lunes, 27 de mayo de 2013

De la semana sin Facebook... y sin series

El masoquismo no conoce límites. Es la única explicación que se me ocurre para entender por qué me castigué a mí misma una semana sin Facebook y sin ver series de televisión en Internet. Concretamente en Series.ly.

Claro que sé por qué lo hice. Porque me estaba perdiendo cara a la pantalla, anestesiada por House o por Anatomía de Grey sin formar parte activa del mundo. Ya no de mi vida, sino del mundo. En cierto modo, era como estar encarcelada y a nadie le gusta que lo encierren. Necesitaba despertar y desintoxicarme. Aunque reconozco que elegí muy mala semana para hacerlo, porque Noelia estuvo conmigo del 17 al 22 de mayo.

Noelia fue, como ya he comentado en alguna ocasión, mi compañera de piso el año pasado y una de las pocas personas con las que me plantearía volver a compartir techo. Es difícil encontrar a alguien con cuyas rarezas encajes y que a la vez tolere las tuyas: Noelia y yo tenemos eso. Lo genial de tener de visita a alguien con quien tienes confianza plena es que la tienes para todo: hemos estado bastante rato a la nuestra, ella con el ordenador y yo leyendo, o al revés. Lo malo es... precisamente eso. 

A veces Noelia estaba viendo una serie y yo mientras me moría de ganas por dentro de hacer lo mismo.   Y eso que solo me prohibí ver las series en una página concreta; me quedaba YouTube. Pero aun así, fui una niña buena y me resistí. Solo veía algún capítulo de Arthur, la serie de dibujos, para quitarme el mono. 

Aun así, Noelia me proporcionaba bastante distracción, así que fue bastante fácil cumplir el desafío hasta el miércoles, día en que Noelia volvió a Cádiz. El día y medio restante fue una tortura, os lo aseguro. 

Podía ponerme películas y lo hice, pero su poder anestésico no era tan grande. Y además las había visto todas. No podía leer porque me era imposible concentrarme, no podía escribir. No podía apenas pensar. Tenía una voz martilleando en mi cabeza todo el rato y no se quería callar. Es el peligro de poner el mundo a tu alrededor en silencio: corres el riesgo de escucharte. Y no gustarte nada lo que oyes. 

Aun así, sobreviví a la semana. Ya sabía que vivir sin FB era posible, así que no lo eché mucho de menos. Pero lo de las series fue una tortura china. Ahí van mis consejos para quien quiera hacer limpieza espiritual y desconectar de Internet unos días:

1. Asegúrate de que el clima y la compañía acompañen: Lo mejor que se puede hacer con el tiempo libre es pasear, pero si está lloviendo y/o tus amigos no son muy de salir y tú eres como yo, lo vas a usar de excusa para quedarte en casa amargado. Elige una semana soleada y con buena cartelera. 

Y 2. Mantén las manos ocupadas. Fumando no, por favor: Especialmente recomendable para mentes nerviosas como la mía que necesitan tener los sentidos distraídos para no perderse en los propios fantasmas. Haz punto de cruz, yoga, sudokus, salta a la comba, cocina, lee, escribe, juega al fútbol. Y si tienes buena compañía a tu alrededor, úsala. Para lo que quieras, ahí ya no me meto.

Sin embargo, ahora estoy haciendo limpieza espiritual forzada: se me ha estropeado Internet en el piso. Alegría. Mientras tanto, sobrevivo en mi cafetería preferida con wi-fi y en el piso me limito a leer. Lo que está muy bien, porque pronto habrá entrada literaria. 

Esto es todo por el momento. Querría haber escrito antes sobre este tema, ya que concluí la semana de castigo el viernes, pero ese día sentí la necesidad de hablar de otra cosa y luego me quedé sin Internet. Pero como se suele decir, más vale tarde que nunca. Aunque tampoco creo que esto sirva de mucho en primer lugar. Qué más da. 

viernes, 24 de mayo de 2013

De las reglas del juego



Anoche, poco antes de despertar, tuve una pesadilla. 

Estaba en mi habitación, en la cama, jugando al ajedrez contra una chica. Tenía los ojos rojos y me miraba terrible. A cada jugada titubeante mía, ella respondía rápida y mortal. Las partidas duraban minutos. Se reía de mí y yo estaba muerta de miedo. Pronto iba a estar muerta de verdad si no hacía algo, porque cada vez que perdía me sentía más débil. Pero no podía irme, no tenía escapatoria y por tanto no podía dejar de jugar.

Esto me recuerda misteriosamente a una escena de La isla de Bowen... ¿no podíamos jugar al Trivial?

Soy muy mala jugando al ajedrez. Principalmente, porque he jugado muy poco en mi vida. Mi abuelo era un gran jugador, y antes de la comida de Navidad siempre jugaba contra mis hermanas y mis primos. Huelga decir que ganaba siempre. Yo miraba, pero era muy pequeña para entenderlo. Ya de mayor, solo sé cómo se mueven las piezas, pero no sé nada de estrategia. Le pedí a Dámaso que me enseñara, pero no teníamos tablero ni piezas y a ninguno se le ocurrió regalarle uno al otro por su cumpleaños. Da igual. Tampoco iba a necesitar esa habilidad, ¿no? Pues por lo visto, en sueños sí.

Entonces apareció otra chica por la puerta de mi habitación. Juraría que era mi ex-compañera de piso, y hay una buena razón para esto, pero no puedo asegurarlo. Miraba la escena, me miró a mí y me dijo: "Intenta destruirte, ¿no lo ves? Va a por ti. Y no debes permitírselo. Lucha." Y era verdad. Ni siquiera había intentado defenderme. Simplemente movía las piezas y me dejaba matar. 

Me lo tomé más en serio, pero entonces me di cuenta de que todo era un sueño y me desperté sola. Con un detalle: corrí al ordenador a jugar una partida contra la máquina. Puse a la máquina en modo torpe y gané. Reconozco que eso consiguió aliviarme.

Luego se lo conté a mi ex-compañera de piso, alias la Terapeuta. Le solía contar mis sueños cuando vivíamos juntas y ella intentaba interpretar su significado. Quizá algunas veces no lo tuviera, pero me gustan esas cosas. Ambas coincidimos en el de éste. Y es que la vida está hecha de juegos que jugamos contra otros o junto a otros. En este caso, contra. Y se acerca el momento de que mueva pieza. 

Como siempre que examino una jugada, una palabra o un acontecimiento, pude sentir las distintas opciones a mi alcance y las consecuencias a velocidad de vértigo. "Ataca." "¿Y para qué?" "Ignóralo." "No quiero." "Defiéndete." "Ni de coña voy a agachar la cabeza." "Perdona." "¿Mande?"

Ese era Oscar Wilde en mi cabeza. Perdona siempre a tu enemigo: no hay nada que lo enfurezca más. En este caso, era sonreír y asentir ligeramente. Retirarse sin entrar a trapo. Quitarse el sombrero, dar la vuelta con elegancia y no recoger el guante en el suelo. 

Y mientras abandonaba mentalmente el tablero, pensé para mis adentros que uno puede jugar a no jugar. Se suele decir que jamás hay que jugar al juego del contrincante, porque de ese modo siempre se está a la defensiva y se pierden de vista los propios objetivos. Pero también se puede cambiar a otro juego totalmente distinto. Si te retan al ajedrez, juega a las cartas. Si te retan al billar, juega al Trivial. 

Es más fácil decirlo que hacerlo y sé bien que me olvidaré de todo esto cuando más lo necesite. En sueños, por ejemplo. Por si acaso, voy a intentar acordarme de llevarme el móvil a mis sueños. Así, si alguien intenta molestarme otra vez, me pondré a hacer sudokus. 

Buenas noches. 

jueves, 23 de mayo de 2013

De mis películas II: "Más extraño que la ficción" (Stranger than fiction)


No hace mucho escribí una crítica cinematográfica, así que quizá debería dejar esta para más adelante y organizar los contenidos del blog mejor. Pero se dan dos circunstancias: la primera, que me apetece escribir sobre una película ahora. Y la segunda, que hasta el viernes me he castigado a mí misma sin series. Más información al respecto el viernes o el sábado. (Nota mental: organizar de verdad los contenidos para que el blog sea más profesional y menos caos).

Más extraño que la ficción es una película de 2006 protagonizada por Will Ferrell, Emma Thompson, Maggie Gyllenhaal y Dustin Hoffman. Podría clasificarse como comedia, aunque no es una comedia al uso. Y la razón por la que me gusta tantísimo es porque me inspira.

¿Qué pasaría si un día escucharais una voz en vuestra cabeza narrando vuestra vida omniscientemente? Yo me lo imagino muy a menudo, pero no sé qué haría si fuera verdad. El protagonista de esta película es un hombre corriente con una vida muy aburrida que un día empieza a escuchar una narradora en su mente. El problema viene cuando esa narradora dice que va a morir. Lógicamente, intenta buscar a la escritora por todos los medios para que no lo mate... Y pasan muchas cosas.

Señor, adoro esta película. Me casaría con todos los personajes. Me pasaría horas y horas contemplando sus vidas. Especialmente la del personaje de Maggie Gyllenhaal, que junto con Will Ferrell protagoniza una de las escenas más bonitas del mundo (por si la veis o habéis visto: la de las galletas). Mataría por escribir personajes como ella. Emma Thompson está soberbia. Su personaje está como una cabra, pero me encanta. Y su exquisito acento británico es un plus. Fumaría por ella. Dustin Hoffman, ay... Quiero un profesor así. Magnífica la escena de las 23 preguntas. Y en cuanto a Queen Latifah, que me la había olvidado antes, cumple genial en su humilde pero necesario papel secundario que aporta un poco de cordura a toda la película. 

Pero eso no es todo. La trama en general está bien. Siempre sale algún listo diciendo que es imposible y que la cuestionará, y es bueno. Uno debe cuestionarlo todo, incluso las cosas que le gustan. Yo misma he cuestionado la trama de esta película varias veces, pero es tan bonita y está tan bien hecha que al final me rindo a sus encantos y me la creo enterita. 

Los gráficos y la fotografía, brutales. El contraste entre el mundo de Ana, el de Karen y el de Harold es muy estimulante. La banda sonora, a la que yo siempre doy mucha importancia, es correcta: acompaña bien a la película pero no destaca en ningún momento. Funciona. Es preciosa y funciona.

No puedo evitarlo: tengo que volver a la escena de las galletas y al personaje de Maggie Gyllenhaal. Es tan importante porque cuando la veo sé que quiero contar historias así. Quiero que la gente sienta lo que yo siento cuando veo esa escena. Quiero que alguien se sienta tan inspirado y tan bien como me siento yo cuando veo esa escena. Y es la cosa más sencilla del mundo, pero es preciosa.

Así que ya veis. Una comedia inteligente, con un reparto de calidad, buena ambientación y banda sonora y mejor guión y personajes que, si tenéis un gusto similar al mío, os cautivarán totalmente. Si no... En fin, al menos habéis visto algo distinto y podréis criticarlo a gusto. Y criticar es un placer muy importante. He dicho. 

domingo, 19 de mayo de 2013

De Eurovision 2013


"¿Eurovision, Cristina? ¿En serio?" Pues sí.

Reconozco que en lo que a música se refiere, no soy difícil de complacer. Tanto es así, que en los últimos dos meses he comenzado a escuchar música hindú (principalmente canciones de Bollywood) y música pop coreana (sin comentarios). Yo no era una gran fan de Eurovision de pequeña, la verdad, pero hace tres años las cosas cambiaron y desde Oslo 2010, no me pierdo una edición.

Normalmente, quien me bombardea con las canciones desde meses antes del festival y quien las comenta conmigo es Noelia, de ahí que este año estuviera bastante descolgada: Noelia estaba en Iowa. Por tanto, tuve que esperar a las semifinales para poder escucharlas todas. Y qué puedo decir...

No ha habido grandes canciones, pero ha habido más calidad en general. O dicho de otro modo: no ha habido ninguna canción horripilante, pero tampoco ninguna canción grandiosa. Las semifinales fueron injustas y canciones que se merecían llegar a la final, no llegaron. Da rabia, pero ocurre todos los años. A otra cosa.

Para hablar de la final tengo que hablar de los momentos previos y de la maravillosa presencia de Noelia en mi piso. Se ha venido unos días conmigo y hemos convencido a un par de amigos más para que se vinieran y ocupar el salón por una vez ver la final todos juntos. Como viene siendo tradición, cada uno hemos recibido dos países para beber un trago en su honor cada vez que reciba puntos. Un trago de alcohol, naturalmente. En este caso, vodka polaco. Na zdrowie!

Este año la final ha sido muy tranquila, por no decir aburrida. Mucha balada y mucha canción olvidable... Pero alguien tenía que ganar. Todas las apuestas y porras situaban a Dinamarca como la gran favorita y, por segunda vez consecutiva, han tenido razón: Dinamarca ha ganado con la canción Only Teardrops, para disgusto de mis amigos y regocijo mío. Yo sí quería que ganara.

"Es muy normal", "No me dice nada"... ya. ¡Pero es que no hay nada más! Y esta canción, eurovisivamente hablando, lo tenía todo: pegadiza, bailable, buena secuencia instrumental, voz agradable, buena puesta en escena y buena promoción. Un inciso para este último punto.

Mi hermana MD no es fan de Eurovision, pero por circunstancias de la vida, este año lo ha seguido enterito. Cuando escuchó la canción danesa me dijo: "Cris, esta canción me suena... ¿la han puesto en alguna parte?" "Pues no sé... A mí no me suena." "Búscalo, anda". Y no, no encontré nada. Hoy he vuelto a hablar con MD: "¡Cris, ya sé de qué me sonaba! En Divinity la han usado para promocionar Anatomía de Grey".

Ahora unamos los puntos todos juntos, ¿vale? Un canal español dirigido a un público principalmente femenino (Divinity), una de las series más populares que hay (Anatomía de Grey) y una canción pegadiza (Only teardrops). Si esta es la promoción que han tenido en España, no sé cómo han podido ganar... *modo sarcástico activado*.

Sin embargo, hay un motivo de celebración: Copenhague está cerca. Más cerca que Malmö, al menos, y definitivamente mucho más cerca que Bakú. Así que, como es costumbre, hemos vuelto a hacer promesa: "Si estamos en Europa el año que viene, iremos a Copenhague a verlos". Brillo en los ojos, juramento sellado con los meñiques y esperanza que nos durará hasta que el destino cruel nos separe de nuevo. O más bien, hasta que, aun estando en Europa, nos sea imposible ir por falta de presupuesto.

Pero eso poco importa. Nos hemos reunido, hemos cantado, hemos reído y nos hemos emborrachado. Y eso, a fin de cuentas, es lo que importa en Eurovision. Emborracharse, quiero decir. Cualquier excusa es buena.

Y si no, que se lo digan a los de Grecia...

lunes, 13 de mayo de 2013

De mi tía Manoli


Mis tías Manoli y Elvi son primas de mi madre. Por tanto, mis tías segundas. Tengo seis tíos carnales con sus respectivas y extensas familias, pero mis tías Manoli y Elvi son las únicas que han sido tías mías en toda la extensión de la palabra. Además, han representado para mí siempre un modelo de la mujer independiente: nunca se han casado. Viven juntas y llevan una vida tranquila y apacible, rodeadas de libros, películas y largos paseos por Valencia. 

Sin embargo, con mi tía Manoli me llevo mejor.

Mi tía Manoli no terminó el colegio y no se sacó el graduado escolar. No por falta de inteligencia o memoria, como ella dice, sino porque era otra época y otros profesores. Sin embargo, es una de las personas más cultas que conozco. Ella y Elvi tienen en su casa miles de libros y películas. Muchísimos. Han leído mucho y de todo, pero a mi tía Manoli le fascina especialmente el Antiguo Egipto y sabe una barbaridad del tema. 

Además, mi tía Manoli es una mujer muy guapa a sus 46 años. Hermosísima. De piel blanca, fina y suave -signo distintivo de la rama materna de mi familia-, pelo prematuramente cano y liso que tiñe de pelirrojo, rasgos dulces y definidos, mirada aguda e inteligente, manos suaves y delicadas, cuerpo de ninfa y sonrisa de ángel. Por desgracia, ha tenido mala salud toda su vida.

Al contrario que su hermana mayor, mi tía Manoli siempre ha tenido espíritu curioso y le hubiera gustado viajar. Nunca ha podido hacerlo, por desgracia, aunque recientemente la convencí de que me prometiera acompañarme en mi próxima visita a Londres. Tenemos un carácter bastante similar en ese aspecto, la verdad. Y en muchos otros.

Fue la primera persona que no se rió cuando le dije que quería ser escritora. Yo tenía 13 años y hubiera sido muy fácil frustrarme. Pero lejos de hacer eso, siempre ha escuchado con paciencia mis ideas, leído los tontos relatos que le escribía por entonces y me ha animado. En una ocasión la sorprendí escribiendo en un cuaderno, por lo que sospecho que ella también crea sus historias en secreto.

Mi tía no sabía que iba a ir a Valencia la semana pasada. Por eso, su cara cuando me abrió la puerta fue de sorpresa total, no pudo remediarlo. Estuvimos un rato charlando y, cuando Elvi se fue a misa, le conté mis últimos proyectos y lo que estaba escribiendo con una amiga. Ella escuchó y asintió. Sin embargo... "¿Y qué hace falta para que escribas tus propias historias, Cristina?" Estaba en lo cierto. Mucha idea y poca letra, me temo. "Es que para lo otro me mete caña esta chica. Para lo mío, nadie." "¿Te meto caña yo?".

Me enterneció de golpe. No solo por ser una expresión que ella jamás usaría, sino por todo lo que había detrás de esas cuatro palabras. El cariño idiosincrásico de tía, pero sobre todo el interés por leer lo que yo tuviese que contar. Aquello me puso de buen humor para el resto del día.

Adoro a mi tía Manoli. La adoro porque es la clase de tía que seguramente fue Jane Austen, en parte madre y en parte amiga. La adoro porque reconozco mis miradas en las suyas y mis pensamientos en sus palabras. La adoro como se adora a las personas que no solo te gustan sino que son afines a ti y con las que puedes compartir una parte más íntima de ti. Y la adoro porque sé que aunque no publique jamás, ella siempre leerá gustosa lo que escribo y siempre creerá que soy genial aunque yo no lo crea. 

Por todo eso, se merecía su pequeño homenaje aquí. Homenaje que no leerá jamás porque no tiene Internet, pero no importa. Gente tan especial como ella merece ser la protagonista de algo. Aunque sea algo tan insignificante como esto. 

martes, 7 de mayo de 2013

De mis películas: "El Santo" (The Saint)



Me encanta ver películas tanto o más que leer, así que considero imperdonable no haber escrito todavía ninguna reseña sobre mis películas preferidas. Voy a hablar de El Santo (The Saint), película de 1997 protagonizada por Val Kilmer, Elisabeth Shue y muchos rusos. Y sí, es la clase de película ante la cual mucha gente levanta una ceja y pregunta: "¿Por qué?"

No es para menos. La trama de buenas a primeras ya echa para atrás a más de uno: un ladrón de guante blanco al que encargan robar la fórmula de la fusión fría (tiembla, Dámaso) a una científica guapísima y adorabilísima de la que por supuesto se enamora. 

A mí me gusta, pero así en frío confieso que tiene sus "peros". Muchos. Pero en las tres líneas que he escrito encuentro tres. 1. ¿Fusión fría? ¿Hola? Mucha ciencia ficción, pero tal y como lo presentan en la peli parece tan fácil como hacer verde mezclando azul y amarillo. 2. La mujer del renacimiento me cae muy bien, pero muy genio tiene que ser la muchacha para haber descubierto todo eso solita y tan joven. Y 3. Claro que se enamoran. Hay que captar al público femenino (modo sarcástico activado). Y eso que no he mencionado siquiera a los malos de la película (el cine estadounidense, desplegando su inagotable creatividad: asignando los roles antagonistas a nazis y rusos desde tiempos inmemoriales).

¿Y por qué me gusta, entonces? Pues muy probablemente porque la vi con siete años y guardo muy buen recuerdo de películas de aquella época que seguramente no me gustarían tanto de haberlas descubierto a mis veintidós años. Sentimentalismos de los noventa aparte, lo cierto es que la película no es tan mala. Tiene muchos puntos a su favor y no debo de ser la única que lo piensa, ya que según Wikipedia se ha convertido en película de culto. Que me digan dónde está el templo, por favor.

Primero y principal, que te crees a sus personajes (en su universo, por lo menos, encajan) y que tienen una química increíble (de esto se podrían escribir entradas enteras). Tal vez se odien detrás de las cámaras, pero ante ellas dan el pego como enamorados totales y absolutos. Y eso, qué queréis que os diga, me gusta mucho. 

Segundo, que probablemente sea la única película en la que Val Kilmer salga sexy. Y es que a la criatura cuando no le falla el cuerpo, le falla el personaje. En El Santo los planetas se alinearon para que pudiera tener al menos una película en la que es el chico total e indiscutible. Durante años amé incondicionalmente a Simon Templar, lo confieso. 

No menos importante: la poesía. Aunque era pequeña, todo el rollo de Shelley y de poemas susurrados al oído me cautivó al instante. Hace tiempo, cuando uno buscaba el poema por Internet encontraba un análisis muy bueno de la presencia de Shelley en El Santo, pero lo busqué para escribir esta entrada y desapareció. Lástima. 

La banda sonora, además, es preciosa sin destacar excesivamente: funciona bien gracias a la película y la película funciona gracias a ella. Se unen armónicamente y se complementan la una a la otra.

Finalmente, y esto es lo más importante: que distrae. Ergo, el producto funciona. A mí por lo menos no se me hace nada aburrida. Todos los elementos encajan bastante bien y dan lugar a un producto bien hecho e interesante que, aunque tiene muchos fallos, deja buen sabor de boca. Y en mi caso, muchos y dulces recuerdos de mi infancia, soñando que era la doctora Emma Russell y que iba a salvar el mundo. Angelica... 

Y hasta aquí la (espero) primera crítica-recomendación de película. Solo para terminar de tentaros, si os apetece verla en VO sin subtítulos, la tenéis disponible aquí. Disfrutadla, o no. En cualquier caso, no dejéis de contármelo.

viernes, 3 de mayo de 2013

De la semana sin Facebook: conclusiones


La idea de desactivar mi cuenta de Facebook durante un período corto de tiempo no era nueva; llevaba algún tiempo rumiándola. Pero el jueves pasado, sencillamente me agobié demasiado. Me han preguntado varias veces qué me movió a tomar esa decisión, pero no creo que los motivos sean importantes. Simplemente, estaba prestándole demasiada atención a una página web que en términos objetivos, no me hace más feliz. Al contrario, mi nivel de ansiedad estaba aumentando. Y yo ya soy una persona nerviosa de por sí. Decidí que necesitaba un descanso y me lo di. De eso hace siete días.

Siete días sin mensajes. Sin notificaciones. Sin actualizar la dichosa página veinte veces. Mandé un mensaje a los contactos que veo en persona dándoles mis datos (e-mail, Skype, móvil), dije que me iba durante una semana y desactivé la cuenta. La primera reacción fue muy visceral: me eché a llorar de alivio. Como si me hubiera quitado un peso gigante de encima. Y a lo largo de esta semana, he llegado a conclusiones bastante interesantes que me gustaría compartir. Porque durante estos siete días he tenido que responder muy a menudo a esta pregunta: "¿Y cómo es estar sin Facebook?"

1. No se pierde el contacto con la gente por no tener Facebook: En primer lugar, si quieres saber quién cuenta realmente contigo, quítate Facebook: la gente con la que tienes relación va a seguir ahí. No te rayes. Si de verdad quieren contactar contigo, van a encontrar la forma. Especialmente si se la proporcionas. De mi lista de contactos habituales a diario, no faltaba nadie. Mamá, hermanas, amigas y amigos más cercanos. Primera conclusión: si alguien pasa de ti porque "no tienes FB", no le importas.

2. No se aprovecha más el tiempo por no tener Facebook: Doy fe. Pero sí he sido consciente de todo el tiempo que pasaba en Facebook enterándome de la vida de los demás, esa que no es mi vida y que por tanto no debería suscitarme tanto interés, o compartiendo mi vida como si a alguien le interesara de verdad. Al principio, sobre todo, me daba mucha cuenta cuando me intentaba conectar por las mañanas: lo hacía automáticamente y sin pensar. Pero al cabo de dos o tres días, aprendes a hacer cosas con ese tiempo. Te concentras mejor en tus otras tareas (no hay una página en constante efervescencia interrumpiéndote) y puedes disfrutarlas más. En mi caso, he escrito como una loca.

3. No necesitas Facebook para trabajar, desengáñate: "Es que tengo un grupo en FB de mi clase de Swahili/Traducción Jurada/Club de ganchillo/Loquesea". Vale, FB es un sistema cómodo de compartir información, pero hay otros métodos. Existen las listas de correo, las conversaciones de correo. Que distraen menos y son más eficientes. Claro, no puedes convencer a la gente de que adopte tu sistema. Pero tú tampoco tienes por qué aceptar Facebook. Yo estoy en el grupo de una asignatura y simplemente le he pedido a un compañero que me envíe lo más relevante por correo. ¿Es molestar a alguien? Vale. Ya le devolverás el favor. ¿Quiero decir que todos deberíamos dejar los grupos de FB? No. Yo misma no voy a hacerlo. Pero se puede. 

4. No necesitas compartir cosas en Facebook: recupera tu privacidad y el control sobre tu vida. Sí, es divertido compartir las cosas que haces. ¿Pero sabes? Luego hay demasiada gente que sabe lo que piensas y lo que haces. Y lo que es peor: tienen pruebas de que lo has dicho o hecho. Cada vez que compartes algo en FB sobre ti, estás jurando sin querer sobre la Biblia. No hay contexto. Y sí, puedes controlar quién recibe esa información. Hazlo, está bien. Pero ten presente que eres dueño de tu silencio y esclavo de tus palabras. En esta semana, he echado de menos compartir algunas tonterías. Y lo he echado de menos solo un segundo porque eran eso: tonterías. Sé que volveré a hacerlo; pero al menos durante una semana he tomado conciencia de cuánta porquería soltaba por FB. 

Y finalmente...

5. Facebook es excelente para hacerte publicidad: especialmente si tienes un blog que no lee ni el tato. Publiqué una entrada hace un par de días. Por placer, pero también para completar el miniexperimento semanal. Y los resultados han sido los esperados: al no publicar el enlace a la entrada en mi FB, el número de visitas se ha reducido. La entrada "Del Sistema Solar" recibió 15 visitas. La última entrada, 9. Se ha salvado un poco la situación porque dejé un comentario en el blog de César Mallorquí y ha habido tráfico desde ahí. De lo contrario, todavía habría recibido menos. 

Conclusiones finales: Se puede vivir sin Facebook. Muy bien, de hecho. Yo elijo, por el momento, mantenerlo. Pero no descarto repetir este experimento en el futuro y lo recomiendo encarecidamente a todo aquel que quiera darse un respiro y adquirir más conciencia del tiempo que realmente tenemos. Si me disculpáis, voy a echar un ojo a las últimas notificaciones.