miércoles, 30 de enero de 2013

Abrazando ciudades

De la relación tan especial que tengo con las ciudades de mi vida ya he hablado. Lo que no he comentado todavía es que a veces las abrazo. Literalmente. O no, depende.

Así como suena. Me acerco a un edificio, un edificio que para todo el mundo es solo un monumento pero que para mí es la conexión directa con mis recuerdos -casi siempre felices- y lo abrazo casi con el mismo cariño con el que abrazo a un amigo. Casi. Todavía no he perdido la cordura.

Y tengo testigos. En Valencia, sin ir más lejos, al reencontrarme con la tierra que me vio nacer, no pude evitarlo. Iba con Anna por la Catedral y al llegar a la plaza de la Virgen me acerqué al pórtico gótico y le di un abrazo. Un "te he echado de menos". Anna me sacó una foto, claro. No quise ni verla. No soy de las que farda de sus demostraciones de afecto. Vale, aquí sí, pero todo blog es un acto exhibicionista disfrazado de actividad intelectual, así que da igual.

¿Y en Granada? Ay, a Granada para abrazarla tendría que tenderme sobre ella. Quizá algún día lo haga. Por lo pronto, me contento con acercarme de vez en cuando al paseo de los Tristes, cuanto menos transitado mejor. Y en ese lugar, que tantas veces me ha dado paz, que tan pequeñitos ha hecho mis problemas y en el que tan feliz soy siempre, me siento un ratito, cierro los ojos -no los necesito abiertos para ver la Alhambra, preciosa y radiante, enfrente de mí- y me fundo con el lugar. Sin que nadie nos mire, Granada y yo nos abrazamos la una a la otra. 

Ahora vais a preguntar por Varsovia, y me va a tocar decir que todavía no lo sé. No es una ciudad sencilla, por tanto las respuestas tampoco lo son. Creo que el tranvía. Y el autobús. El metro no, porque ni paso tanto tiempo en él ni me deja ver la ciudad. Pero mirando por la ventana del metro o el tranvía, mientras la gente parlotea o escucha música, yo solo la miro con el deleite que produce la espera de algo fantástico. Estoy ahí, ergo voy a algún lugar. Y ella es una chiquilla y me muestra sus tesoros, sus calles, su gente. Y yo la acaricio con las manos de la mente, en un intento desesperado por darle todo el amor que se merece y no ha tenido (sí, va a haber un Moja Warszawa II cualquier día de estos).

De eso va realmente lo de abrazar las ciudades. No solo de vivirlas y de dejarse llevar y querer por ellas, sino de darles algo a cambio. De formar parte activa de ellas y quererlas, de ver en lo ordinario lo extraordinario, más allá de las piedras y los muros y los transportes y la gente y llegar a su esencia. 

¿Tiene esto sentido?

viernes, 25 de enero de 2013

Moja Warszawa



Varsovia se despierta temprano y se acuesta tarde. Mira sus viejas cicatrices, algunas todavía rosas, para no olvidarlas. Pero no se detiene a observarlas; sabe que la vida no está ahí. Suspira, sonríe y sale a la calle, a las calles remendadas, con olor a nuevo, a viejo, a prestado y a azul. Se recrea en el verde de sus parques, en la gente que pasa por ella. Varsovia es amable y generosa, una anfitriona que es atenta sin agobiarte. Que te dará lo que necesites si se lo pides y que te dejará a tu aire para que campes por ella a tus anchas, para que la descubras -y te descubras- a tu manera. Para que te pierdas sin perderte, pues todas sus calles están bien señalizadas para que sepas regresar desde sus entrañas. Varsovia sabe que pocos la entienden, pero se hace entender a través de cada ciudadano bienintencionado que usa su poco inglés, sus muchas señas y su gran sonrisa para ayudar y entender a quienes tenemos el privilegio de estar en ella. "Zakochaj się w Warszawie: "Enamórate de Varsovia", el lema de la ciudad. ¿Cómo no amarla, si ella te quiere y te cuida desde el primer momento. Un día basta.

Varsovia es M. y M. es Varsovia. La ciudad late bajo su piel. La misma sangre, la misma esencia, la misma fuerza. La misma en cada habitante de esta ciudad, tan querida por todos ellos y de la que tan orgullosos se sienten. 

Varsovia fluye siempre hacia delante, mas tranquila, como el río que la baña. Es joven aunque su mirada sea vieja, y es fuerte aunque parezca indefensa. Me mira caminar y vivir sobre ella y parece decirme: "Mi hogar es tu hogar. Olvida aquí tus penas y simplemente relájate, conócete, disfruta. Ya habrá tiempo para lo demás. Pero aquí sé feliz". Y lo estoy siendo. Varsovia era lo que necesitaba ahora mismo

(Warszawa, 31. VII. 2012)

Escribí estas reflexiones en mi cuaderno de viaje, que tiene condición de diario. Y como Diario, está sujeto a mis reglas de privacidad: solo pensaba mostrarlo a mis hijos o sobrinos. Pero este fragmento quise compartirlo desde que lo escribí.

En menos de cuarenta y ocho horas estaré en ella de nuevo. Congelada, eso seguro. Pero también feliz, y será doble esa felicidad, porque ya me deleita mientras la espero. Nieve en mi piel, blanco en todas partes, y bajo ella, una preciosa ciudad escondida.

Vale, está bien, lo admito. Y vodka. También habrá vodka.

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Moja Warszawa by Cristina S. Baixauli is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License

lunes, 21 de enero de 2013

Arriesgarlo todo

Hace años que no me enamoro. Y meses desde la última vez que me sentí atraída por alguien de la vida real. Y me gusta que sea así. Y esa... Esa no era yo.

No voy a activar otra vez mis antiguos blogs para que os podáis reír a gusto, pero siempre he sido romántica hasta la médula. Siempre he creído en el amor sincero (que no para toda la vida), en las mariposas en el estómago, en las relaciones adultas que permiten a la gente crecer y desarrollarse, en las relaciones que se luchan a diario. Y antes de esa versión tan sensata, creía en Cupido, las almas gemelas y un largo etcétera de tonterías. Pero la esencia permanecía intacta.

Pese a no haber tenido jamás pareja, pese a mirar la vida pasar sin participar de ella, jamás dejé de desearlo. En mis épocas más cínicas, me convencía pensando que quizá yo también podía liarme con cualquiera. Luego fui sincera conmigo misma y vi que me parecía estupendo, pero no para mí. 

No es que no me guste nadie desde hace meses. Es que he dejado de enamorarme del concepto. Ya no lo quiero. En ninguna de sus maneras. La sola idea de embarcarme en una relación me da náuseas, hasta tal punto de ver cómo mi libido se va desvaneciendo. Y no lo añoro.

¿Por qué tan cínica? Por mis mujeres. No, no es la clase de pregunta trascendental sin respuesta que te deja en vela por las noches. Sé muy bien por qué me repele la idea de salir con alguien. Porque no he visto a ninguna de mis mujeres ser más feliz, o crecer, o estar mejor cuando están con alguien. 

Dejando a un lado el lastre emocional que todas ellas cargan desde la infancia (porque la vida no precisa del amor para traernos desdichas), la verdad es que solo las he visto peor. Llorando, odiando, odiándose, perdiendo el tiempo, sufriendo y sintiéndose culpables. Como si la vida se detuviese ahí. Y pardiez que no se detiene, porque todas ellas tienen trabajos, obligaciones, familias y problemas más allá de sus parejas. 

¿Por qué echar más leña al fuego? ¿Es de verdad tan necesario? ¿Seré tan cínica solo porque nunca lo he conocido? ¿Es la ignorancia la que me ha convertido en una necia insensible? Quizá. Pero no es todo. Sí, considero que enamorarse sabiendo que siempre acarrea sufrimiento en una vida que ya de por sí es dolorosa me parece masoquista e innecesario, pero hay algo más.

Ayer fueron dos las amigas que me animaron a enamorarme. No a que saliera a la calle hasta encontrar a un chico de mi gusto, sino a que no cerrara esa puerta. Dos días atrás, otras dos amigas me dijeron lo mismo, pero con distintas palabras. Y eso es importante, porque si anteayer no lo entendí, ayer sí. 

Una me lo dijo con un poema de Mario Benedetti. La otra simplemente me conoce muy bien, y fue esta la que llegó más lejos. "¿Insinúas que opino todo esto por miedo?" "¿Tenías alguna duda de que así fuera?"

Sí, la tenía. Porque nunca había sido esa clase de cobarde. Nunca me había asustado arriesgar por aquello en lo que creo. Al contrario: lejos de temer ese dolor, si el objetivo lo merecía, hasta lo deseaba. Pero no puedo empeñarme en negar lo que es evidente. Que ahora mismo me aterra la idea de arriesgar el corazón por amor.

Perturbado quizá por saberse observado, lo siento latir con más fuerza.