lunes, 4 de noviembre de 2013

De octubre

Los primeros días que pasé en Saarland, como ya he comentado, los pasé con Sarah. Después pude instalarme al fin en mi piso, un lugar enorme, tétrico y barato que comparto con cientos de muñecas y alguna foto de mis caseros. Y hasta ayer, con Cristo. 

No toda la gente que vive junta son amigos. No todos los amigos saben vivir juntos. La mayoría de las veces es encontrarte con las circunstancias y trabajar con lo que hay. Los pisos compartidos son el paradigma del contrato social al que el ser humano está sujeto desde que llega al mundo. Y no siempre se sale bien parado. De ahí mi sorpresa al observar cómo el nudo de la garganta iba enredándose más y más según se acercaba el domingo -ayer- en el que Cristo se iría de mi piso para, por fin, empezar su vida en Saarbrücken.

Qué le vamos a hacer. Yo soy muy madre y él muy achuchable. Y aunque lo vaya a ver cuatro veces a la semana, echo de menos las botellas de vino que nunca superaban los tres euros (que no estamos para derrochar, señores) y las conversaciones eternas en el sofá. Y ahora estoy sola en el piso muerta de asco.

Bueno, muerta de asco no. Por fin se han acabado las vacaciones de otoño y vuelvo a trabajar. Tengo ganas de escribir de mis chicos, son listísimos todos. Algunos lo son tanto que se niegan a aprender con un "No entiendo", pero son niños. Con catorce años yo tampoco atendía a razones. Aun así les he cogido a todos mucho cariño y eso que solo llevo un mes con ellos.

Además, mis jefes son amor y en los institutos no saben qué hacerse conmigo. Es un gusto ir a trabajar y ponerse a hablar con éste y con aquélla y que se interesen en que enseñe un poco de catalán a los chavales. Cada profesor tiene su método y precisamente por eso aprendo muchísimo aquí. 

Ya hemos empezado el curso de alemán para extranjeros, a un horario horripilante para este país. Tanto es así, que voy a tener que salir casi media hora antes de la clase para poder volver a mi casa. Bueno. Hay cosas peores. El profesor del jueves es un machista y un homófobo, pero incluso en un país cívico, amable, moderno y respetuoso como Alemania de vez en cuando se puede encontrar uno manzanas podridas.

Naia ha vuelto de sus vacaciones. Se reanudan las clases. Cristo ya no está aquí para asustarme diciendo que el autobús ya está llegando. Estamos a día 4 (más de mes y medio aquí) y todavía no hemos cobrado ni cobraremos hasta el 13. Pasta y arroz y demos gracias por ello. Y también doy gracias por mis niños porque me levantan el ánimo y le dan un poco de sentido a mi vida. Y a Naia y a Cristo y a Sarah y a Philipp por crearme recuerdos geniales en tan solo un mes. Y a mi madre por no protestar cuando le pido más dinero. 

Tras esta breve pausa, dejemos que el mundo siga girando. Pero con suerte, ya he vuelto para quedarme.

2 comentarios:

  1. Me alegro que tu adaptación esté siendo buena. Aunque me parece que ya tienes bastante experiencia, a juzgar por tus anteriores viajes, en este tipo de procesos.

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  2. Hola, y perdona el retraso por responder. Pues sí, es una montaña rusa: subir y bajar hasta que la cosa se calma. Con el tiempo he aprendido que ni la subida ni la bajada dura mucho, así que es mejor mantener la perspectiva. Pero me encanta ser dramática (lo vivo y lo gozo), así que no puedo evitar echarle un poco de teatro al asunto de vez en cuando. Un abrazo,

    Cristina

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!