lunes, 21 de enero de 2013

Arriesgarlo todo

Hace años que no me enamoro. Y meses desde la última vez que me sentí atraída por alguien de la vida real. Y me gusta que sea así. Y esa... Esa no era yo.

No voy a activar otra vez mis antiguos blogs para que os podáis reír a gusto, pero siempre he sido romántica hasta la médula. Siempre he creído en el amor sincero (que no para toda la vida), en las mariposas en el estómago, en las relaciones adultas que permiten a la gente crecer y desarrollarse, en las relaciones que se luchan a diario. Y antes de esa versión tan sensata, creía en Cupido, las almas gemelas y un largo etcétera de tonterías. Pero la esencia permanecía intacta.

Pese a no haber tenido jamás pareja, pese a mirar la vida pasar sin participar de ella, jamás dejé de desearlo. En mis épocas más cínicas, me convencía pensando que quizá yo también podía liarme con cualquiera. Luego fui sincera conmigo misma y vi que me parecía estupendo, pero no para mí. 

No es que no me guste nadie desde hace meses. Es que he dejado de enamorarme del concepto. Ya no lo quiero. En ninguna de sus maneras. La sola idea de embarcarme en una relación me da náuseas, hasta tal punto de ver cómo mi libido se va desvaneciendo. Y no lo añoro.

¿Por qué tan cínica? Por mis mujeres. No, no es la clase de pregunta trascendental sin respuesta que te deja en vela por las noches. Sé muy bien por qué me repele la idea de salir con alguien. Porque no he visto a ninguna de mis mujeres ser más feliz, o crecer, o estar mejor cuando están con alguien. 

Dejando a un lado el lastre emocional que todas ellas cargan desde la infancia (porque la vida no precisa del amor para traernos desdichas), la verdad es que solo las he visto peor. Llorando, odiando, odiándose, perdiendo el tiempo, sufriendo y sintiéndose culpables. Como si la vida se detuviese ahí. Y pardiez que no se detiene, porque todas ellas tienen trabajos, obligaciones, familias y problemas más allá de sus parejas. 

¿Por qué echar más leña al fuego? ¿Es de verdad tan necesario? ¿Seré tan cínica solo porque nunca lo he conocido? ¿Es la ignorancia la que me ha convertido en una necia insensible? Quizá. Pero no es todo. Sí, considero que enamorarse sabiendo que siempre acarrea sufrimiento en una vida que ya de por sí es dolorosa me parece masoquista e innecesario, pero hay algo más.

Ayer fueron dos las amigas que me animaron a enamorarme. No a que saliera a la calle hasta encontrar a un chico de mi gusto, sino a que no cerrara esa puerta. Dos días atrás, otras dos amigas me dijeron lo mismo, pero con distintas palabras. Y eso es importante, porque si anteayer no lo entendí, ayer sí. 

Una me lo dijo con un poema de Mario Benedetti. La otra simplemente me conoce muy bien, y fue esta la que llegó más lejos. "¿Insinúas que opino todo esto por miedo?" "¿Tenías alguna duda de que así fuera?"

Sí, la tenía. Porque nunca había sido esa clase de cobarde. Nunca me había asustado arriesgar por aquello en lo que creo. Al contrario: lejos de temer ese dolor, si el objetivo lo merecía, hasta lo deseaba. Pero no puedo empeñarme en negar lo que es evidente. Que ahora mismo me aterra la idea de arriesgar el corazón por amor.

Perturbado quizá por saberse observado, lo siento latir con más fuerza.

2 comentarios:

  1. Eh, eh, eh... mi experiencia que no te pese, que tú no tienes tan mal gusto como yo.
    Que sí, que es un proceso humillante y desagradable, pero también se conoce a veces un tipo de felicidad un poco distinto del resto de experiencias. Ni mejor ni peor. Diferente. Supongo que con un sabor más fuerte, con más cuerpo que el del resto. No hay más que mirar la temática de canciones de todo tipo...

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  2. Hey :) Respondo tardísimo, pero siempre respondo. Y no, no era por eso y lo sabes. Simplemente, que me sentí vulnerable. Sigo pensando, no obstante, que el amor romántico no es bueno para las mujeres. Un beso, cielo.

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!