jueves, 28 de marzo de 2013

De pañuelos, caramelos y trajes bonitos


O de cómo una atea como yo disfruta de las procesiones de Semana Santa de su ciudad. Es contradictorio y extraño, lo sé, pero todos tenemos una historia y la mía se remonta a la infancia, a las primeras procesiones de mi vida, cuando yo tenía unos cinco o seis años. 

Como era pequeña, colocaba un pañuelo de papel en la acera para no ensuciarme los pantalones. Ahí me sentaba yo con mi bolsa de pipas mientras mi madre y mi hermana MD estaban detrás de mí.

Los vestas (penitentes, nazarenos, capuchinos, elegid el nombre que queráis) en mi ciudad van muy bien vestidos y de pequeña me encantaban sus capas. Comienzan desfilando los cornetistas y trompetistas, que a veces tocan muy bien. Pero lo mejor venía al final: a veces, los vestas daban caramelos a los niños. Curioso: no podíamos aceptar caramelos de desconocidos, pero sí de los vestas, que son desconocidos encapuchados. Al cuerno la lógica; los caramelos estaban muy ricos.

Hay una procesión en particular que me gusta mucho por la historia que tiene detrás: el encuentro de Jesús con la Verónica. Recuerdo a mi hermana MD llevarme a hombros y decirme "Mira bien el pañuelo de la Verónica, que se le va a caer". Yo, pequeña e impaciente, le repetía a cada poco: "¿Cuándo se le cae?" Esa es la gracia de la procesión: cuando Verónica limpia la cara de Jesús, le quitan el pañuelo liso a la figura de madera y se ve debajo otro pañuelo con la cara de Jesús. Originales que somos en mi ciudad.

Años después, vi a un niño a hombros de su padre preguntando que cuándo se le caía el pañuelo a la Verónica... Hay cosas que nunca cambian, para bien o para mal. 

Es por todo esto que todavía hoy, atea convencida, me permito el lujo de ser una incoherente durante unos días para volver a sentirme como una niña. A fin de cuentas, rememorar buenos recuerdos es algo muy bonito.

Por si alguien siente curiosidad, aquí están los enlaces para ver el encuentro. Imaginad si podéis a una chica muy guapa de 17 años con una niña de rizos oscuros sobre sus hombros.

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!