viernes, 30 de agosto de 2013

De lo que cuesta hablar y de la mala huésped

Empezaré confesando que estoy escribiendo esto después de ver un capítulo de Dexter. Concretamente el 1x08, el del psiquiatra. Y esta entrada es larguísima. Avisados quedáis. 

Hablamos muy poco. Parloteamos muchísimo, eso sí. Decimos muchas cosas. Hablamos del tiempo o preguntamos por la madre de nuestra vecina en el ascensor, comentamos las noticias -internacionales, nacionales, locales y familiares, sin importar el orden. Y sí, si se tiene la confianza suficiente se comparten cosas. Las buenas, las malas y las peores.

No sé nada de relaciones humanas, pero sí sé que uno solo se abre de forma completa y genuina ante sus iguales jerárquicos. Nadie se expone demasiado ante un superior: te hace vulnerable. Y por supuesto jamás expongas demasiado de ti ante un joven: algún día puede usarlo en tu contra. Dámaso y yo tenemos muy presentes las jerarquías en lo que a amistades se refiere y los derechos y privilegios que conlleva ser amigo directo, amigo de amigo, novio de amigo y nakama*. Así como hermanos, profesores, padres, padres de amigos (uf), amigos de tus amigos que ODIAS con toda tu alma... A veces está muy claro quiénes son tus superiores y jóvenes (especialmente si hablamos de una empresa, claro). Pero quiénes son tus iguales es un poco más difícil de definir. 

A mí, por ejemplo, me impone respeto la edad. Soy la pequeña de tres hermanas con las que me llevo 11 y 8 años respectivamente, siempre he sido la Pitufa. Adorada y mimada, pero siempre he sabido cuál era mi lugar: era el moco. Yo no tomaba las decisiones porque era pequeña. Eso siempre ha condicionado la relación que tengo con mis hermanas: no puedo decirles toda la verdad ni lo que pienso porque son mis hermanas mayores. Tú no le das consejos a tu hermana mayor. No le dices que está metiendo la pata hasta el fondo. No le dices que se está volviendo idiota y que reaccione. No. Eso es tarea de su hermana mayor. Y si no la tiene, de su madre o su padre. Y si no hay padre y la madre no se atreve a decirle nada... ¡pues que se la pegue! Pero definitivamente NO es tu tarea contradecir a tus mayores. 

Eso no quiere decir que considere iguales a todos mis coetáneos: las circunstancias cuentan. Yo no puedo entender a ciertas personas ni queriendo, ni espero que lo hagan conmigo. Y eso está bien. Y voy a remarcarlo, porque cuando te encuentras a alguien que no te gusta un pelo, tienes que respetarte y respetar a esa persona lo suficiente para aceptar que no os lleváis bien y que eso no es malo. Pero acéptalo rápido y respeta a tus enemigos desde el entendimiento. En este caso, del entender que no os entendéis. Si la otra persona hace lo mismo, podréis hasta tener amigos comunes sin discutir cada vez que os encontréis. 

Pero sí es cierto que por lo general no me gusta dar consejos a gente mayor que yo. A todos, como mínimo, los respeto. A otros los quiero. Y a algunos los admiro profundamente y los tomo como modelo a seguir. Cuidado con eso último. 

En cuanto a los jovencitos... Más bien debería decir "hermanos pequeños en potencia". He tenido a gente más mayor que yo que ha cuidado de mí y lo agradezco, y por eso sé que es genial tener a alguien más fuerte y mayor que tú para que te proteja para variar. Así que inmediatamente me autoproclamo hermana, cuando no mamá, de toda criatura más joven que yo pero no permito que cuiden de mí. Una notable excepción es Muffin, que hizo méritos con su té para curarme el frío interno y los males siendo tres añitos más peque.

Y volviendo al principio... A veces hay que hablar de verdad. A veces hay que enseñar un poco de uno mismo para que las relaciones fluyan. Lo que se suelen llamar conversaciones trascendentales, que a mí me encantan... Con mis iguales. Esto viene al caso de que yo parloteo mucho y muy bien en español y en mis dominios. Sácame de mi zona de confort y tendrás a una gigante de 23 años a la que no le pega nada abrazarse a sí misma nerviosa para darse algo de consuelo y confianza para hablar con extraños en lenguas extrañas. Si se ha conocido a mi versión cotorra, la versión muda choca muchísimo. 

Me vi en esas circunstancias con una persona mayor que yo, a la que admiro y que por razones obvias jerárquicamente la tengo por encima. Si yo fuera una persona realmente inteligente no me habría complicado la vida: tómate un par de cervezas y HABLA, POR DIOS. Yo opté por más mutismo. Y creedme, es doloroso ver a una persona a la que aprecias tanto preguntarte cosas que ya sabe para que hables un poco. Esa no soy yo. 

Fui una mala huésped. Falté a las enseñanzas de mi madre al respecto y no fui la agradable conversadora que debería haber sido. La única vez que salté fue cuando me vi demasiado atacada para estar quieta. He aquí mi superior, su pareja y una amiga común. Mi superior y yo éramos los más mayores. Él iba a la suya, pero la pareja me preguntó un par de cosas con cierto aire de reproche y la amiga respondió por mí. "Puedo responder por mí misma, gracias". Aún no sé de dónde saqué valor para decirlo. Esperaba una reprimenda por parte de mi superior. Que se pusiera de su parte. De hecho, recuerdo perfectamente cómo los ojos se me fueron hacia él pensando: "Por favor, no me pegues". Los suyos, tras la sorpresa inicial parecieron decir: "Son tuyos. Adelante". Fue un incidente aislado y probablemente el primer conflicto en el que me he visto implicada y que he resuelto sola. Y me sentó genial. Pero fui una mala huésped.

Debí parlotear. Debí confiar en lo maja que puedo fingir ser en lenguas foráneas. Debí permitirme intentarlo y fallar todo lo que hiciera falta. O debí, por lo menos, hablar del tema con franqueza. Perdóname. Esto está pudiendo conmigo. No puedo hacerlo mal delante de ti. No quiero hacerlo mal delante de mí. Porque qué me queda si no hago esto bien, esto que se supone que hago bien. 

Tampoco sé mucho de conversaciones, pero a veces las más interesantes son las que se mantienen con uno mismo, en privado y sin mirones que juzguen.

Con esto pongo fin a las entradas prometidas más densas, ¡ya era hora! Lo que me queda es mucho más apetecible y ligero. Como una tarta de queso. 

*en japonés, significa "camarada". En el anime One Piece, del cual Dámaso es ferviente seguidor, no solo quiere decir camarada, compañero de viaje y colega, sino alguien que va a estar y por quien vas a estar contra viento y marea. Dámaso hizo esa palabra propia para referirse a sus amigos más especiales y yo se la cogí prestada. 

4 comentarios:

  1. El tema de las jerarquías es muy interesante. Conozco a gente que, con cuarenta años, no son capaces de beber o fumar delante de sus padres por miedo. ¿Miedo a qué? Y lo más curioso es que esos mismos padres fuman y beben, o lo han hecho, delante de sus hijos.
    Puede que esos cuarentones no quieran ver en la cara, de sus ya ancianos padres, una expresión de decepción, aunque no tienen ningún problema de hacerlo delante de sus hijos. ¿Acaso no es igualmente (o más) duro ver esa cara de decepción en tus hijos al mirarte?
    Es complicado, cada familia es un mundo y cada uno de nosotros tiene una percepción diferente de las relaciones.

    Y las conversaciones intrascendentes son otro tema curioso. Creo que es todo un arte dominarlas y son muy valiosas para tener vida social. Lo cierto es que envidio esa facilidad para comunicarse con cualquiera. Cuando intento decir algo, y no es lo esperado por la gente en esa situación, suele ser malinterpretado. Y si es algo trascendente aún peor. Mucha gente confunde debatir con discutir, sobre todo en redes sociales, y es en ese momento cuando echo en falta más jerga condescendiente, pero me cuesta horrores.

    De todas formas hay situaciones en que eres capaz de explayarte más que en otras, y también depende mucho del estado de ánimo. Es más, este mismo comentario, escrito en otro momento, igual no hubiera ocupado más de cuatro lineas si me pilla distraído o enfadado.

    Saludos.

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  2. Yo sería una de esas personas que con 40 no se atreve a hacer algo criticable delante de su madre... Pero dudo que ella siga viva para verme cumplir los 40. Aunque sí bebo delante de ella. Creo que esos adultos no tienen ningún reparo en beber o fumar delante de sus hijos por una sencilla razón: porque los hijos al final siempre perdonan a los padres por ser como son. Cuando crecen, claro. Pero los perdonan. Sin embargo, hay muchos padres incapaces de perdonar a sus hijos.

    Mi hermana Rosi tiene el don de la labia, de la retórica y de la oratoria. De ella aprendí a discutir e incluso algunas veces igualo a mi maestra. Y realmente no se me da nada mal hablar de cualquier cosa. Pero en otro idioma me vuelvo todo lo tímida y reservada que no soy en mi lengua materna. Ains.

    Expláyate más veces así, hombre, que me alegras el día. Un saludo,

    Cristina

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  3. Pues no me parece que los hijos tengan más capacidad de perdón que los padres, al menos en mi familia. Pero es lo que decía, cada una es un mundo.
    Tengo una hermana rencorosa que lleva más de diez años sin ver a su madre, y una abuela capaz de perdonar el asesinato múltiple de preescolares a cualquiera de sus hijos, por poner un ejemplo.
    No se. Igual, con esto del perdón, requeriríamos la ayuda de un experto en psicología emocional. ¿No tendrás a mano alguno que merodee por aquí?

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    1. No, me temo que tengo pocos lectores fijos :). Lamento lo de tu familia. En la mía pasa un poco lo mismo... Quizá tengas razón después de todo. Aunque mi madre nunca nos perdonaría un crimen. Entonces la única explicación que se me ocurre es que los viejos hábitos, incluido el de ser "un buen hijo" delante de los padres, son difíciles de cambiar.

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!