viernes, 30 de agosto de 2013

De lo que cuesta hablar y de la mala huésped

Empezaré confesando que estoy escribiendo esto después de ver un capítulo de Dexter. Concretamente el 1x08, el del psiquiatra. Y esta entrada es larguísima. Avisados quedáis. 

Hablamos muy poco. Parloteamos muchísimo, eso sí. Decimos muchas cosas. Hablamos del tiempo o preguntamos por la madre de nuestra vecina en el ascensor, comentamos las noticias -internacionales, nacionales, locales y familiares, sin importar el orden. Y sí, si se tiene la confianza suficiente se comparten cosas. Las buenas, las malas y las peores.

No sé nada de relaciones humanas, pero sí sé que uno solo se abre de forma completa y genuina ante sus iguales jerárquicos. Nadie se expone demasiado ante un superior: te hace vulnerable. Y por supuesto jamás expongas demasiado de ti ante un joven: algún día puede usarlo en tu contra. Dámaso y yo tenemos muy presentes las jerarquías en lo que a amistades se refiere y los derechos y privilegios que conlleva ser amigo directo, amigo de amigo, novio de amigo y nakama*. Así como hermanos, profesores, padres, padres de amigos (uf), amigos de tus amigos que ODIAS con toda tu alma... A veces está muy claro quiénes son tus superiores y jóvenes (especialmente si hablamos de una empresa, claro). Pero quiénes son tus iguales es un poco más difícil de definir. 

A mí, por ejemplo, me impone respeto la edad. Soy la pequeña de tres hermanas con las que me llevo 11 y 8 años respectivamente, siempre he sido la Pitufa. Adorada y mimada, pero siempre he sabido cuál era mi lugar: era el moco. Yo no tomaba las decisiones porque era pequeña. Eso siempre ha condicionado la relación que tengo con mis hermanas: no puedo decirles toda la verdad ni lo que pienso porque son mis hermanas mayores. Tú no le das consejos a tu hermana mayor. No le dices que está metiendo la pata hasta el fondo. No le dices que se está volviendo idiota y que reaccione. No. Eso es tarea de su hermana mayor. Y si no la tiene, de su madre o su padre. Y si no hay padre y la madre no se atreve a decirle nada... ¡pues que se la pegue! Pero definitivamente NO es tu tarea contradecir a tus mayores. 

Eso no quiere decir que considere iguales a todos mis coetáneos: las circunstancias cuentan. Yo no puedo entender a ciertas personas ni queriendo, ni espero que lo hagan conmigo. Y eso está bien. Y voy a remarcarlo, porque cuando te encuentras a alguien que no te gusta un pelo, tienes que respetarte y respetar a esa persona lo suficiente para aceptar que no os lleváis bien y que eso no es malo. Pero acéptalo rápido y respeta a tus enemigos desde el entendimiento. En este caso, del entender que no os entendéis. Si la otra persona hace lo mismo, podréis hasta tener amigos comunes sin discutir cada vez que os encontréis. 

Pero sí es cierto que por lo general no me gusta dar consejos a gente mayor que yo. A todos, como mínimo, los respeto. A otros los quiero. Y a algunos los admiro profundamente y los tomo como modelo a seguir. Cuidado con eso último. 

En cuanto a los jovencitos... Más bien debería decir "hermanos pequeños en potencia". He tenido a gente más mayor que yo que ha cuidado de mí y lo agradezco, y por eso sé que es genial tener a alguien más fuerte y mayor que tú para que te proteja para variar. Así que inmediatamente me autoproclamo hermana, cuando no mamá, de toda criatura más joven que yo pero no permito que cuiden de mí. Una notable excepción es Muffin, que hizo méritos con su té para curarme el frío interno y los males siendo tres añitos más peque.

Y volviendo al principio... A veces hay que hablar de verdad. A veces hay que enseñar un poco de uno mismo para que las relaciones fluyan. Lo que se suelen llamar conversaciones trascendentales, que a mí me encantan... Con mis iguales. Esto viene al caso de que yo parloteo mucho y muy bien en español y en mis dominios. Sácame de mi zona de confort y tendrás a una gigante de 23 años a la que no le pega nada abrazarse a sí misma nerviosa para darse algo de consuelo y confianza para hablar con extraños en lenguas extrañas. Si se ha conocido a mi versión cotorra, la versión muda choca muchísimo. 

Me vi en esas circunstancias con una persona mayor que yo, a la que admiro y que por razones obvias jerárquicamente la tengo por encima. Si yo fuera una persona realmente inteligente no me habría complicado la vida: tómate un par de cervezas y HABLA, POR DIOS. Yo opté por más mutismo. Y creedme, es doloroso ver a una persona a la que aprecias tanto preguntarte cosas que ya sabe para que hables un poco. Esa no soy yo. 

Fui una mala huésped. Falté a las enseñanzas de mi madre al respecto y no fui la agradable conversadora que debería haber sido. La única vez que salté fue cuando me vi demasiado atacada para estar quieta. He aquí mi superior, su pareja y una amiga común. Mi superior y yo éramos los más mayores. Él iba a la suya, pero la pareja me preguntó un par de cosas con cierto aire de reproche y la amiga respondió por mí. "Puedo responder por mí misma, gracias". Aún no sé de dónde saqué valor para decirlo. Esperaba una reprimenda por parte de mi superior. Que se pusiera de su parte. De hecho, recuerdo perfectamente cómo los ojos se me fueron hacia él pensando: "Por favor, no me pegues". Los suyos, tras la sorpresa inicial parecieron decir: "Son tuyos. Adelante". Fue un incidente aislado y probablemente el primer conflicto en el que me he visto implicada y que he resuelto sola. Y me sentó genial. Pero fui una mala huésped.

Debí parlotear. Debí confiar en lo maja que puedo fingir ser en lenguas foráneas. Debí permitirme intentarlo y fallar todo lo que hiciera falta. O debí, por lo menos, hablar del tema con franqueza. Perdóname. Esto está pudiendo conmigo. No puedo hacerlo mal delante de ti. No quiero hacerlo mal delante de mí. Porque qué me queda si no hago esto bien, esto que se supone que hago bien. 

Tampoco sé mucho de conversaciones, pero a veces las más interesantes son las que se mantienen con uno mismo, en privado y sin mirones que juzguen.

Con esto pongo fin a las entradas prometidas más densas, ¡ya era hora! Lo que me queda es mucho más apetecible y ligero. Como una tarta de queso. 

*en japonés, significa "camarada". En el anime One Piece, del cual Dámaso es ferviente seguidor, no solo quiere decir camarada, compañero de viaje y colega, sino alguien que va a estar y por quien vas a estar contra viento y marea. Dámaso hizo esa palabra propia para referirse a sus amigos más especiales y yo se la cogí prestada. 

viernes, 23 de agosto de 2013

De un día hace veintitrés años

Pues sí. Hace hoy veintitrés años que obligué a mi madre a pasarse el día encerrada en una institución diabólica con comida que sabe a lejía, gente fría y estúpida (David, perdóname) y con mi abuela. Bueno, a mi abuela la podríamos haber incluido en su día en la categoría de "fría". Gélida. Como el iceberg que hundió el Titanic.

El caso. Que hace veintitrés años que, sin que me buscaran ni llamaran, en un jueves caluroso de narices, vine al mundo. Sigo buscando la puerta de salida, porque creo que no me convence.

Carlos solía decir que él se guiaba por tres calendarios: el ordinario, el biológico y el escolar. Yo hago lo mismo. Y en cada nuevo comienzo, nuevos propósitos, reflexiones y exámenes de conciencia. Vamos, que lo que la mayoría de la gente hace solo en Nochevieja, yo lo hago tres veces al año. Aunque creo que somos muchos los que lo hacemos, solo que en Nochevieja queda bien y el resto del año no está tan bien visto. "Este año de verdad que estudiaré más" "Eso no te lo crees ni tú. ¿Hacen unas tapas?" Y claro que hacen. Y por supuesto que no estudias más, ¿pero por qué me quitan la ilusión? Pues con los cumpleaños... Ah, no. Estas me las guardo. Mis deseos de tarta siempre han sido bastante patéticos. Aunque por lo visto todo es cuestión de paciencia: entre los veintidós y los veintitrés se cumplió un deseo que pedí a los trece. Así que, si los cálculos no fallan, a los veinticinco seré rica.

En lo referente a mis cumpleaños, sufro un mal bastante común, que es el de los cumpleaños veraniegos. Si me lee alguna pareja que esté intentando concebir: por favor, usad condón entre septiembre y diciembre. Nacer en verano es horrible y cualquier niño lo entiende: no puedes celebrar tu cumpleaños en el cole. Ergo, eres el único raro que no lleva caramelos. Tengo una hipótesis: el acoso escolar se incrementa en los niños nacidos en verano. Y frikis, vale. Pero pongamos por ejemplo mi círculo cercano de amigos, todos frikis: tres chicas, dos chicos. Los chicos, orgullosos Capricornio, tuvieron una infancia sin percances escolares. Las chicas, una Leo y dos Libras (finales de septiembre-uno de octubre), han tenido problemas. Todas. Queridos anónimos: si nacisteis en otoño, invierno o primavera y las pasasteis putas canutas en el cole (o al contrario, nacisteis en verano y partíais el bacalao en el recreo), por favor, hacédmelo saber para que deje de decir tonterías. Gracias.

Pero he observado un fenómeno extraño: en año bisiesto mis cumpleaños son geniales y me pillan en el extranjero. Cumplí los 18 en Athlone, Irlanda, donde estaba haciendo un curso de inglés. Nora, mi mamá irlandesa, nos llevó a Camila y a mí a comer y me regaló una cruz celta de plata que guardo con mucho cariño. Vi amanecer por la ventana y pusieron una película de mi infancia en la tele. Y me perdí los juegos de Pekín. Cumplí los 22 en Varsovia, también por un curso. De polaco, claro. No le dije a nadie que era mi cumple; de hecho, M. me felicitó un día antes. Pero fue un cumple genial porque me limité a hacer lo que quise: di un paseo por el centro, me regalé un trozo de tarta y un café y lo celebré solita. Eso, claro está, antes de salir de marcha con M. y sus amigos. No salí hasta tarde porque madrugaba al día siguiente, pero estuvo muy bien. Y me perdí los juegos de Londres.

Así que, como comprenderéis, estoy que me muero de ganas por cumplir 26 y perderme los juegos de Río de Janeiro.

¿Y los veintitrés? Han empezado tranquilos, preparando mi propia tarta de cumpleaños. Luego, Marta me ha regalado este dibu tan, tan chulo de Úrsula. (Úrsula es la coprotagonista de Merak, el mundo bajo las estrellas. Una de esas historias que quiero escribir y nunca hago, sí). Yo me he autorregalado el Dixit. Y no tengo intención de celebrarlo. Quizá me esté volviendo una gruñona. Pero este año no tengo ganas de celebrarlo. Tal vez porque tengo ganas de que pase todo lo demás.

Quiero ir a Granada y ver a Marta y a Dámaso. Quiero encontrar piso en Neunkirchen y mudarme. Quiero dar clase. Quiero volver a Alemania y trabajar. Quiero ser la mejor auxiliar de conversación que ha pisado ese pueblo y hacerles tortilla de patata y croquetas. Y también quiero escribir y leer todo lo que no he escrito y leído este año, probar nuevos tipos de cerveza, salir mucho de fiesta y reírme mucho. Y volver a usar maquillaje, bitte. 


¿Qué es un cumpleaños sino un día? Los no-cumpleaños. Esos son los que deberían contar. Lewis Carroll lo sabía bien.


Y sí, queda terminantemente prohibido citarme esa frase cuando os felicite y os convenza de que vuestros cumples son importantes. Porque lo son. He dicho.

domingo, 18 de agosto de 2013

Del profesor perfecto o cómo quiero ser de mayor

Aquí empiezan las buenas noticias. El penúltimo día que pasé en Varsovia antes de volver a España recibí un mensaje del Ministerio de Educación ofreciéndome una vacante para trabajar como auxiliar de conversación en Alemania este año. Para quien no sepa de qué va todo ese rollo, le sugiero que empiece por aquí. En Neunkirchen, Saarland. De los detalles ya hablaré en futuras entradas, pero dado que voy a trabajar como ayudante de profesora, durante las últimas semanas no he dejado de pensar en cómo lo haré. Inevitablemente han venido a la mente los cuatro mejores profesores que he tenido y que, si bien no han sido perfectos, entre todos compondrían una amalgama de virtudes muy interesante. Sea esta entrada mi humilde homenaje (los menciono por orden de aparición en mi vida).

Mi hermana Rosi
Profesora de lengua y literatura. Y si hace falta, de filosofía, latín y lo que se tercie. A la pobre nunca le he dado demasiadas ocasiones para darme clase formalmente, pero su mayor cualidad como profesora es una paciencia infinita. ¿No lo entiendes? Pues otra vez. Y de forma diferente. He visto a pocos docentes ponerle tantísimo empeño en buscar nuevas maneras de hacerse entender. La he visto corregir redacciones fin de semana sí, fin de semana también, con tal de que sus alumnos escribieran y aprendieran un mínimo. La he visto tener fe en gente con la que muchos ya habían tirado la toalla. Tal vez haya muchas heroínas y héroes como ella, pero ella es la mía. 

M. 
Profesor de polaco. De bases sólidas y firmes, enormes cantidades de deberes y exámenes dos veces al mes. De los que hace sus propios apuntes porque el libro "es gilipollas", de los que te hace el examen cuando quieras con tal de que lo hagas y apruebes, de los que se agacha debajo de la mesa para enseñarte el uso de las preposiciones. Y de los que desprende felicidad genuina cada vez que vas a clase y la contagia a todo el mundo. Paciente también. Pero este hombre sobre todo es encanto y entrega por su profesión. 

Vincent
Profesor de inglés. Lo suyo es de récord, porque sólo me dio clase cinco días, pero me bastaron para amarlo con locura. Estudia psicología y aplicó sus conocimientos sobre el tema durante todo el curso en la UIMP. Alabando siempre lo bien que lo hacíamos pero mostrándonos siempre con simpatía cómo hacerlo mejor. Y si osábamos a hablar en español, su persuasiva pistola de agua hacía su aparición. Me demostró que era capaz de hacer cosas y disfrutarlas en un momento en que necesitaba recordarlo. Su capacidad de inspirar es probablemente lo que más añoro. 

Pani Iga
Profesora de conversación en polaco. Lo suyo era demostrar que el tópico de aprender jugando es cierto. Por buenísimas razones: un juego siempre es sobre ganar y perder. Y mientras te concentras en jugar, no prestas tanta atención a tus errores y desdramatizas un poco el proceso de aprendizaje. Pani Iga es también la prueba viva de que aprender es sobre todo una cuestión de alegría y fiesta continua: siempre sonreía y reía y jugaba con nosotros (aunque se nos olvidaba repartirle cartas). De hecho, no puedo recordar ningún momento de pani Iga en el que estuviera seria. Quiero comprarme el Dixit...

A los dos primeros los conozco en el ámbito privado y quizá por eso sea precipitado afirmar lo siguiente: todos van ser unos papás y unas mamás geniales. Más aún, creo que si un profesor no te ha hecho desear que fuera tu padre o hermano, no es buen profesor. Tengo muchísima suerte de que mi hermana sea mi hermana, pero he deseado millones de veces que los otros tres y quizá alguna otra notable excepción formaran parte de mi familia. 

Enseñar, a fin de cuentas, es más que una profesión o que un servicio. Si se hace bien, es un acto de amor. Hay pocas cosas que se puedan hacer por alguien más bellas que mostrarle el universo y dotarle de conocimiento. Los buenos profesores hacen eso cada día. Y se les reconoce muy poco mérito. A los tres últimos les he dicho en algún momento que no es fácil enseñarme a mí, porque yo me aburro y no presto atención. En serio: me entretengo con una mosca. Pero todos ellos me han mantenido alerta, despierta y curiosa durante todas sus clases. Espero llegar a ser algún día la mitad de buena que ellos. 

Así pues, ya me veo armada de paciencia debajo de una mesa con una pistola de agua y jugando con los Story Cubes. Voy a causar sensación en Alemania, de eso no me cabe duda. 

domingo, 11 de agosto de 2013

De la confesión de un asesinato ("Esto es demasiado personal", vol.1)

No importa cuántas veces te lo diga, ni cómo, ni cuándo. Sé que me escuchas, pero mis palabras no llegan a tus oídos. O quizá dices que me escuchas y simplemente oyes, intentando encontrar en lo que te digo la confirmación de la idea que ya tienes formada de mí. No puedo culparte; me conoces desde hace mucho. Me conoces desde que era solo un parásito, un tumor, un cáncer en continua multiplicación dentro de ti. No debiste tenerme, y lo digo con objetividad. Por las dos. Para la vida que estamos teniendo, lo cierto es que no debimos nacer ni tú ni yo. Ni tantas otras personas. 

Pero aquí estamos y sin querer me he hecho más o menos mayor. Y estúpida e impaciente. Te miro y veo mi futuro en ti; sé que seré como tú y es el peor de mis temores. Me niego. Me niego a dejar que me maltraten como han hecho contigo. A que me utilicen. A que me digan toda la vida lo que he de hacer. A vivir para los demás. Bueno. Lo primero fue parte de mi infancia; lo segundo, lo tercero y lo cuarto es de rabiosa actualidad. Sarna con gusto no pica, ¿verdad? Eso nos hemos acostumbrado a pensar, iguales y diplomáticas como somos. Mentira. Yo soy diplomática ahora. Cuando me haga mayor como tú, subirá el pan cada vez que hable. También temo ese momento.

Me pusiste en un altar hace mucho tiempo. Un altar maravilloso y dorado, del que me bajas para darme brillo como si fuera tu muñeca. Como si siempre supieras lo que es mejor. Como si tuvieras razón. Me intentas cambiar de ropa y de ideas y de peinado y de forma de ser como si te perteneciera mientras gritas a los cuatro vientos que siempre me has dejado obrar a mi antojo. Mentiras y más mentiras. Si he hecho lo que he querido, me ha costado mucha rebeldía y remordimiento, como si al desobedecerte estuviera pecando contra un cielo que no existe pero hacia el que me inculcaste temor. Eso siempre se te dio bien, volverme cobarde. Tener miedo a la gente, a los hombres, al alcohol, al sexo, a la vida. A veces me pregunto de dónde saqué fuerzas para desafiarte... Supongo que, muy en el fondo, todos tenemos algo de temperamento oculto. Tú jamás lo tuviste. 

Te miro y en mis momentos más cínicos y crueles veo a una consumidora de recursos del universo. Yo también seré una. Un trozo de carne anciana e inútil. No obstante, espero ser útil para mí. Buscar y encontrar placer en las cosas que disfruto y vivir por mí, en vez de mendigar el cariño de otros. Quizá la vejez nos hace más susceptibles a la soledad o más dependientes, pero tú has sido así toda tu vida. Y mientras éramos pequeñas estuvo bien. Ahora todas hemos crecido y, como buenos pájaros que han aprendido a volar, nos marchamos. Jamás me perdonarás que me fuera tan joven. Cuando mueras, sé que yo tampoco me lo perdonaré. Bueno, para eso hay terapia. 

Y vienes y te sientas en la cama, sin que te haya invitado a entrar. Parloteas sobre el gato de la vecina, quieres saber lo que hablamos anoche cuando no estabas -hablamos de ti, por cierto-, quieres que te hable, que te cuente cosas, mientras te comes un melocotón. Y sabes cuánto detesto, estúpidas manías mías, que la gente coma fruta en mi habitación. Y sabes que charlar por charlar no es lo mío. ¿Qué quieres que me invente, joder? Hemos pasado todo el día juntas, y anoche no hice nada y tú tampoco. ¿Qué historia fascinante sobre mí quieres que te cuente? La excusa de que estoy poco en casa no me vale; mi vida es mía y detesto que me hagas sentir culpable por reclamarla. 

Me he callado. Y te has ido. Y sé que te he matado un poco con ese silencio. Pero es que no importa cómo te lo diga porque no quieres entenderlo. Porque, en tus propias palabras, eres muy mayor para cambiar. Y yo soy muy joven para convertirme en la razón para vivir de nadie. Y ahora tengo tu sangre en mis manos de una herida que no te matará hoy, pero que poco a poco te va matando la poca alma que te queda. ¿Debería educar mi paciencia y mi compasión? ¿Debería vivir por ti estos dos meses? Lo he intentado alguna vez, pero entonces pasó algo muy extraño. Que me empecé a matar yo. 

Y mi primitivo instinto de supervivencia se rebeló en tu contra. Y ya no sé qué hacer. 

miércoles, 7 de agosto de 2013

De cómo saber si estás en Polonia

Acaban de montarme el escritorio y la silla de escritorio nuevos en la habitación. Así que, llena de amor por el universo y el orden reinante a mi alrededor en estos momentos, he decidido que qué mejor manera de celebrar el estreno que escribiendo una entrada. 

A priori, parece fácil saber en qué país se encuentra uno. ¿Pero qué pasa si te llevan ahí contra tu voluntad, secuestrado? ¿O si pierdes la noción del tiempo y del espacio y no te das cuenta de que estás en el extranjero hasta que hablas? Ambas opciones son harto improbables, lo reconozco. Aun así, y por si os vierais en el caso, aquí os dejo unas pistas para saber si estáis en Polonia y no en la Patagonia. 

Estás en Polonia si...

1. ...multiplicas y divides por cuatro como si se te fuera la vida en ello y a velocidad de vértigo
Eso significa que vienes de la zona euro: el equivalente aproximado, céntimo arriba, céntimo abajo, es de 4 eslotis. Por tanto, calcular el equivalente se convierte en una compulsión constante de multiplicar y dividir por cuatro. A mayor velocidad, más tiempo en Polonia. 

2. ...todo te suena a polaco. No, espera... ¡¡podrías estar en Chicago!! No he dicho nada

3. ...la gente te da un billete de tranvía/autobús desinteresadamente cuando lo necesitas
Todo en Polonia es barato y el transporte no es una excepción. Pero si tienes prisa y coges el tranvía o autobús sin pensar, no siempre tienes la posibilidad de comprar el billete en él. En mi caso, además, llevaba maleta. En estas que le pido a una chica que, con mi dinero me compre un billete. Su respuesta: "Me bajo aquí, pero... ¡toma, este está sin usar!". Y se fue. ¡Decidme que no son majos!

4. ...la gente se apiada de ti cuando no puedes con tu maleta y te la sube
Me pasó dos veces en la Estación Central de Varsovia. Ahí estaba yo con la gigantomaleta sudando la gota para subirla a la parada del tranvía, cuando un señor se me acerca y sin decirme ni una palabra me la sube como si nada. Después, otro señor me la subió al tranvía: eso en España no pasa ni de coña.

5. ...no recuerdas la última vez que comiste pescado
Claro, que si eres alérgico o de normal no te gusta, no lo vas a notar. Si como yo, tomarías clóchinas al vapor, sepia, salmón, fideuá, bacalao, emperador y cualquier clase de producto marino que no venga en lata a diario sin añorar lo más mínimo un chuletón, Polonia NO ES TU PAÍS. Lo siento mucho. La cerveza no compensa. En un mes, solo lo probé tres veces, y porque era ayuno de carne. El mismo tipo y cocinado de la misma manera: pescado a la griega. Todo un manjar después de la hipertrofia cárnica.

6. ...no sabes si vomitar la próxima vez que veas una patata o dedicarle una religión
Pues sí, relación amor-odio. Como con la regla. Soy una gran fan de las patatas, pero tras cuatro semanas en Polonia mi primer mensaje para mi madre fue: "No quiero oler ni una patata, cocida, asada, o frita, hasta dentro de unos días". Ídem con la harina: en Polonia, si no lleva harina, no alimenta. Y punto. Pero al mismo tiempo, las patatas estaban tan ricas... Y los pierogi... Que acabas mandando al carajo la dieta y el sentido común y te entregas al exceso de carbohidratos como si fuese el dogma principal de tu religión. Si el Patatismo reúne adeptos, recordad que fui su profeta. Amén.

7. ...a la gente se le cae la baba cuando te escucha hablar en polaco
Casi literalmente. Y no te preocupes por los errores: da igual. Pronuncia fatal. Cágate en los casos gramaticales. "¿Qué más da si ese verbo iba con dativo y ha usado el acusativo? ¡¡Habla nuestra lengua rara!! ¡Pero mira qué maja que es esta guiri, con su cara de velocidad-desesperación porque no sabe salir del subterráneo de Centrum hasta el lado correcto de Marszalkowska, que me dice "Pana" y otras cosas con ese acento español tan sexy adoraaaableeeee!" Nos aman. Es así.

8. ...ves tumbonas por todas partes. En un bar, en una terraza, en medio de la calle porque sí...
Por lo visto la moda está cambiando y ahora son las hamacas las que pegan fuerte, pero el fenómeno tumbona me dejó flipando cuando llegué a Varsovia: las había por todas partes, de todos los colores y estaban todas ocupadas. Mi teoría es que los polacos quieren tener una playa a mano y, a falta de una de verdad, buenas son tumbonas. En Berlín sucede lo mismo, por cierto.

9. ...te dan tres besos al saludarte o despedirte porque "es típico aquí"
...Y en Francia, y en doscientos sitios más. No les quitemos la ilusión. Pero es algo importante, porque de esto nadie te avisa. Y ahí te quedas tú, después de dar dos besos como buen español, recibiendo uno de propina. También los hay que, si aún no te consideran familia (los tres besos son "para la familia", pero los polacos son majos y te adoptan en un decir Jezumaria), te dan solo uno y te quedas con los morros colgando besando al aire. Porca miseria...

10. ...todo es barato. Con una notable excepción:
El agua. Te sale más barato beber cualquier otra cosa. Puede que una cerveza y una botella de agua te cuesten, pongamos, 6 eslotis (hablamos de una botella de agua carísima, pero todo puede ser): la cerveza seguramente sea una pinta, o en cualquier caso, un tercio. El agua, un quinto. Por lo demás, todo es barato. Cuidado con eso: cuando vuelvas a España, todo te resultará caro. Menos el agua.

11. ...el agua del grifo sabe a rayos
De ahí que sea cara. No he probado el agua del grifo de Torun, ni de Plock ni de Cracovia ni de Sandomierz. Pero encuentro curioso que tanto en Lublin como en Varsovia el agua del grifo sepa mal. Y ya no es que sepa mal (eso es subjetivo; a mí no me gusta pero puede que a ti sí). Es que, ¿cómo lo diría? Altera el funcionamiento de tu tránsito intestinal. Ya está. Ya lo he dicho.

12. ...fumar está bien visto
Y eso, cuando vienes de España, choca. De hecho, hasta diría que fumar en Polonia está de moda. Espero que de corazón que se les pase pronto, porque eso de tener que encerrarte en el asfixiadero la sala para fumar con tus amigos para no perderte la conversación... Yo lo hago, y me da igual. Pero viviría más feliz sin ello, lo admito.

13. ...todo el mundo se queja de su país. Y en inglés
¿Creíais que los españoles éramos los únicos acomplejados? Pues no. Las nuevas generaciones de polacos, esas que se gastan un nivel de inglés que hasta en sus niveles más básicos nos deja a los ciudadanos de la vieja Iberia a la altura del betún, no pierden ocasión para criticar su país y alabar las bondades de tierras más exóticas, hermosas y exquisitas... como España. Kochani, cuando queráis hacemos intercambio. Mi tortilla por tu Varsovia. 

14. ...todo el mundo te receta algo en cuanto te oye toser
No, no es que haya un exceso de médicos en Polonia: es que todo el mundo tiene el remedio ideal para ti. Y no es broma: se interesan por los medicamentos que estás tomando, te dicen que están mal (en un 99% de los casos) y acto seguido te diagnostican, te recetan y te apuntan el nombre del medicamento en cuestión para que lo compres. 

15. ...vas para tres semanas y ya te sientes como en tu casa
Y eso es así. En poco tiempo, Polonia se convierte en un lugar al que puedes llamar hogar. ¿Cuántos lugares te ofrecen eso?


Así en síntesis, creo que estos son los quince puntos básicos. Por supuesto, me habré dejado muchos más en el tintero; así que si habéis estado en Polonia y creéis que me falta algo, hacédmelo saber. 

sábado, 3 de agosto de 2013

De la vida en la KUL

"Pero niña, ¿tú no te ibas a Lublin?" Pues sí. Becada para estudiar tres semanas polaco en la Universidad Católica de Lublin o Katolicki Uniwersytet Lubelski... KUL para los amigos. Huelga decir que uno de los nombres más populares para los álbumes de fotos en los FB de mis compañeros ha sido "KUL is cool!" 

En estos cursos con alojamiento pagado normalmente toca compartir habitación. Porque una cosa es intentar que te sientas como en casa y otra lograrlo y que no te quieras largar. Un compañero de habitación, incluso el mejor, evita esas cosas: por maravilloso que sea, y la mía lo fue, siempre añorarás tu intimidad. Tenía muchísimo miedo, lo confieso, porque mis experiencias en el pasado no han sido buenas. Afortunadamente, la suerte quiso que me tocara Betlem, una muchacha de Alicante que nunca había estado en Polonia. Además, tiene tres añitos menos que yo y a mí esas cosas me dan ternura. 

A A. lo conocí en Varsovia durante el último curso, en febrero. Nos caímos bien, pero lo justito, porque no tuvimos ocasión de conocernos mejor: él estaba en el grupo avanzado y yo en el intermedio, ergo dábamos clase en distintos edificios y era difícil coincidir. En esta ocasión sabíamos que nos íbamos a encontrar, pero a partir de entonces todo fueron sorpresas. Desde averiguar que había cotilleado en qué habitación estaba (y así conoció a Betlem incluso antes que yo, que estaba tomándome una cervecita en el centro) a que nos pusieran en el mismo grupo. 

Pues sí. Tras la prueba de nivel escrita (larguísima) y oral (en la que conocí a la que sería mi nueva inspiración), nos asignaron a Betlem, a A. y a mí al grupo 5. Había 8, así que el nivel ya se empezaba a notar. A. podría haber estado perfectamente en el 6 o en el 7 (y matándose a currar, en el 8), pero prefirió quedarse e ir más relajado. Personalmente creo que el hecho de ir con nosotras fue un incentivo. 

El primer día fue un poco raro, así que no cuenta. Procedo a continuación a detallar un día normal entre semana en la escuela de verano de la KUL:

7:00 - Primera alarma. No se levanta ni el tato. Programo la segunda alarma o rezo para no dormirme. 

7:15 - Segunda alarma/Miro la hora. "Betleeeeem, les set i quart!!!!" Betlem se levanta. 

7:30 - Me levanto yo. 

8:10 - Paseo hasta la cantina con A. y Jose para desayunar. 

8:30 - Desayuno en el que había que robarle el queso amarillo al frente vegetariano. Es broma. Nos lo daban sin problema, eran muy majas. 

9:00 - Comienza la clase.

9:10 - A., Betlem y yo llegamos a clase. Menos mal que presumí de puntual.

10:30 - Pausa: momento en el que pani Justyna (mi profe) nos daba galletitas todos los días. Porque hay que estar bien alimentado para estudiar polaco, proszę.

10:45 - Se reanudan las clases. Segundo intento de no dormirme. 

12:15 - Salimos de clase. Podríamos haber ido a alguna conferencia, pero preferíamos hacer los deberes/tostarnos al sol/dejarnos morir un rato en algún rincón de la KUL.

13:30 - Almuerzo. De primero, sopas muy ricas. De segundo, algo de carne y patatas hervidas, ensaladas varias, kasza (cereal hervido), arroz... Menos los viernes, que no comíamos carne por el tema del ayuno cristiano. Amén. Y té. Siempre té. Mucho té. Y kompot. 

16:00 - Juegos. Oh, sí, en serio. La primera semana fuimos por aburrimiento. La segunda, por pani Iga. La tercera ni se nos vio aparecer por ahí.

17:00 - Clases de conversación con pani Iga :D. Sin duda, el mejor momento del día. A ella le dedicaré medio post, así que basta con decir que es una docente fabulosa. 

18:30 - Cena (soviética). Pan, mantequilla, mermelada y fiambre. Y té. Y kompot. La primera semana tragué. La segunda, me busqué la vida por ahí. Los miércoles había taller culinario y cenábamos de restaurante (pardiez, qué pierogis). 

19:30 - Vuelta a la residencia. Todas las tiendas cerradas. Nada de ambiente. Ni gente. Ni nada. Lublin se convertía de repente en una ciudad estéril y fantasma... Vale, exagero. Pero era un rollo. 

00:30 - A la cama.

Hay un refrán en Valencia que dice: "Al que no tiene faena, el Demonio se la da". Vamos, que cuando te aburres, haces cosas malas. En la KUL deben de conocer ese refrán también porque, temerosos de que corrompiéramos nuestras almas, no solo nos dieron un curso intensivo, sino que nos llenaron los pocos ratos libres de actividades sanas con las que entretenernos después de cenar. A saber:

Lunes: película. Solo vimos la última, Przypadek, bastante original.
Martes: danza. Solo fui la primera semana a marcarme una buena polonesa con A. Los dos nos sabíamos la coreografía, así que fuimos con diferencia los que mejor bailábamos. 
Miércoles: taller culinario en un restaurante del centro. Aquí fuimos siempre para poder cenar.
Jueves: normalmente, alguna conferencia especial. Nunca fui.
Viernes: cena "especial" de despedida y concierto para despedir a los que acababan el curso. 

Los fines de semana, visitas a museos y a ciudades cercanas. O no tanto. Con visita guiada, y ese en mi opinión fue el error que cometió la KUL: yo no quería una visita guiada. Dame un mapa y dime a qué hora tengo que volver, pero no me obligues a patear lo indecible si no me apetece. 

Por supuesto que salíamos... Un rato. Dom Kultury, Komitet (con Agata), karaoke... Y si no nos dejaban salir, ¡nos descolgábamos por la fachada! Yo no. Pero un compañero de clase sí. Al día siguiente, la hazaña fue noticia y el chaval en cuestión, leyenda: todos conocíamos a Uros :-) .

Buenos compis, un curso estupendo, geniales profesoras, una ciudad muy mona... Había momentos estelares, pero la rutina en la KUL básicamente era así. Monótona, sencilla y -no lo voy a negar- fantástica. La echo de menos.