lunes, 11 de noviembre de 2013

De la calma tras la tormenta

Al día después de escribir la entrada anterior a esta, perdí la cartera con todo mi dinero en efectivo, documentación y tarjetas. Unido al gran cambio de no tener a mi cuerpi viviendo ya en mi piso, ha hecho que la última semana se haya convertido en un auténtico caos. 

Pero no hay mal que cien años dure. Ahora la situación está más estable: ya he recuperado el Semesterticket y una de las tarjetas. 

En cuanto al trabajo, hoy no podía haber ido mejor. Tengo doce clases: once son fantásticas y una es un poco... complicada. Los tengo todos los lunes y no sé qué hacer con ellos. Me ponen triste. Son listísimos pero no quieren hacer nada. Y aunque son así con todos los profes, no solo conmigo, me pone de mal humor. 

Bueno, pues el mileniarismo debe de estar muy cerca, porque hoy la Klasse 9 se ha portado bien. He tenido que ser toda una bruja para conseguirlo, eso sí, pero he conseguido que practiquen cómo se dicen las fechas y al final hasta he podido jugar al tabú con ellos. Hablando del Tabú, bien podría llamarse "San Miguel": donde va, triunfa. A todas mis clases les encanta jugar. 

Ahora puedo pensar. Hoy que no he tenido marrones. Hoy que me siento económicamente segura. Hoy que he trabajado bien y me he divertido es el momento de meditar en frío. Y no solo por la temperatura, que ya ha alcanzado el 1ºC en Neunkirchen. 

Necesito mudarme.

Dejemos a un lado lo obvio, que mis amigos estén en la capital. Dejemos a un lado lo segundo más obvio, que Neunkirchen es aburrido de narices. Hasta cierto punto podría darme igual. No tengo muchos problemas para vivir sola y Torrent, la ciudad donde vivo en España, es bastante aburrida. Eso me da igual. 

Pero estar aislada me agobia. No poder salir a las seis de la tarde porque no hay muchos buses y no compensa salir me agobia. No tener ni una tienda, ni una calle llena de gente ni nada cerca de mi casa me agobia. No poder ir a pie a ningún sitio salvo a trabajar me agobia. Y me hace entristecerme. Y estoy muy harta de estar triste. 

Querer es poder excepto cuando no se puede. Por eso no voy a precipitarme. Lo primero es hablar con mi jefa por si puedo irme antes del piso. Y lo segundo, buscar. Y sé por experiencia ajena que no es fácil. 

Pero jolín, sentir que si te murieras de golpe en mitad de la calle nadie encontraría tu cadáver hasta la mañana siguiente tampoco lo es. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

De octubre

Los primeros días que pasé en Saarland, como ya he comentado, los pasé con Sarah. Después pude instalarme al fin en mi piso, un lugar enorme, tétrico y barato que comparto con cientos de muñecas y alguna foto de mis caseros. Y hasta ayer, con Cristo. 

No toda la gente que vive junta son amigos. No todos los amigos saben vivir juntos. La mayoría de las veces es encontrarte con las circunstancias y trabajar con lo que hay. Los pisos compartidos son el paradigma del contrato social al que el ser humano está sujeto desde que llega al mundo. Y no siempre se sale bien parado. De ahí mi sorpresa al observar cómo el nudo de la garganta iba enredándose más y más según se acercaba el domingo -ayer- en el que Cristo se iría de mi piso para, por fin, empezar su vida en Saarbrücken.

Qué le vamos a hacer. Yo soy muy madre y él muy achuchable. Y aunque lo vaya a ver cuatro veces a la semana, echo de menos las botellas de vino que nunca superaban los tres euros (que no estamos para derrochar, señores) y las conversaciones eternas en el sofá. Y ahora estoy sola en el piso muerta de asco.

Bueno, muerta de asco no. Por fin se han acabado las vacaciones de otoño y vuelvo a trabajar. Tengo ganas de escribir de mis chicos, son listísimos todos. Algunos lo son tanto que se niegan a aprender con un "No entiendo", pero son niños. Con catorce años yo tampoco atendía a razones. Aun así les he cogido a todos mucho cariño y eso que solo llevo un mes con ellos.

Además, mis jefes son amor y en los institutos no saben qué hacerse conmigo. Es un gusto ir a trabajar y ponerse a hablar con éste y con aquélla y que se interesen en que enseñe un poco de catalán a los chavales. Cada profesor tiene su método y precisamente por eso aprendo muchísimo aquí. 

Ya hemos empezado el curso de alemán para extranjeros, a un horario horripilante para este país. Tanto es así, que voy a tener que salir casi media hora antes de la clase para poder volver a mi casa. Bueno. Hay cosas peores. El profesor del jueves es un machista y un homófobo, pero incluso en un país cívico, amable, moderno y respetuoso como Alemania de vez en cuando se puede encontrar uno manzanas podridas.

Naia ha vuelto de sus vacaciones. Se reanudan las clases. Cristo ya no está aquí para asustarme diciendo que el autobús ya está llegando. Estamos a día 4 (más de mes y medio aquí) y todavía no hemos cobrado ni cobraremos hasta el 13. Pasta y arroz y demos gracias por ello. Y también doy gracias por mis niños porque me levantan el ánimo y le dan un poco de sentido a mi vida. Y a Naia y a Cristo y a Sarah y a Philipp por crearme recuerdos geniales en tan solo un mes. Y a mi madre por no protestar cuando le pido más dinero. 

Tras esta breve pausa, dejemos que el mundo siga girando. Pero con suerte, ya he vuelto para quedarme.