sábado, 29 de junio de 2013

De la sinceridad

No quería escribir sobre esto. Quería escribir sobre algo bonito. Alguna película, algún libro. Pero no la verdad.  Sin embargo, motivada por el último comentario del último post, y tras una tarde bastante dura, he cambiado de opinión. Quizá no cuente toda la verdad, pero sí una parte importante de ella.

Empezaremos con lo bueno. En Valencia como mejor y estoy más sana. En Valencia todas mis vecinas me adoran, me preguntan cómo estoy y me dicen lo guapa que estoy. En Valencia soy siempre bienvenida, hasta el extremo. En general todo el mundo se alegra de verme. En Valencia está mi gata. En Valencia puedo ver la televisión y echarme en el sofá (bueno, más o menos). En Valencia están mis sobrinos. En Valencia están mis tías. Y en Valencia está mi padrastro, con la mejor paella del mundo.

Y lo malo. La familia me tiene muy ocupada. Simplificando es eso. No he podido escribir aquí ni hacer muchas cosas. Me necesitan aquí. Hasta el punto de que ya ni siquiera me apetece irme a Polonia. Y lo anularía todo de no ser porque de verdad necesito encontrar trabajo y aquí no puedo hacerlo. No soy ninguna santa, más bien al contrario. Jamás he sido abnegada ni sacrificada. Pero quiero a mi madre. Y el resto de explicaciones sobran.

Así que no. Estos últimos diez días no he sido merecidamente satisfecha por un hombretón que me hiciera sentir una hembra. He llevado exactamente la misma vida que suelo llevar cuando vuelvo a casa. Levantarme temprano y acostarme tarde. Y durante el día, ser hermana e hija a tiempo completo.

El cuerpo me pide un lugar propio. Una ciudad que no esté contaminada por los recuerdos de otra persona. Los lugares de mi vida (Valencia, Granada, Irlanda, Londres, Italia, Alemania, Polonia) me recuerdan a mucha gente. Gente a la que quiero, pero con la que he cometido errores. Ahora mismo ya no veo el río Shannon pasando por Athlone, sino cómo la cagué con Camila. Ni veo Trafalgar Square porque solo veo lo que pasó el 30 de diciembre de 2011. Y así con todo. Necesito un lugar propio y nuevo para mí. Pero este no es momento de cosechar sino de sembrar. Cuando ahorre lo suficiente planearé unas vacaciones de verdad. Mientras tanto...

"...el mientras tanto es lo más importante de la vida, Nano. Te lo dice una bruja vieja."

Nano y Esmeralda,  de Alfredo Gómez-Cerdá

martes, 18 de junio de 2013

De la licenciada

Todo empezó por esta foto de mi facultad, pero esa es otra historia...

Todavía no he cerrado el expediente, pero matemáticamente tengo ya todos los créditos necesarios para licenciarme. Por eso, y aunque tengo examen el jueves (que no necesito, pero me gustaría aprobar), desde el miércoles pasado me considero licenciada. 

Empecé la carrera el 27 de septiembre de 2008 a las 9 de la mañana en el aula 12 de la facultad de traducción con la asignatura de Italiano I. Anna Suadoni cumplió sobradamente mis expectativas. Es  una mujer adorable, entusiasmada por enseñar y a la que da gusto escuchar. Todavía la estoy oyendo decirnos "Ragazzi!" con esa voz suya que desvaneció de golpe todos los miedos que pudiera tener a esa primera clase. Anna ya no trabaja en la universidad; me la encontré hará un año o dos y aún se acordaba de mí y me dijo que había tenido un niño. Lo que son las cosas.

Terminé la carrera el 12 de junio de 2013 a las 7 y cuarto de la tarde en el aula 26 de la facultad con la asignatura de Polaco IV. Dimos vocabulario de los cuentos de hadas, tema especialmente adecuado para una última clase, porque en ella se acaba un cuento que ha durado casi cinco años. Y qué mejor profesor para dejar la universidad que M., que es todo un antídoto contra la nostalgia y el drama. Además, M. me devolvió el entusiasmo por aprender, que ya creía perdido y que es el mejor regalo que puede hacer un profesor. 

He tenido, pues, muy buenos profes. Algunos pésimos y otros que siempre me evocarán una sonrisa (el Champiñoncete,  el Masón Posmoderno y la Pertinente). Y aunque reconozco que no siempre he sido la mejor estudiante que podría haber sido para ellos, ha sido un honor poder aprender de todos ellos.

De mis compañeros de batalla se podría escribir mucho. Algunos se han convertido en buenos amigos y en toda una inspiración. Otros se fueron por el camino. Pero en general, guardo buenos recuerdos de todos ellos. Quién sabe si el tiempo nos volverá a reunir en alguna agencia o en alguna cabina. Ojalá. 

¿Y ahora? Ay. Solo de pensarlo me entra el pánico, así que no voy a detenerme en eso ahora. En cambio, me deleitaré un segundo en mi nueva adquirida condición: doña Cristina S. B., licenciada en Traducción e Interpretación de Inglés por la Universidad de Granada. 

(Y como me doy cuenta de lo asquerosamente cursi y petulante de esta entrada, me apresuraré a escribir otra en un par de días)

jueves, 6 de junio de 2013

De las puertas que se cierran y las ventanas que se abren



Me han denegado el auxiliar de conversación. Esa beca es para dar clases de fonética y cultura española en un colegio o instituto extranjero. No pagan mucho, pero te da un año semisabático de adquirir una nueva perspectiva sobre lo que quieres o no quieres hacer cuando has acabado la carrera. Hablando claro, era mi tabla de salvación. Bueno, estas cosas pasan. 

Poco después M. me decía que me habían concedido la beca de verano para estudiar tres semanas en... Lublin, Polonia.  Debería haber dado botes por toda la habitación, pero la herida del auxiliar de conversación seguía doliendo, así que estaba más desconcertada que emocionada. Por suerte, el entusiasmo poco a poco se apoderó de mí y empecé a buscar billetes de avión. 

Voy derecha al paro. Pero la pensión la cobras hasta los veinticinco. Pero en casa estaré deprimida. Puedes buscar trabajo cerca. No hay. Te va a ir bien. Voy a acabar igual. No vas a acabar igual; sabes idiomas. Menos mal que no te hice caso y no estudié filología francesa. ¿Por qué? Porque habría acabado aún peor. Bueno, ya que te vas... busca trabajo ahí. Ya, también lo había pensado. ¡Pues ya está! Ya... Te dejo. 

En entradas anteriores mencionaba que ese era mi plan B, de hecho. Si no me daban el auxiliar, buscar trabajo en Polonia. Lo que nadie supo ver es que lo decía con el mismo tono de voz con el digo: "Cuando tenga una hija, la llamaré Helena Eleuteria". Y lo digo de corazón, pero dudo muchísimo que llegue a tener hijos. Quiero adoptar, pero es difícil. Bueno, pues con el plan B es lo mismo: una cosa es decirlo y otra hacerlo. En otras palabras, que estoy cagada de miedo. Y cuándo no. 

Siguiendo con las metáforas escatológicas y las referencias a películas que tan poco uso aquí pero que tan idiosincrásicas me son en la vida real, y parafraseando a Sandra Oh en Bajo el sol de la Toscana, "no es momento de cagarse". Así que la parte cuerda-adulta-soñadora-feliz de mi persona se ha impuesto y ha dicho que ya está bien. Que me vaya a Polonia. Que vaya unos días antes a Varsovia a buscar trabajo si es necesario. Que no me agobie en estas últimas semanas. Que me divierta, que me relaje. Y que el tiempo dirá.

Como también me preocupo a veces por la vida de los demás, le pregunté a Noelia si ella había tenido más suerte que yo. "Qué va. No salgo en las listas". "Ya, ni yo". "Tú sales en la de reservas, que te he visto". ¿Qué?

Pues sí. Lo he comprobado. Si veintinueve personas renuncian, me la dan. Vamos, que no me la van a dar; pero la parte neurótica-infantiloide-pesimista de mi persona se ha quedado mucho más tranquila. Quizá porque estar en reserva simplemente significa que, de haber más plazas, me la habrían dado seguro. Por absurdo que resulte, alivia. 

Pero ya me da igual. Elijo aceptar que no puedo controlarlo todo. Tengo 22 años, mi título universitario a punto de tramitar y gente lo bastante pesada para no dejarme por imposible. Y vodka en el armario, así que me voy a dar un homenaje privado y a celebrar que hoy y ahora respiro, y que si en un mes sigo respirando, estaré en Polonia. Esta noche no quiero saber nada más.

domingo, 2 de junio de 2013

De mis autores: Sándor Márai


Seguramente sea conocido para muchos, pero yo no conocí al autor húngaro Sándor Márai ni su obra hasta el 23 de abril de 2012, cuando Beatriz me recomendó El último encuentro.

Creo que algunos autores se preparan durante toda su vida para contar una historia. Que tienen un ideal de novela en la cabeza y que se dedican durante años a intentar escribirla. Cuanto más leía de Sándor Márai más claro tenía que esa novela era El último encuentro. Comprobé las fechas de publicación de las otras tres que he leído y sí, fue la más reciente. Por eso, voy a comentarlas en orden cronológico de publicación, inverso al orden en el que las leí.

En Divorcio en Buda nos presenta a un juez ejemplar requerido en mitad de la noche para escuchar una declaración en la que él tendrá más que ver de lo que imagina. Comparte detalles con La mujer justa y sigue trabajando con la idea de confesión y juicio entre dos personajes. Digo "sigue", porque estoy convencida de que en novelas anteriores ya había intentado narrarla.

La herencia de Eszter fue el que menos me gustó. Los personajes de Márai suelen cometer errores, pero nunca me habían caído tan mal. Supongo que intentaba transmitir los absurdos a los que llega una persona por amor, pero me falta el amor en la novela. O tal vez, la inevitabilidad del destino. Es breve y está bien escrita. Y la protagonista se merece absolutamente todo lo que le pasa. Ahí lo dejo.

La mujer justa es novedosa en la narración. El libro está dividido en tres partes, cada una correspondiente a un protagonista que adquiere la función de narrador y que cuenta su versión de una historia a otro personaje, siendo este personaje el lector mismo. Me encantó. En este caso no hay juicio ni enfrentamiento; solo se nos desvela la historia de un matrimonio desde el punto de vista de los tres implicados. No hay buenos ni malos, solo equivocados. 

Pero en mi opinión la mejor es El último encuentro. Dos amigos que no se han visto en cuarenta años y una cena en la que anfitrión e invitado intentarán averiguar la verdad. Porque hay conversaciones para las que uno espera cuatro décadas. Magnífica.

Sus novelas me encantan porque sus personajes son muy reales. Casi todos son perdedores, gente a la que le ha ido mal en la vida por las malas decisiones que han tomado. Cuentan su historia a alguien; a veces al lector, a veces a otro personaje que es parte activa de su historia, a menudo al final de su vida, cuando ha pasado mucho tiempo y las razones para guardar silencio ya no existen. Aunque resulte imposible sentir compasión por sus personajes, sí se les puede comprender, a todos y cada uno. 

Me pregunto si acaso Sándor Márai tenía una confesión preparada para alguien en su lecho de muerte, pero si fue así debió de desechar la idea porque se suicidó. Tras décadas en el exilio en Estados Unidos, pocos años después de la muerte de su mujer y de su hijo y pocos meses antes de la caída del muro de Berlín. Lo puedo entender, pero me apena. 

Por Sándor Márai quiero ir a Budapest; tras leer sus novelas y conocerla por sus palabras llenas de nostalgia, me apetece muchísimo. Hasta me apetece embarcarme en la locura de las diecisiete (17, con números y letras) declinaciones de la lengua húngara. A fin de cuentas, un idioma es una forma de pensamiento y me encantaría saber cómo y con qué palabras y sonidos pensaba Sándor Márai para escribir novelas que hasta traducidas son de una calidad extraordinaria.