la contaminación cruzada y las personas alérgicas.

Vale, Cristina, pero a mí me gusta salir por ahí a comer y las gorrinadas y las golosinas… ¿qué hago?

1. Aunque la oferta no es tan amplia en España como en Alemania, estoy segura de que podéis encontrar opciones veganas por ahí con facilidad. La cocina asiática es vuestra aliada en ese sentido. También podéis comer falafel en vez de kebab o pedir una pizza de verduras sin queso. Yo lo he hecho y está buena.

2. Recuerda que las patatas fritas o a lo pobre, el pisto y los champiñones al ajillo son platos 100% veganos: te puedes ir de raciones sin ningún remordimiento. Eso sí, ¡olvídate del alioli!

3. La cerveza y el vino son veganos :D. Ese gusto no te lo quita nadie

4. Las Pringles originales y sabor paprika, las galletas Oreo, los Sugus, las pipas, las palomitas, los frutos secos, las aceitunas y variantes, muchas marcas de patatas e incluso de golosinas (aquí en Alemania tenemos Katjes)… todos estos son productos veganos para picotear y gozar de lo lindo. Se puede comer vegano sin comer sano. Y además, no estás a dieta. No te cortes.

¿Cómo se lo toma la gente a tu alrededor?

Pues según. Al principio estarán "preocupados" por tu salud pero te aseguro que no te va a faltar de nada. Las legumbres tienen hierro y combinadas con vitamina C, se absorbe bien. Además, en una semana no te van a bajar tantísimo los niveles de nutrientes: tranqui que no te vas a desmayar en mitad de la calle. Vamos, muy mal lo tendrías que hacer.

Y sí, te van a ofrecer cosas no veganas durante toda la semana. No lo hacen por joder, es que les sale natural. Ten paciencia y ríete con ellos; ya te resarcirás. 

¿Has notado algún cambio en tu cuerpo durante esta semana?

Pues sí. La dieta vegana es muy rica en fibra, así que, ¿cómo decirlo? He visitado el excusado con mucha más frecuencia que antes. Pero es maravilloso, que conste. Mejor que un yogur de Activia. También, al ser en general una dieta de más fácil digestión y menos pesada, me he sentido mucho más ligera y deshinchada. Ojo, eso no quiere decir que haya adelgazado (comí demasiadas golosinas y Oreos). Pero si no eres tan caprichoso como yo, igual hasta se te queda en cuerpo yeyé, quién sabe.

¿Vas a seguir siendo vegana en el futuro?

No. Me ha encantado la experiencia y me planteo aplicar lo que he aprendido en mi vida cotidiana: hace mucho tiempo que no bebo leche y no soy de yogures, pero es que ahora me resulta casi imposible comprar queso sin sentirme culpable. Mi idea sería hacer un día vegano a la semana y al menos tres sin carne, o algo así. De verdad que me encantaría poder comprometerme con el estilo de vida vegano. Es más, podría. Pero quienes me conocen en persona saben que soy una persona muy, MUY carnívora. De hecho, podría vivir sin carne, pero no sin pescado. Y todavía me cuesta resistirme al queso, por no hablar de los deliciosos platos que me prepara mi madre en España: todavía no existe el tofu con sabor a pollo para paella. Ser vegana para siempre sería demasiado duro para mí, es la verdad. Así que, aceptando mis limites, prefiero simplemente cambiar un poco mis hábitos alimenticios y ya está. Sé que no es mucho, pero es un comienzo.

¿Recomiendas la experiencia?

Totalmente. Hazlo. No busques excusas. Es una experiencia nueva y de eso siempre se aprende. Hazlo y luego me cuentas. Y si tienes alguna pregunta, ¡comenta! Os dejo también el tumblr de May con recetas (en alemán).

miércoles, 29 de octubre de 2014

De mis libros: "Caperucita en Manhattan", de Carmen Martín Gaite

La procrastinación es un arte en el que me considero una experta. Seguir unas diez series de televisión y otros tantos blogs sobre distintos temas no me parecía suficiente, así que también me gusta ver los vídeos de algunos canales de YouTube con cierta regularidad. Hoy, viendo los últimos vídeos de mi amiga papalbina, cuyo canal trata principalmente sobre libros, me entraron ganas de hacer lo mismo. Y como tendría que estar muy borracha y muy loca para ponerme frente a una cámara, he decidido conformarme con escribir en mi humilde rincón sobre algún libro. Además, tengo que recuperar el mes perdido. 

De ahí que hoy vaya a hablar de un libro. Pero no un libro cualquiera: el libro. En la asignatura "Psicología de Babilonia 2.0" sería lectura obligatoria, lo meto en todas las listas de libros posibles y creo que es el libro que más veces he regalado (cuatro, que yo recuerde). Uno de mis favoritos indiscutibles, por no decir el preferido absoluto. Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite.



¿Un libro para niños/adolescentes? ¿En serio? Pues sí. Este libro era una de las tres lecturas optativas de clase de Lengua y Literatura en 3º de la ESO para subir nota. En aquella época era una empollona insufrible, así que me leí los tres. Debo decir que esa profesora, a la que adoré con todo mi corazón y por la que hubiera sacrificado algún animal a los dioses si me lo hubiera pedido, tenía un gusto impecable en lo que a libros se refiere: los tres me encantaron. Por si alguien se lo pregunta, los otros dos fueron El gato de Troya, una pequeña joya desconocida para el gran público, y un clásico maravilloso: La historia interminable

En su momento no fui capaz de apreciar su influencia en mí; simplemente me gustó. Pero con el tiempo volví a él una y otra vez cuando estaba triste o no me sentía segura de mí misma. Y eso que la historia no puede ser más simple. Porque el título le hace justicia: es una versión de Caperucita Roja en la Gran Manzana. 

Sara es una niña de 10 años que vive en Brooklyn y sueña con explorar la isla de Manhattan a sus anchas. Y aunque va hasta allí todos los sábados con su madre para llevarle una tarta de fresa a su abuela *guiño, guiño*, su madre no la suelta ni un segundo ni tiene la ocasión de disfrutar como le gustaría. Hasta que un día…

…lo vais a tener que leer. Lo siento. Os podría contar más sin destriparos mucho, pero es un libro sencillo y cualquier explicación es excesiva. Pasemos directamente a por qué me gusta tanto.

Caperucita en Manhattan es un libro de personajes. De personajes femeninos muy fuertes e interesantes, empezando por la pequeña Caperucita. Mujeres que representan distintos roles y arquetipos, cada una de ellas única y fantástica. Menos la madre. La madre me cae muy mal. Pero en general todos los personajes son estupendos. Te crees a esa niña. Te crees cómo piensa y razona y le acabas cogiendo un cariño inmenso. Y tal vez hasta te reconozcas en ella, que es lo que me pasó a mí. Yo querría ser Sara. 

Si leéis la versión didáctica, con una introducción de la historia al principio, encontraréis un análisis detallado de los personajes y de las distintas versiones de Caperucita a lo largo del tiempo. De cómo el cuento empezó como una fábula con moraleja: si te adentras en lo desconocido, acabarás en líos. Y de cómo en cada versión se fueron añadiendo nuevos matices hasta llegar a la versión que todos conocemos: con cazador y con esperanza para Caperucita y su abuelita. Todo esto nos lo cuentan para explicarnos que Caperucita en Manhattan habla sobre algo muy distinto: sobre la Libertad. Sobre el derecho a ser libres, sobre lo que significa y sobre cómo alcanzarla.

Dentro de mi vida, además, ha sido un libro importante en varias ocasiones. Lo he leído en voz alta para alguien, hasta el final. Y ese alguien me hizo un dibujo chulísimo de Sara. Y…

Me parece que lo voy a dejar aquí porque no me estoy explicando bien ni le estoy haciendo justicia. Es difícil explicar por qué algunas cosas son especiales: hay que conocerlas para entenderlo. Y aun así me temo que, aunque leáis libro, a lo mejor lo encontraréis muy simple e infantil. Ya me contaréis. Y si tenéis el cumpleaños de algún chaval en la familia cerca, ya tenéis una idea para el regalo. Compradlo con tiempo y así os da tiempo a leerlo. Y si no os da pereza leer en la pantalla os dejo un enlace aquí.

Remato esta entrada con una cita del libro que me da escalofríos cuando la leo. Una de ellas:

No te hice celestial ni terrenal,
ni mortal ni inmortal, con el fin de
que fueras libre y soberano artífice
de ti mismo, de acuerdo con tu designio.

(Giovanni Pico della Mirandola, filósofo renacentista)

¡Miranfú!

miércoles, 22 de octubre de 2014

De las epifanías de la alegría

Esta entrada iba a ser una entrada triste y melancólica. Y la debo y la escribiré porque va dedicada a una persona a la que… ¿quise, quiero, me importa, significa? mucho. Pero ché, llevo de vacaciones y resfriada -porque a mí me gusta vivir al límite- desde el jueves y ahora que me encuentro mejor me apetece contar cosas más bonitas y ponerles nombre. Carlos me dijo, en su extraña sabiduría, que lo que no se nombra no existe. Por supuesto, la teoría no era suya. Pero cuando nos conocimos él ya estaba en bachillerato y yo no había acabado la ESO aún: me llevaba unas cuantas clases de filosofía de ventaja. El muy cabrón. En fin.

No se puede generalizar, pero la mayoría de las personas buenas que conozco escucha -o intenta escuchar- muy bien a los demás pero son sordas como tapias consigo mismas. Vamos, que hemos aprendido a ignorarnos, a no escucharnos y -esto es lo grave- a no conocernos. Que nos conozcan otros: pues no. Veinticuatro años y personas muy idiotas me han enseñado que la información es poder. Si no dejarías que los necios o los malvados supieran secretos de estado, mucho menos les dejarás conocerte mejor que tú mismo, porque con esa información te pueden joder pero bien. Con esa reflexión y con una frase atribuida a Dolly Parton (Conócete a ti mismo y hazlo a propósito), me dispuse a estudiarme a mí misma como si de la asignatura más importante de la carrera se tratara. Y en ello sigo.

En mi opinión el único método es prestarse un poquito más de atención: a lo que haces, dices, piensas, sientes, no te gusta… Y te gusta. Veréis, sigo adoleciendo de un halo de superioridad moral y dignidad acompañado de un palo metido por el culo que he usado durante mucho tiempo para hacerme la dura, la seria, la importante y a la que no se puede replicar… Y también la infeliz. Durante muchos años me he negado muchas experiencias que después he disfrutado muchísimo y he tenido un miedo atroz a lo desconocido. Lo sigo teniendo, aunque un poquito menos. Pero aunque sólo haya conseguido aflojar un agujerito del cinturón, vale la pena porque se respira mejor.

Fue sorprendente la primera vez en la que pensé "Me gusta bailar". Me gusta. Me encanta. No lo hago bien, no tengo por qué hacerlo bien, nadie espera que lo haga bien, ni siquiera yo. Es más, lo hago muy mal. Pero me gusta y me encanta. Y sonreí. Y sigo sonriendo, mucho y con ganas, cada vez que bailo. No sólo fue sorprendente por la revelación en sí, sino porque no esperaba encontrar cosas divertidas, genuinamente buenas y felices, dentro de mí. Esa fue la primera epifanía de la alegría. La primera revelación de que, aunque había muchos aspectos de mi personalidad que requerían mejoras y mucho dolor y cosas que era mejor tirar en la basura, también había cosas que estaban bien tal cual. Que de hecho eran muy buenas. La mayoría son tonterías, pero a ellas me aferro cuando el palo amenaza con volver a clavárseme hasta el diafragma. Y así lo mantengo a raya.

Me gusta bailar. Me gusta cantar, mucho, fuerte, de todo y a todo el mundo. Adoro cantar para mi sobrino y espero no dejar de hacerlo nunca. Me gusta pintar, me encantan los colores. Me gustan los Backstreet Boys y no me avergüenzo.  Me gusta vestirme de colores. Me gusta hacer el idiota para mis alumnos. Me encanta hablar con las manos, con los dedos de los pies y hasta con el hígado. Me gusta sacarles la lengua a mis chavales y dejarles pillados cuando me miran raro. Me gustan las cosas de papelería. Me gusta maquillarme y el mejor momento de las mañanas es cuando me pinto los labios, con mucho cuidado. Me gusta agitar el pelo y me encanta llevarlo suelto al viento. Me gustan las pompas de jabón y hacer pajaritas de papel. Me encanta hacer reír. Me gusta leer sobre temas estúpidos que sólo me servirán para acertar preguntas en el Trivial. Me gusta jugar. Y vivir. 

No hay por qué publicarlas en el BOE -o en un blog, que para el caso lo mismo es-, pero os invito desde aquí a alucinar con las cosas que os encanta hacer y os ponen de buenas y que os diviertan. Que al final del día salvar el mundo o ser el mejor en el trabajo está muy bien, pero este tipo de cosas y algunas personas especiales son las razones por las que vale la pena todo lo demás. 

sábado, 4 de octubre de 2014

Del regreso (a Alemania y al blog)

La razón por la que me fui es simple: tenía que buscar piso en una ciudad en la que hay 30 candidatos por habitación. Vale, lo he simplificado demasiado. De repente se juntaron muchas cosas y el detonante fue tener que buscar casa de nuevo. Me prometí no volver a escribir como mínimo hasta que encontrara casa. Convenientemente hasta que me mudara. Mi contrato empezó en octubre así que ya tengo permiso para volver.

Llevo dos semanas en Saarbrücken y hasta que me mudé he estado abusando de nuevo de la hospitalidad de la buena de Sarah. Ha sido muy amable y generosa, pero me estaba matando. No soportaba la idea de estar invadiendo su intimidad y su casa todo el tiempo y lo pasé realmente mal hasta que me admitieron en un piso. Como esa visita molesta que dice que se queda "unos días" y cuando te descuidas se queda para siempre. Como Alan en Dos hombres y medio. No me gusta esa serie.

Al ser mi segundo año aquí cuento con una gran ventaja. No me pierdo, conozco las líneas de autobús y tren, tengo sitios favoritos para comer y tomar café y en general tengo un mayor control sobre las cosas que el año pasado. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer. 

Aún no he desempaquetado. Me mudé el miércoles por la noche, el jueves literalmente no tuve tiempo y el viernes realmente tampoco. Demasiada vida social. Es una irresponsabilidad por mi parte seguir teniendo las cosas en las maletas, pero he de reconocer que necesitaba salir, despejarme y quedar de nuevo con mis amigos. 

Volver a una ciudad a la que ya perteneces y en la que conoces a gente genial tiene muchas cosas buenas. Los reencuentros son como cuando aparece el artista invitado en una sitcom, con el sonidito y todo. Y así sucesivamente han ido haciendo su aparición Sarah, Philipp, Anka, May y mi querida tándem Laura así como mi ex-alumna Tanja, que empieza la uni en unos días. Todavía quedan unos cuantos por volver y por supuesto, hay personajes nuevos en esta temporada: las nuevas auxiliares. 

Normalmente nadie elige venir a Saarland; Saarland te elige a ti. Sin embargo, esta vez y por distintas circunstancias, las cuatro auxiliares de conversación de España que trabajaremos en Saarland hasta finales de mayo habíamos solicitado venir aquí. Por ello somos tres Cristinas. Sí. Tres. Y sobre las muchachas, todavía no puedo decir mucho. En parte porque no las conozco demasiado y en parte porque quieren leer el blog, pero son muy simpáticas. 

En toda buena serie de televisión se echan de menos a los personajes de temporadas anteriores: echo de menos a Cristo y a Naia. Era un latazo tener que salir de fiesta todos los fines de semana, pero eran geniales y mi historia en Saarbrücken la escribí con ellos. Ahora están en Múnich; cuando vuelva a ser solvente económicamente me gustaría ir de visita.

Y hablando de dinero: lo trituro. Lo destruyo. Me siento como si estuviera utilizando billetes como papel higiénico. A esta patología, caracterizada por una gran cantidad de estrés cada vez que tengo que pagar algo -el alquiler, la comida, un chicle- y por producirme un gran autodesprecio abyecto, la llamo síndrome del becario o de "¿Por qué no me pagas?" 

Esta beca es muy buena, pero como en toda beca, los pagos llegan tarde. Muy tarde. Hasta noviembre no vamos a ver un céntimo. Y ni siquiera a primeros de noviembre. Así que los primeros dos meses y medio salen de nuestro bolsillo: fianza, alquiler, tasas universitarias, comer, hacer un mínimo de vida social, abastecerte de lo necesario… He gastado el equivalente a mi pensión de orfandad de cinco meses en una semana. Y aunque sé que no es culpa mía, no puedo evitar sentirme como una puta mierda. Paciencia. Ya llegará noviembre. 

Sobre los institutos ya hablaré, pero todavía estoy buscando mi sitio. Lugares nuevos, gente nueva. Aún no conozco bien a los chavales, pero ya he encontrado a un chico con espíritu de Pelirrojo. Ningún Pantera por ahora. 

La pausa en el blog también me ha dado espacio mental para leer y pensar mucho y me he dado cuenta de que no tengo tanta inteligencia emocional como pensaba. Identificar sentimientos y manejarlos es algo que me cuesta mucho y tengo que trabajar en ello. Empecemos por aquí. ¿Cómo me siento? Rara. Un poco incómoda. Es difícil volver a empezar de nuevo. 

Lo que me lleva a una frase de Sandra Bullock que me gusta mucho: Los principios suelen dar miedo y los finales suelen ser tristes, pero lo que realmente cuenta es lo que pasa entre ambos. Tienes que recordar esto cuando estés empezando. 

Amén. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Del hiatus (temporal) de este mi blog

Llevo semanas intentando escribir y no puedo. No por falta de temas ni de ganas, sino por algo más. Lo intenté ayer pero tenía sueño. Tenía muchas cosas que contar pero me faltaba el sentido de la organización que llevo aplicando en este blog desde que lo empecé. La claridad de ideas. El escoger un tema, algo que contar, y centrarme y contarlo de la mejor forma. No sé hasta qué punto lo he logrado, pero este es el blog del que más orgullosa me he sentido. Así que imaginad cómo de malos eran los anteriores. 

Ha sido mi cumpleaños. He hecho breves viajes por España. He estado hace poco en Granada. Todas estas experiencias han tenido algo bueno y algo malo y mientras también han pasado más cosas. 

Cuando empecé este blog, mi primer objetivo era el que he descrito anteriormente: una idea, una entrada. Mi segundo objetivo era no utilizar este blog como hombro para llorar ni para desahogarme. Que si tenía un problema en mi vida "real", era ahí donde debía quedarse y resolverse. Mi mierda no es tema de interés para nadie. Yo admiro a muchos bloggers y me gusta saber de sus cosas y no me importa saber de vez en cuando que también les va mal y dejarles unas palabras de aliento. Sé que no buscan compasión. Ni yo tampoco. Pero considero que ha de haber ciertos límites y que estos deben respetarse.

Mi vida no está acabada ni mucho menos, pero no estoy pasando por una buena racha y en estos momentos soy incapaz de escribir con claridad sobre temas interesantes o alegres. No puedo pensar. No puedo escribir. Y no puedo soportar la sensación de tener aquí el blog, abierto y abandonado. Sé que no pasa nada por dejarlo así. Que podría escribir el mes que viene, o dentro de unos meses, y que quizá alguien seguirá aquí -o no- y que nadie me pediría explicaciones. Pero necesito hacerlo oficial para dejar este asunto cerrado en mi cabeza y poder centrarme en poner mis cosas en orden. 

Dejo el blog en pausa. Como mínimo hasta octubre, pero intentaré volver cuanto antes. Y volveré, eso por descontado. Adoro escribir. No sé hacer otra cosa. Sé que suena raro, pero a veces simplemente escribo en mi cabeza. Narro en mi cabeza. Mi yo egocéntrico pide público, así que tarde o temprano volveré aquí. Mientras tanto, seguiré respondiendo a los comentarios. De hecho, intentaré tardar menos. 

Mil gracias al pequeño pero genial grupo de personas que os pasáis por aquí a leer lo que escribo. Significáis mucho más de lo que estas palabras son capaces de expresar. Nos vemos en otoño :)

jueves, 7 de agosto de 2014

De las cosas que sigo por Internet, como por ejemplo, a las Pacheco

Hace bastante tiempo -tanto que me da pereza ponerme a buscar la entrada ahora- hice una lista muy mona de unos cuantos temas que quería tratar. Todavía me queda uno: los webcomics y otras cosas que sigo por Internet. Este me parece un momento oportuno para hablar del tema por varias razones: porque no quiero escribir sobre cosas tristes y porque como imagino que más de uno estará de vacaciones, igual le apetece llevarse un par de enlaces para los ratos muertos. Personalmente disfruto mucho leyendo en el retrete. Demasiada información, lo sé. 

De todos es sabido -y si no, ya estáis corriendo aquí y después aquí- que sigo a César Mallorquí y que lo adoro hasta el punto de desear que fuera mi padre. Ya le dediqué una entrada así que pasamos página a una pareja de hermanas de Almería: Carmen y Laura Pacheco. 

La más conocida, aunque sea porque lleva más años pululando por la red, es Carmen. Fue la primera blogger de España (desde hace años es propietaria del dominio www.egoismo.com) y hasta hace poco era creativa publicitaria. Durante sus primeros años firmaba sus blogs como Aracne, pero también formaba parte de un blog coral muy divertido, Te lo digo por tu bien, y posteriormente Vivo sin vivir en mí  en el que escribía como Cruela junto con un grupo de amigas también con nombres de malvadas famosas. 

En algún momento decidió escribir libros juveniles y por suerte se los han publicado. Hasta ahora yo sólo he leído La verdad sobre la vieja Carola. Si tenéis algún chaval de 9 o 10 años aficionado a la lectura, es más que recomendable. 

Poco después la descubrió El País, y más concretamente su revista S Moda, en la que ha publicado dos blogs: Memorama y Sujeto de Pruebas. Magníficos ambos. Actualmente escribe muy de cuando en cuando alguna columna en la revista digital Unfollow (lugar en el que me encantaría escribir, por cierto) y colabora con su hermana Laura… Con la que ha publicado un cómic y de la que hablaré ahora. 

¿Por qué me encanta Carmen Pacheco? Porque es mordaz, sarcástica, maligna y adorable y porque tiene una de las mejores prosas que existen ahora mismo en España (en mi opinión). Me gusta Carmen Pacheco porque es fantástica y porque ha sido capaz de convertirse en marca propia. Porque si te gusta lo que escribe, te gusta ella y te acabas volviendo fan incondicional. Porque me encantaría tomarme unos cócteles con ella o simplemente observarla en sus quehaceres. Ché, porque es la típica persona a la que lees y te encantaría tenerla como amiga. 

Pasemos ahora a la Pacheco junior, Laura, que se hizo famosa por lo que muchos en España sufren actualmente: por quedarse en el paro. Licenciada en Bellas Artes y ex-restauradora de obras de arte, Laura se hizo un Tumblr para obligarse a dibujar. ¿Y qué dibuja? Tiras cómicas. Durante los tres primeros meses de Let's Pacheco publicó todos los días una tira distinta. Tenía varias series y dos de ellas las hacía con Carmen: una escribía y la otra dibujaba. 

Y así fue cómo El País se fijó en Laura y la contrató también en S Moda para que publicara una tira a la semana. Durante un tiempo publicó una de las series que tenía con Carmen, Divas de Diván, pero desde hace cosa de un año publica cada jueves en la sección de placeres su tira Problemas del primer mundo, de la que pronto se hará un libro.

¿Por qué me encanta Laura Pacheco? Porque sus tiras son geniales, se leen en nada y me ponen de buen humor. Cosa nada fácil de lograr. Por haber sabido captar la esencia de los auténticos problemas del primer mundo y dibujar esas pequeñas tonterías que nos pasan a menudo y a las que no hemos prestado atención. Porque bebe té y detesta el verano -hace falta muy poco para caerme bien. Y porque sí, también me gustaría tenerla como amiga. Aunque la veo menos de cócteles (dijo ella como si las conociera de toda la vida y escribiendo sobre sí misma en tercera persona, pidiendo indulgencia porque los casi dos meses en tierras levantinas están minando su moral lentamente…).

Así que bueno, si os apetece, pasaos por alguno de los doscientos enlaces que os he dejado esta vez y contadme qué os parecen. Si las conocíais ya (seguramente), si no…

Por cierto, ya he terminado de dar clase a los diablillos. Al final conseguí que acabaran el cuadernillo de vacaciones de inglés en *redoble de tambores* cuatro días. Y ahora que no tengo un motivo para levantarme me quedo en la cama hasta que alguna fuerza ajena a mí me saca de ella. Voy a tener que pensar en algo para distraerme estas tres semanas o me volveré loca. De hecho, no descarto estarlo ya. 

Otoño, ven a mí. 

viernes, 11 de julio de 2014

De la historia de una cárcel

Érase una vez una persona encarcelada. 

No había cometido ningún crimen, ergo era un encarcelamiento poco convencional. La cárcel en sí misma también lo era, dado que carecía de barrotes. El prisionero tiene, de hecho, llaves para salir y entrar a placer cuando lo considere oportuno. ¿Por qué vuelve, entonces? 

Porque es plenamente consciente de su condena, hace ya mucho tiempo que la aceptó. Y la abraza y aunque salga -a veces a cumplir con menesteres concernientes a su encarcelamiento-, siempre regresa.

Le condenaron a estar eternamente dividido. Jamás completo. A renunciar a su integridad. A renunciar a aquello que deseaba y necesitaba hacer. A no hablar nunca más con libertad. A no soñar más que con la libertad robada. A mirar con ojos desesperados el reloj. 

A fraccionarse a sí mismo con un cuchillo de partir tarta y repartir los trozos de su persona entre los demás prisioneros. Con una salvedad: no podía repartirse por entero a todos a la vez. Debía cortar un trozo, dárselo a un prisionero y esperar a que se saciara. Apenas hubiera terminado ya esperaba el siguiente a reclamar su ración y así sucesivamente. Sólo de noche, y porque los demás prisioneros también lo hacían, se le permitía descansar. Así es como se recompone y no se agota. E incluso cuando el prisionero osa permanecer íntegro por unos minutos, la culpabilidad lo asfixia. 

Sabedor de que su liberación no está tan lejana como parece, el prisionero intenta no decir nada. Cada mañana cumple con su rutina habitual de alimentar a sus compañeros de celda, compadeciéndolos en secreto por necesitarle para estar saciados. A veces reclaman más ración de la que les corresponde y otras exigen su porción todos a la vez. Entonces el prisionero lamenta su suerte.

¿Cuál, exactamente? ¿Haber llegado a esa cárcel? ¿No haber negociado mejor su condena? ¿O que ésta sea tan larga? ¿El saberse necesitado y devorado a todas horas? Qué va. Lamenta la imposibilidad de poder alimentarlos a todos a la vez. Y es que secretamente cree que, si fuera capaz de dividirse entre todos ellos a la vez, dejarían de necesitar su ración. Ilusión vana, puesto que el prisionero sabe a agua de mar, que cuanto más se bebe, más sed da. 

Y como si en el agua de mar estuviera, el prisionero a menudo está a punto de ahogarse. Los otros prisioneros lo contemplan estupefactos, como si la cosa no fuera con ellos. No pueden entenderlo. No entienden su dolor. O no quieren, postura no del todo incomprensible teniendo en cuenta que todos ellos tienen sus propias cargas -sus condenas- que soportar. 

El prisionero a veces llora y se ahoga en sus lágrimas. Hasta que en medio de la inundación ve a lo lejos algo a lo que agarrarse. Cambia de color, pero es siempre el mismo clavo hirviendo. A veces es marrón chocolate, otras rosa salmón o blanco queso. Y durante unos minutos se pasa, el prisionero se calma y el agua se va. 

Hasta que vuelva a perderse en la confusión de saberse eternamente dividido. Jamás completo. Sin integridad. 

jueves, 12 de junio de 2014

De las despedidas y las buenas noticias

El día 31 de mayo finalizaba mi contrato, dándose además la circunstancia de que los días anteriores coinciden con el puente de la ascensión. Pero yo decidí quedarme una semana más para decirles adiós. Una semana muy intensa en la que al final no me quedó más máscara de pestañas a fuerza de llorar de alegría.

Ya me había despedido de las Klasse 12, los mayores, pero aproveché la última semana para quedar con dos de las mejores de la clase. El Destino me quiso sorprender e hizo que me encontrara por casualidad con otra de las mejores en la estación de tren con su madre. Sí, la madre y la hija del tiramisú de las que ya hablé aquí. 

Luego la Klasse 11, tan tímidos ellos. A menudo temí que mis palabras y juegos cayeran en saco roto, pero un poema precioso y un par de cartas me han convencido de lo contrario. 

Y después las dos Klasse 9, los que tienen la peor edad, los diablillos. Los únicos que alguna vez me han supuesto un desafío. Chavales encantadores todos que sólo quieren cariño y que les hagan caso, igual que todos. Empezamos con los bizcochos y las magdalenas y las tartas y los desayunos, y fotos y cartas y más cartas. 

Las despedidas de las Klasse 10 las llevo grabadas a fuego. Con ellos he pasado más horas y he jugado y he hecho muchas más cosas con ellos que con los demás. Álbumes de fotos y mensajes y cartas, y más bizcochos y tartas y desayunos y abrazos que me han quitado el hipo. Y lágrimas. He tenido tres grupos de la Klasse 10, durante un par de semanas a cuatro (y lamento que no fuera más tiempo) y aunque he tenido mis diferencias con algunos, muchos de mis alumnos preferidos están en estos grupos.

Y los cuatro grupos de la Klasse 8, los pequeños. Los que me dejaban sorda los jueves con un "Buenos días, señor Z… ¡¡¡Y CRISTINA!!!", los competitivos hasta casi llegar a las manos, las niñas tiernas y simpáticas (sí, he tenido una clase sólo de chicas) y el grupo más variopinto y un poco más relajado en el que uno de los alumnos preguntaba siempre por qué yo no hacía nada :). Bizcochos y tartas, y una canción propia y un delantal firmado y otro álbum, y muchísimas cartas y caramelos y un collar y una piedra en forma de corazón y tarjetas. Con la última clase me eché a llorar como una niña de pensar que la semana siguiente yo no iba a estar ahí.

Despedirme de los profesores tampoco fue fácil. No con todos he tenido una relación tan estrecha, pero me llevo recuerdos maravillosos de todos ellos y los echo de menos. También añoro a mis compañeras de piso, que me dejaron una tarjeta adorable en el ordenador y que me arrancó una última carcajada en mi última noche en Saarbrücken. 

Aquella noche me había despedido también de la familia del Sarre. Porque siempre fuimos los tres. Hubo artistas invitados (el novio de Naia, Sarah, mis compañeras, las compañeras de Cristo, el brasileño) y hubo temporadas en las que me aparté conscientemente, de forma estúpida. En mi defensa sólo puedo decir que sigo aprendiendo. Nos despedimos, como no podía ser de otra forma, cenando en Ludwigs, típico local del Sarre como él solo, y nos abrazamos y deseamos lo mejor durante el verano no sin antes prometernos un reencuentro. 

Un reencuentro en Alemania.

Oh, sí, queridos míos: vuelvo. 

Mi Jefa no solamente es adorable, también es Dios. Y gracias al maravilloso formulario de valoración que ha escrito sobre mí y a la insistencia con la que ha llamado al ministerio, vuelvo a ser auxiliar de conversación en Saarland en el curso 2014-15. No en los mismos institutos (no sería justo), pero vuelvo. Lo que significa que podré volver a visitarlos a todos: Saarland es un estado pequeño y pienso ir al Gymnasium am Krebsberg y al Gymnasium am Steinwald tan a menudo como me sea posible. Volveré a ver a mis niños, a los que siguen con español y a los que no, al Ringo y al Pantera y al Pelirrojo y a todos los demás. Y a mis compañeras, y a mi tándem, y a mis profesores y en general, al gran grupo de gente fantástica que han contribuido a hacer de este año uno de los más especiales de mi vida.

Me he sentido apreciada, útil, querida y valorada. Cosas que no podía imaginarme en septiembre, cuando me eché a llorar histérica en las jornadas de recepción de Bonn y una antigua auxiliar de conversación de segundo año me consoló y me dio ánimos. Ahora mirando atrás sólo puedo sonreír, porque este año seré yo quien vaya a Bonn a intentar echar un cable a los nuevos auxiliares. 

Por supuesto, y como buena drama queen que soy, ya tengo miedo de los nuevos niños. No voy a tener tantísima suerte dos veces, no puedo tener a gente tan genial dos veces. Sería demasiado bueno. Pero qué narices, seguro que son majos y seguro que me va a encantar. Y si me deprimo, tengo a mis 248 antiguos alumnos para levantarme el ánimo. 

Ahora sólo me queda por delante un verano caluroso y monótono de estudiar alemán y polaco (aunque desde casa), de disfrutar de la familia un poquito, de cumplir años y de cumplir otras cosas. Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión. Vamos a dejarlo aquí. Vuelvo. Vuelvo. Vuelvo...

miércoles, 28 de mayo de 2014

De París

Hace unos días me fui a París con la Musa a pasar el fin de semana. Creo que he hablado de mi amiga la Musa, también conocida como Aeris y más comúnmente conocida como Miriam (demasiado comúnmente, porque tengo a cuatro). En resumen: nos conocemos desde hace nueve años y, a raíz de uno de mis personajes secundarios, elaboramos todo un universo con lugares, fechas y tres generaciones de personajes y de vidas perfectas y fantásticas. Tres hermanos, tres parejas. El hermano mayor, Andrew, y Ninette se conocen y viven su primer año juntos en París, así que visitar esta ciudad era muy importante para nosotras.

Podría contar muchas cosas. Podría hablar del abrazo sudoroso al vernos. Podría hablar del coreano de nuestra habitación y de cómo lo escandalicé -y de cómo casi enfado a la Musa en el proceso. Podría hablar de la fantástica croque monsieur que encontramos bien de precio en un bistro adorable del centro y de cómo la camarera no nos quiso cobrar el postre. Podría hablar del viento enfurecido que nos impidió subir a la cumbre de la torre Eiffel y de la pareja cordobesa que me salvó de una neumonía prestándome el paraguas. Podría hablar de la experiencia de ver Eurovision en tu única noche en París y gracias a la televisión nacional de… Macedonia. También podría hablar de Montmartre. Y del mirador de Montparnasse, visita obligada. ¿Pero qué le estaría haciendo a mis personajes? 

Hubo monumentos, pero sobre todo hubo calles. Calles vacías, pertenecientes únicamente a los parisinos y a las turistas poco ortodoxas que prefirieron vagar en vez de perseguir monumentos. Hubo rincones que se me grabaron en la memoria y en las fotos, edificios donde ellos respiran y viven. Hubo momentos en los que casi pude verlos por la calle, cogidos de la mano sin querer; soltándola al instante. Y otros en los que el Universo parecía habernos llevado al lugar adecuado en el momento justo (serendipia lo llaman). Hubieron Andy y Ninette. Se nos apareció el mismísimo Axel Weller, en carne y hueso, tocando el piano prodigiosamente bien en la estación de St. Lazare. Hubo magia y nostalgia, y un cuaderno nuevo precioso (algún día escribiré sobre esto, pero tengo más de veinte en blanco. ¿Sabéis esas chicas que sueñan con comprarse cientos de zapatos? No gastan una 41 de pie. Yo colecciono cuadernos). Hubo París. Estuvimos París, la Musa y yo. Y me volví a enamorar. De París, de la Musa y de mí. Y de Andrew Weller y Alexandrine Delacroix, y de la historia que empezó por un cuadro. O, mucho más atrás, por una cita de Hamlet

Sin ponerme tan mística, la verdad es que la ciudad me gustó muchísimo. Personalmente mi lugar preferido de París es la plaza de Tertre. Es imposible recorrer Montmartre y no verla. Y es imposible no enamorarse de esa plaza. Los cafés que en ella se encuentran lo saben de sobra, de ahí que sigan teniendo clientela pese a los precios obscenamente altos que piden por un simple té. También, como gran amante de Amélie, me gustó mucho el canal St. Martin. Y dejando salir la vena más comercialmente turística, me emocioné cuando vi la torre Eiffel, de un solo golpe de vista, frente a mí por primera vez. Son momentos para los que te preparas y que, por suerte, acaban siendo tan buenos como te imaginas. Al menos en mi caso lo fue. 

Se quedaron en el tintero muchísimas cosas por tiempo, dinero y porque una capital no se visita en dos días. En este caso, ni en dos meses. No pude ir a los museos y me hubiera gustado entrar en alguna iglesia. Que yo soy muy atea, pero muy amante del arte ante todo. En cualquier caso, tengo excusa para volver dos o tres veces más.

Y lo más importante: que lo cumplimos. Tras años de espera, lo hicimos. Fuimos juntas a París. 

miércoles, 14 de mayo de 2014

De las enfermedades propias

(Querida Musa: no, no me olvido de escribir de nuestro viaje a París. Pero hoy mi cuerpo me pide esto.)

Hay enfermedades que todos conocemos, tenemos y tememos. De algunas se habla más o menos, de otras todavía no hay cura. Y algunas incluso ni se reconocen como tales. Pero yo creo que el ser humano, en su infinita complejidad y como ser social, tiene la capacidad de tener enfermedades propias. Enfermedades que no tiene nadie más y nadie entiende. 

Muchos dirán que solamente son sentimientos o malos días. Y quizá otros hasta consigan catalogarlo dentro de alguna bonita etiqueta del manual de trastornos mentales. Igual vosotros no tenéis ninguna. Igual para vosotros son costumbres. Igual sí son malos días o malas temporadas. Pero me parece un nombre tan… soso y poco descriptivo. Yo tengo tres patologías propias y cada una tiene su cura particular. 

La primera es el estar en el limbo. Esta enfermedad me aqueja cuando sé que voy a irme de un sitio pero no estoy muy segura de a dónde voy ni cuándo. Durante esos días no me siento completamente en el lugar en el que me encuentro; puesto que me voy a ir, ese lugar ya no me pertenece ni tiene nada que ver conmigo. Y eso me pone nerviosa, triste y preocupada. Esto es lo que me está a empezando a pasar por mi piso. Y se me cura cuando ya me he ido. 

La segunda es el corazón frío. Literalmente me enfrío por dentro, aunque fuera haga calor. Me ha llegado a pasar en septiembre con todo el mundo en tirantes y yo con el batín y mantas por encima. No era fiebre ni resfriado; sólo frío y una tristeza infinita. Hay varias curas que funcionan, pero la que mejor resultado me ha dado hasta ahora es una taza de té bien caliente, un abrazo si lo hay disponible, y esperar con paciencia a que el frío y la desazón se vayan por donde han venido. 

La tercera es la apatía cancerígena. Cancerígena porque la apatía, una vez que empieza, no para de reproducirse hasta apoderarse de mí. Esta es la que más detesto y la que más me aterra. Contra la que lucho muchas mañanas, aunque de vez en cuando me da un respiro y tengo temporadas buenas. Los últimos cuatro meses estuve limpia. Y es lo más cerca de la felicidad perpetua que soy capaz de alcanzar.

Hasta ahora. Empieza con algo sin importancia, con no maquillarme. Ya me conocen, ya me respetan, ya no es importante. Otro día me levanto algo más tarde, asumiendo ya que no me pienso maquillar y a menudo no llegando a desayunar, lo que implica comprarme algo ultracalórico y malsano en la estación. Continúa con dejar de tomar café, esperar más tiempo del que debería en la cama, no querer irme a dormir y termina con volver a casa, comer y plantar el culo delante del ordenador sin hacer absolutamente nada. 

Un día me miro en el espejo, no reconozco la cara todavía más oronda que me mira desde él, no puedo tener el pelo más sucio y me he quedado sin ropa limpia. Y es ahí donde suelo darme cuenta de que he tocado fondo. 

Esta es una enfermedad de malas costumbres y como el gran Mark Twain dijo, "Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño". Así que aquí me encuentro, sacando a la apatía de mi casa peldaño a peldaño. Por lo pronto hoy he conseguido sacarlo del felpudo del piso después de poner y tender una lavadora, lavarme el pelo y dejar en orden la cocina. Mañana ya veremos. El maquillaje tendrá que esperar al lunes porque a las seis de la mañana no estoy yo para potingues. 

Y si siento la necesidad de escribir esta sarta de gilipolleces (aunque si a eso vamos, ¿cuánto de lo que se ha escrito y se escribirá es realmente necesario?), es en parte porque la causa primera de mis tres patologías no es otra que la soledad intermitente a la que me veo abocada en determinadas circunstancias. Todos estamos solos siempre, eso es una verdad como un castillo y tengo ganas de escribir sobre el tema. Pero por suerte la mayor parte del tiempo no nos damos cuenta. Y sentía la necesidad de escribirlo porque escribiendo aquí me siento un poquito menos sola. Al menos hasta el viernes, cuando se alineen los planetas y Cristo y Naia aprueben el C1 y vuelva a quedar con mi tándem y haya comprado los billetes de avión. Y tal vez hasta que la primavera se decida de una vez a quedarse por aquí, porque aunque asoma la nariz, se esconde enseguida tras una cortina de lluvia. Y ay, la lluvia me enfría tanto… 

(por favor no me odiéis por este post…)

domingo, 27 de abril de 2014

Del viaje de vuelta o la guía de retorno para principiantes

Gracias a la generosidad *sarcasmo* del aeropuerto Charles de Gaulle, dispongo de unos diez minutos para escribir una entrada. Una entrada que no he planeado con antelación *música dramática*. La cosa promete… Vamos a ello.

En efecto, ya estoy a medio camino entre mi casa y mi casa. En París. Para no ver París. Es algo que me enfada sobremanera, tanto como el haber estado cinco veces en Palma de Mallorca y ninguna fuera del aeropuerto. Y el tono un punto más sarcástico de lo que me suelo permitir es un escudo muy malo (flojísimo, se oxida y se rompe de mirarlo) contra la nostalgia, porque estoy aguantándome las ganas de soltar un par de lagrimitas por no ver a mi sobrino.

Llamadme tonta, pero no sabía que lo iba a querer tanto. Ya tengo sobrinos postizos, pensé que la cosa no cambiaría mucho. Pero al reconocer algunos gestos de mi hermana en el peque e incluso a veces encontrar semejanza entre él y mi yo de bebé hace que babee a niveles insospechados. Mañana voy a tener agujetas de tanto tenerlo en brazos y darle besos, pero vale la pena. Suspiro. Esta es mi vida y de su sentido o de la falta de él, según el día, ya iré hablando. Volvamos a la terminal 2F de París.

Algún día escribiré también de las hermanas Pacheco, que me gustan mucho, pero sobre todo de Carmen, culpable de que utilice el gel de ducha Neutro Balance y de que enloqueciera por los Nestlé Cheesecake y de que me enganchara a Girls. Por lo pronto, hoy os enlazo a una entrada que hoy me viene al pelo. No tengo a nadie a quien llevarle recuerdos, así que me centraré en el otro punto interesante: las ganas de volver.

La gran Carmen sugiere que si, como yo, no se tienen ganas de volver, hay que inventárselas y hacer planes. Yo a Carmen la admiro y respeto mucho y sólo por eso lo voy a intentar… Porque ni de intentarlo hay ganas, que conste.

Volver tiene, no lo negaré, cosas buenas que me gustan mucho. Así a bote pronto se me ocurren mis compañeras de piso, mis doscientos cuarenta y ocho alumnos, el Staden y una escapada que tengo prevista a Heidelberg (buscad fotos de la ciudad y flipad), las presentaciones de la Klasse 10 (de esto hablaremos otro día), libros que regalar, tal vez quedar para café con mis niños mayores, volver a quedar con mi tándem (la cual espero que me mande un WhatsApp porque he perdido el número… larga historia), el chocolate barato, lo genial que es el pueblo alemán en general, el Peace Kebab, mi intimidad (tal vez esto debería ir al principio de la lista), y con suerte, buscarme piso para el año que viene si me vuelven a dar la beca (lectores creyentes: rezad).

Sí, ya me siento un poco mejor :). Sólo me queda esperar y tener paciencia...

lunes, 21 de abril de 2014

Del Liebster Award

Reconozco que yo siempre he mirado esto de los premios de los blogs con cierto recelo y jamás me han hecho especial gracia, pero creo que era porque nunca me habían nominado a uno :) En la última entrada Dorotea Hyde me ha nominado para un Liebster Award y ché, me ha hecho ilusión: muchísimas gracias.


Las reglas para obtener el premio son las siguientes:

-  Seguir al blog que te nominó (desde aquí elimino ese requisito: yo leo diariamente varios blogs de los cuales no soy seguidora públicamente. ¿Y?)
-  Responder a las 11 preguntas o escribir 11 cosas sobre ti, según lo que te pida el blogger.
-  Nominar otros 5, 11 o 20 blogs con menos de 200 seguidores y notificárselo.
-  Plantear 11 nuevas preguntas.

Y sin más dilación, paso a responder las preguntas de Dorotea:

1. ¿Por qué decidiste crear tu blog?
Llevo escribiendo blogs desde 2005. A veces me canso de uno o dejo de sentirme identificada y empiezo uno nuevo. Un poco como con los diarios cuando era pequeña: si me cansaba del cuaderno, empezaba otro. Así me va. En cuanto a por qué empecé a escribir blogs en general… porque me gusta escribir y me gusta practicar, porque esto me sale más barato que un psicoanalista y porque los blogs son el consuelo de los escritores frustrados y por egocentrismo. Sí. Queda mal decirlo, pero peco un pelín de egocéntrica.

2. ¿Piensas en tus entradas mientras haces otras cosas?
Siempre. Cuando voy por la calle, cuando doy clase y tengo un momento, en la ducha, en el retrete… (vale, comentar esto último no era necesario). De hecho, suelo escribir mis entradas mentalmente en mi cabeza varias veces antes de que vean la luz aquí. Ésta la vengo rumiando desde que leí el comentario de Dorotea… Hace más de una semana.

3. ¿Escribes con música o sin música? Si escribes con música, ¿qué sueles escuchar?
Según, pero me gusta escribir con música. O con algo de fondo. Ahora mismo tengo esta canción. En cuanto al tipo de música, depende. Normalmente escucho la canción que esté quemando en ese momento (hits de la radio y tal). Si enlazo alguna canción en las entradas, podéis estar seguros de que la he estado escuchando una y otra vez mientras escribía. Y me suelo poner alguna de las listas de reproducción que tengo. Pop y clásica principalmente. Sin embargo, tengo dos fijas que me ayudaron con mi "bloqueo del escritor" hace unos meses: música de Bollywood y esto

4. ¿Frío o calor?
Con la ropa adecuada y en el lugar apropiado, ambos están bien. Sería de frío de día y de calor por las noches.

5. Una adaptación literaria al cine que te haya defraudado.
¿Sólo una? Tengo miles. Pero una de las que más me ha dolido es sin duda La historia interminable. Lo único salvable es la banda sonora. Aunque creo que si hubiera visto El gran Gatsby, ésta encabezaría la lista. Si Fitzgerald levantara la cabeza

6. Poesía, novela, teatro… ¿Qué prefieres? ¿Alguna recomendación?
Las tres, pero el mercado dicta un poco los gustos así que obviamente lo que más leo es novela. No obstante, como hermana de una filóloga, he tenido el placer de leer auténticas joyas. Aquí van mis recomendaciones. De poesía, indudablemente Pedro Salinas y La voz a ti debida. En mi opinión los mejores poemas escritos en español. De novela, Caperucita en Manhattan de Carmen Martin Gaite, uno de mis libros preferidos. Tengo pendiente hablar de él. Y de teatro recomiendo dos: Trescientos millones, de Roberto Arlt (si alguien encuentra una edición impresa de esta obra que contacte conmigo; pago lo que sea) y Nina, de José Ramón Fernández, un autor contemporáneo del cual mi hermana escribe la tesis. Al final de esa obra aparece una de mis frases preferidas.

7. ¿Qué "pecados literarios" ocultos tienes?
Jejeje, yo nací en 1990: fui fan de Crepúsculo en sus comienzos. Es más, tengo los dos primeros libros firmados por Stephenie Meyer. Aparte de eso, creo que leo cosas bastante normales y respetables. 

8. Una serie de televisión que todos deberíamos ver.
Friends. La única e irrepetible. No aceptéis imitaciones. Incluso aquellos que no son de sitcoms deberían verla, porque esas diez temporadas marcaron un antes y un después en la historia de la televisión y se les ha hecho referencia (por no decir plagio) en mil series posteriores a ella. 

9. Si pudieras viajar en el tiempo, ¿mantendrías las manos quietas o sería más fuerte la tentación de cambiar algo?
Primero tendría que pensar a dónde ir y, por extraño que parezca, la verdad es que yo dejaría la historia bastante en paz. Volvería al pasado para pedirle a Sándor Márai que no se suicidara, me tomaría un café con Napoleón (me cae bien, no preguntéis por qué), un té con Jane Austen (mira, quizá salvaría a su amor), intentaría inspirarle algún poema a Walt Whitman y… sí, básicamente daría rienda suelta a mi vena fan y me dedicaría a conocer a todos los artistas y personajes históricos muertos que admiro. Siento la tentación de evitar el nacimiento de Hitler o Franco o alguno de estos, pero francamente: de no haber sido ellos, habrían sido otros. Y a saber si no hubieran sido peores. 

10. ¿Podrías vivir sin móvil e internet durante un mes?
De vacaciones, en la compañía adecuada… Sí, tal vez. Pero tal y como es mi vida en estos momentos me sería imposible. Odio admitirlo porque estoy reconociendo que dependo de la tecnología, pero espero poder desengancharme un poco en el futuro.


11. ¿Cuándo fue la última vez que te relajaste mirando un atardecer? ¿Dónde?
Ni me acuerdo, la verdad. Tal vez en el Staden en Saarbrücken, con May, en alguna tarde de marzo. Soy más de amaneceres y uno que recuerdo como si fuera ayer fue el día en que cumplí 18 años, en Athlone, una ciudad del centro de Irlanda. Ese día estrené la mayoría de edad madrugando y vi un amanecer precioso por la ventana. Tenía toda mi vida adulta por delante y me perdí en ese pequeño momento de felicidad.

En cuanto a mis blogs nominados, pues a ver…






Me consta que al menos uno de los cinco blogs nominados ya ha recibido un Liebster Award, pero se puede recibir más veces. Estas son las preguntas que tendrán que responder:

1. Todos empezamos nuestro blog por distintas razones. Pero… ¿por qué continúas con él?
2. ¿Por qué razón dejarías de escribir tu blog?
3. ¿Cuál es tu truco para aguantar bien el día?
4. ¿Qué tres cosas te llevarías a una isla desierta?
5. ¿Qué libro de tu infancia crees que te ha marcado más?
6. ¿A qué personaje histórico te gustaría conocer?
7. Si pudieras ser un animal, ¿cuál elegirías?
8. ¿Escribes fuera de tu blog?
9. Si pudieras tener algún superpoder, ¿cuál elegirías?
10. ¿Cuál es tu juego favorito? (De mesa, videojuego, de ordenador, de patio del recreo, me da igual)
11. ¿Qué lugar del mundo necesitas conocer imperiosamente antes de morir?

Ea, ahí queda eso. Espero que a los nominados les pique el gusanillo y lo hagan.

Por lo demás, las vacaciones hasta ahora están siendo tranquilas. Mi sobrino está más guapo cada día que pasa, me podría pasar el día entero mirándolo. Y mi hermana está estupendamente también. Muerta de sueño, eso sí. Y esta noche viajo a Granada y en cuanto me quiera dar cuenta estaré de vuelta con mis niños. Ay Tiempo… 

lunes, 7 de abril de 2014

De la Contadora de Estrellas y la Estrella Fugaz

Esta historia empieza con una noche estrellada. (Sugerencia de música para leer este post.)


A mí me encantan las estrellas.  No creo en dios, pero las estrellas son lo más cercano a la eternidad que soy capaz de entender. Mi relación con ellas es complicada; me fascinan desde una excursión al planetario cuando tenía nueve años. En Internet uno de mis nicks más usados es "Merak", cuando no "Merak-Dubhe": dos estrellas de la Osa Mayor con las cuales se puede localizar la Estrella Polar si se mide la distancia entre ellas en línea recta cinco veces. Mi guía. Mi brújula. 

A menudo me quedo quieta en algún lugar por las noches mirando las estrellas brillar. A veces casi las escucho murmurar mientras titilan incesantemente en el mar oscuro del cielo. Cuando estoy triste, cuando estoy alegre, ellas han estado conmigo. Y como buena noctámbula que soy, me han acompañado muchísimas veces durante mis noches en vela. 

Una de esas noches que no tenía nada de especial, vi una estrella fugaz en el cielo. Cerré los ojos y pensé en lo primero que se me ocurrió. "Fuerza", pensé, "para enfrentar todo lo que la vida me traiga". Aún con este deseo besándome los labios, vi otra estrella más. "Serenidad para mi madre", supliqué en silencio. Este deseo era más difícil. 

Y vi otra estrella más. "Un bebé para R."

Mi hermana llevaba meses intentando quedarse embarazada y parecía que no había manera. Me negaba a rezar por ello -aunque no a pedirles a amigos míos creyentes que dedicaran un padrenuestro a la causa-, pero quería un milagro. 

No sé si soy fuerte y dudo que mi madre haya gozado de serenidad durante estos meses. Pero unos días después, R. me decía por WhatsApp que le dolía el pecho y que a ella nunca le dolía. Y que era un síntoma de embarazo. Que si se hacía la prueba o no. No era la primera vez y ninguna de las dos quería albergar grandes esperanzas, pero la bruja que hay en mí se regocijaba en silencio: esta vez sí, Cristina. Esta vez sí. 

Acababa de volver yo de mi viaje a Lublin cargada con dos botellas de vodka polaco cuando empezaron a llover las Perseidas. No me las suelo perder ni un año y el verano pasado las vi en casa de mi hermana, en pleno campo. Ella no se quedó mucho levantada, pero mi cuñado y yo nos quedamos degustando las dos botellitas de Wyborowa y mirando al cielo.

Mi cuñado es un hombre de pocas palabras. Un hombre de los que Mustang suele adorar. Pero ahí, compartiendo el vodka como camaradas, los dos pensando en lo mismo, las palabras fluyeron. No recuerdo qué me dijo, creo que todavía estaba digiriendo la noticia. Pero por primera vez lo escuché ilusionado y eso es algo muy bonito.

Tras un par de semanas en casa recopilando mis libros de cuentos preferidos, yo vine a Alemania y mi hermana siguió engordando. A finales de noviembre sabíamos ya que iba a ser un niño; compré un montón de chocolatinas para mis alumnos para festejarlo. Un niño con nombre, porque para la niña había debate. Pero el niño estaba destinado a tener un nombre de evangelista, en la segunda lengua materna de sus padres. Un nombre corto pero con fuerza. 

Anoche, de nuevo las estrellas hicieron su mágica aparición en esta historia. Mi madre se fue corriendo del Skype y yo no pude dormir. Por un momento parecía que iba a ser una falsa alarma. Pero las estrellas no me han mentido nunca. Y esta mañana, bien temprano, mi sobrino trajo al sol consigo. En más de un sentido. ¿Acaso no es el Sol la estrella más brillante? 

Cuento las horas para conocerlo y contar sus deditos y oler su piel y comérmelo a besos. Pero sobre todo tengo ganas de que el cachorrillo se vaya haciendo mayor para poder contarle esta historia.

De cómo una Estrella me concedió un deseo y de cómo nuestra vida no volvió a ser igual. 

Imagen: Rick Scott and Joe Orman

PD: debajo de este post hay otro nuevo. Que estaba inspirada yo hoy.