domingo, 18 de agosto de 2013

Del profesor perfecto o cómo quiero ser de mayor

Aquí empiezan las buenas noticias. El penúltimo día que pasé en Varsovia antes de volver a España recibí un mensaje del Ministerio de Educación ofreciéndome una vacante para trabajar como auxiliar de conversación en Alemania este año. Para quien no sepa de qué va todo ese rollo, le sugiero que empiece por aquí. En Neunkirchen, Saarland. De los detalles ya hablaré en futuras entradas, pero dado que voy a trabajar como ayudante de profesora, durante las últimas semanas no he dejado de pensar en cómo lo haré. Inevitablemente han venido a la mente los cuatro mejores profesores que he tenido y que, si bien no han sido perfectos, entre todos compondrían una amalgama de virtudes muy interesante. Sea esta entrada mi humilde homenaje (los menciono por orden de aparición en mi vida).

Mi hermana Rosi
Profesora de lengua y literatura. Y si hace falta, de filosofía, latín y lo que se tercie. A la pobre nunca le he dado demasiadas ocasiones para darme clase formalmente, pero su mayor cualidad como profesora es una paciencia infinita. ¿No lo entiendes? Pues otra vez. Y de forma diferente. He visto a pocos docentes ponerle tantísimo empeño en buscar nuevas maneras de hacerse entender. La he visto corregir redacciones fin de semana sí, fin de semana también, con tal de que sus alumnos escribieran y aprendieran un mínimo. La he visto tener fe en gente con la que muchos ya habían tirado la toalla. Tal vez haya muchas heroínas y héroes como ella, pero ella es la mía. 

M. 
Profesor de polaco. De bases sólidas y firmes, enormes cantidades de deberes y exámenes dos veces al mes. De los que hace sus propios apuntes porque el libro "es gilipollas", de los que te hace el examen cuando quieras con tal de que lo hagas y apruebes, de los que se agacha debajo de la mesa para enseñarte el uso de las preposiciones. Y de los que desprende felicidad genuina cada vez que vas a clase y la contagia a todo el mundo. Paciente también. Pero este hombre sobre todo es encanto y entrega por su profesión. 

Vincent
Profesor de inglés. Lo suyo es de récord, porque sólo me dio clase cinco días, pero me bastaron para amarlo con locura. Estudia psicología y aplicó sus conocimientos sobre el tema durante todo el curso en la UIMP. Alabando siempre lo bien que lo hacíamos pero mostrándonos siempre con simpatía cómo hacerlo mejor. Y si osábamos a hablar en español, su persuasiva pistola de agua hacía su aparición. Me demostró que era capaz de hacer cosas y disfrutarlas en un momento en que necesitaba recordarlo. Su capacidad de inspirar es probablemente lo que más añoro. 

Pani Iga
Profesora de conversación en polaco. Lo suyo era demostrar que el tópico de aprender jugando es cierto. Por buenísimas razones: un juego siempre es sobre ganar y perder. Y mientras te concentras en jugar, no prestas tanta atención a tus errores y desdramatizas un poco el proceso de aprendizaje. Pani Iga es también la prueba viva de que aprender es sobre todo una cuestión de alegría y fiesta continua: siempre sonreía y reía y jugaba con nosotros (aunque se nos olvidaba repartirle cartas). De hecho, no puedo recordar ningún momento de pani Iga en el que estuviera seria. Quiero comprarme el Dixit...

A los dos primeros los conozco en el ámbito privado y quizá por eso sea precipitado afirmar lo siguiente: todos van ser unos papás y unas mamás geniales. Más aún, creo que si un profesor no te ha hecho desear que fuera tu padre o hermano, no es buen profesor. Tengo muchísima suerte de que mi hermana sea mi hermana, pero he deseado millones de veces que los otros tres y quizá alguna otra notable excepción formaran parte de mi familia. 

Enseñar, a fin de cuentas, es más que una profesión o que un servicio. Si se hace bien, es un acto de amor. Hay pocas cosas que se puedan hacer por alguien más bellas que mostrarle el universo y dotarle de conocimiento. Los buenos profesores hacen eso cada día. Y se les reconoce muy poco mérito. A los tres últimos les he dicho en algún momento que no es fácil enseñarme a mí, porque yo me aburro y no presto atención. En serio: me entretengo con una mosca. Pero todos ellos me han mantenido alerta, despierta y curiosa durante todas sus clases. Espero llegar a ser algún día la mitad de buena que ellos. 

Así pues, ya me veo armada de paciencia debajo de una mesa con una pistola de agua y jugando con los Story Cubes. Voy a causar sensación en Alemania, de eso no me cabe duda. 

3 comentarios:

  1. ¡Cachis!
    Un familiar docente hubiese necesitado yo en su momento para no echarme a perder...
    Y estoy totalmente de acuerdo contigo. La persona que ejerza la enseñanza en cualquier ámbito debe, al menos, disfrutar con su trabajo. Y si encima le entusiasma el tema tratado hará todo lo posible, y también lo imposible, en darlo a conocer al mundo entero para compartir su pasión.

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    1. Y, por cierto, ¡¡felicidades por el trabajo!! Y mucha suerte.

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    2. A eso estaba esperando yo, a las felicitaciones :P. Broma.

      A ver qué tal se me da ^^. Tengo muchas ganas, la verdad. Ya estoy pensando en el día en que les lleve tortilla de patata a clase y les enseñe las Fallas y cosas así. Todo será que luego me toque hacer cosas aburridas... Pero espero que no.

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!