jueves, 10 de octubre de 2013

De cuando no llego a todo

Quienes me conocen no tienen ninguna duda de que soy una vaga vocacional. Gozo del dolce far niente, pero además mi vagancia a menudo alcanza niveles pecaminosos. De esos que me condenarían al infierno por pereza extrema. 

Sin embargo, detesto no llegar a todo lo que quiero hacer cuando de verdad me apetece.

No trabajo muchas horas a la semana, la verdad; solo doce. Pero ya estoy empezando a preparar clases, algo tan divertido como cansado. De momento tengo a un adorable huésped en mi piso, al que me acabo de mudar, y entre cosas y otras no me llega el tiempo para hacer todo lo que quiero. Y me da rabia.

Entre las cosas que estoy dejando más de lado se incluyen dos muy importantes para mí: escribir y hablar con mis amigos. 

Y ya no me refiero a escribir en el blog, sino de verdad. Escribir un poco para Aeris y hablar con ella. Tener un rato de tranquilidad para escribir. Tampoco tengo tiempo de leer, claro. Y el colmo ha llegado esta noche.

Tengo a Cristo en casa. Él mañana no trabaja, así que quería ver una peli con él, ya que yo tampoco entro muy temprano mañana. Pero había quedado para hablar con M., con el que no hablaba desde... ¿agosto? Así que tuvo que esperar. Luego, claro, tuve que llamar a mi madre, que al final no ha podido escuchar nada de lo que le he dicho (gracias, Skype, de verdad). Ya puestos, he aprovechado para reconciliarme con MD, porque la tuve con ella hace un par de semanas. Y para cuando he vuelto al salón, cerveza en mano, Cristo ya estaba durmiendo plácidamente. No lo culpo; se ha levantado hora y media antes que yo. 

Es lo que tiene llevar horario alemán. Las tiendas están cerradas cuando puedes ir y los autobuses no parecen entender que te faltan horas para todo lo que quieres hacer. Las tecnologías te fallan cuando las necesitas y olvídate por ahora de tener un horario normal para hablar con la gente, leer lo que te gusta, ver alguna película, hacer vida social real y llegar a todo con el trabajo. Y divina, además. Porque solo soy cinco años más mayor que mis estudiantes más mayores y tengo que aparentar edad a base de rímel y pintalabios. Y todo eso no sólo lleva tiempo, sino que cansa. 

Me da rabia, lo confieso, porque ahora que tengo ganas de hacer cosas me voy a quedar con eso, con las ganas. Por fin he podido leer lo que me mandó Aeris y ahora haré la carpeta de Dropbox que prometí hace un par de días para compartir materiales para clase. Y con eso me retiraré a dormir. 

"Ya te hartarás de tener tiempo", dice esa voz en mi cabeza tan amable y sabia que de vez en cuando hace acto de presencia. Llegarán los días en los que ya no haya novedades ni niños de 15 años preguntándote si tienes novio y tengas tiempo de sobra para aburrirte de verdad delante de la tele o el ordenador. Ya te hartarás de volver a la vida de siempre; tranquila que llegará. Pero ahora...

...ahora cada día es diferente. Cada día hago cosas nuevas y conozco a gente distinta. Cada día la vida me desafía y me premia y me alienta. Cada día se me hace largo de puro intenso. Más me vale gozarlo mucho y apreciarlo como se merece, porque la rutina no tardará en llegar y entonces añoraré estos días en los que no llego a todo y parece que tenga complejo de Conejo Blanco del País de las Maravillas. 

Si me disculpáis, ¡¡llego tarde!!