viernes, 23 de agosto de 2013

De un día hace veintitrés años

Pues sí. Hace hoy veintitrés años que obligué a mi madre a pasarse el día encerrada en una institución diabólica con comida que sabe a lejía, gente fría y estúpida (David, perdóname) y con mi abuela. Bueno, a mi abuela la podríamos haber incluido en su día en la categoría de "fría". Gélida. Como el iceberg que hundió el Titanic.

El caso. Que hace veintitrés años que, sin que me buscaran ni llamaran, en un jueves caluroso de narices, vine al mundo. Sigo buscando la puerta de salida, porque creo que no me convence.

Carlos solía decir que él se guiaba por tres calendarios: el ordinario, el biológico y el escolar. Yo hago lo mismo. Y en cada nuevo comienzo, nuevos propósitos, reflexiones y exámenes de conciencia. Vamos, que lo que la mayoría de la gente hace solo en Nochevieja, yo lo hago tres veces al año. Aunque creo que somos muchos los que lo hacemos, solo que en Nochevieja queda bien y el resto del año no está tan bien visto. "Este año de verdad que estudiaré más" "Eso no te lo crees ni tú. ¿Hacen unas tapas?" Y claro que hacen. Y por supuesto que no estudias más, ¿pero por qué me quitan la ilusión? Pues con los cumpleaños... Ah, no. Estas me las guardo. Mis deseos de tarta siempre han sido bastante patéticos. Aunque por lo visto todo es cuestión de paciencia: entre los veintidós y los veintitrés se cumplió un deseo que pedí a los trece. Así que, si los cálculos no fallan, a los veinticinco seré rica.

En lo referente a mis cumpleaños, sufro un mal bastante común, que es el de los cumpleaños veraniegos. Si me lee alguna pareja que esté intentando concebir: por favor, usad condón entre septiembre y diciembre. Nacer en verano es horrible y cualquier niño lo entiende: no puedes celebrar tu cumpleaños en el cole. Ergo, eres el único raro que no lleva caramelos. Tengo una hipótesis: el acoso escolar se incrementa en los niños nacidos en verano. Y frikis, vale. Pero pongamos por ejemplo mi círculo cercano de amigos, todos frikis: tres chicas, dos chicos. Los chicos, orgullosos Capricornio, tuvieron una infancia sin percances escolares. Las chicas, una Leo y dos Libras (finales de septiembre-uno de octubre), han tenido problemas. Todas. Queridos anónimos: si nacisteis en otoño, invierno o primavera y las pasasteis putas canutas en el cole (o al contrario, nacisteis en verano y partíais el bacalao en el recreo), por favor, hacédmelo saber para que deje de decir tonterías. Gracias.

Pero he observado un fenómeno extraño: en año bisiesto mis cumpleaños son geniales y me pillan en el extranjero. Cumplí los 18 en Athlone, Irlanda, donde estaba haciendo un curso de inglés. Nora, mi mamá irlandesa, nos llevó a Camila y a mí a comer y me regaló una cruz celta de plata que guardo con mucho cariño. Vi amanecer por la ventana y pusieron una película de mi infancia en la tele. Y me perdí los juegos de Pekín. Cumplí los 22 en Varsovia, también por un curso. De polaco, claro. No le dije a nadie que era mi cumple; de hecho, M. me felicitó un día antes. Pero fue un cumple genial porque me limité a hacer lo que quise: di un paseo por el centro, me regalé un trozo de tarta y un café y lo celebré solita. Eso, claro está, antes de salir de marcha con M. y sus amigos. No salí hasta tarde porque madrugaba al día siguiente, pero estuvo muy bien. Y me perdí los juegos de Londres.

Así que, como comprenderéis, estoy que me muero de ganas por cumplir 26 y perderme los juegos de Río de Janeiro.

¿Y los veintitrés? Han empezado tranquilos, preparando mi propia tarta de cumpleaños. Luego, Marta me ha regalado este dibu tan, tan chulo de Úrsula. (Úrsula es la coprotagonista de Merak, el mundo bajo las estrellas. Una de esas historias que quiero escribir y nunca hago, sí). Yo me he autorregalado el Dixit. Y no tengo intención de celebrarlo. Quizá me esté volviendo una gruñona. Pero este año no tengo ganas de celebrarlo. Tal vez porque tengo ganas de que pase todo lo demás.

Quiero ir a Granada y ver a Marta y a Dámaso. Quiero encontrar piso en Neunkirchen y mudarme. Quiero dar clase. Quiero volver a Alemania y trabajar. Quiero ser la mejor auxiliar de conversación que ha pisado ese pueblo y hacerles tortilla de patata y croquetas. Y también quiero escribir y leer todo lo que no he escrito y leído este año, probar nuevos tipos de cerveza, salir mucho de fiesta y reírme mucho. Y volver a usar maquillaje, bitte. 


¿Qué es un cumpleaños sino un día? Los no-cumpleaños. Esos son los que deberían contar. Lewis Carroll lo sabía bien.


Y sí, queda terminantemente prohibido citarme esa frase cuando os felicite y os convenza de que vuestros cumples son importantes. Porque lo son. He dicho.

2 comentarios:

  1. Pues felicidades, aunque no seré yo el que te intente convencer de que los días señalados son los importantes. Nunca me lo parecieron.
    Y no tengas tanta prisa por ser mayor, a tu edad uno ya está en disposición de hacer lo que se proponga. Ahora puede que no te lo parezca, pero llegará un momento en que verás signos evidentes de vejez en tu persona y, a partir de ese día, dejarás de intentar correr sobre el tiempo para darte cuenta de que el tiempo corre sobre ti.
    A no ser que tengas los genes de Cher. Ayer vi su nuevo videoclip y me parece un caso evidente de pacto con el diablo.

    Saludos.

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    1. Muchas gracias. Ha sido un día raro y yo soy una ingrata. Por suerte ya pasó. Eso sí, la tarta me ha salido muy rica.

      Tranquilo, que el tiempo lleva corriendo sobre mí desde hace tres años. La veintena se me está pasando volando. Un beso!

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!