domingo, 22 de diciembre de 2013

De por qué iría a la cárcel si no fuera una cobarde sin medios

Atención: este post es considerablemente más largo que la mayoría y además contiene tacos. Tengo moderación de comentarios y no dudaré en usarla si algún comentario me parece ofensivo, insultante, maleducado o sencillamente no me gusta que además de llevarme la contraria lo hagan con faltas de ortografía. Avisados quedan.

Esto, si esperáis un poco, es una entrada sobre el aborto. Porque sí, ya era hora de ir metiendo mis curiosos y ateos dedos en algunas llagas y porque el vivir tres meses en un país civilizado y trabajador te vuelve productivo, inmune al frío y además te recuerda que no tienes el derecho, sino el deber de indignarte cuando te intentan mangonear. Especialmente cuando lo hace el gobierno que trabaja para ti. 

Para quien no lo sepa, recientemente el gobierno de España, actualmente perteneciente al Partido Popular, ha aprobado una nueva ley referente al aborto que no solo vuelve a la ley de supuestos de 1985 (malformación del feto, riesgo para la madre y violación), sino que suprime el primero de estos supuestos. Básicamente, que si vas a tener un niño con espina bífida (por mencionar solo una de las pocas malformaciones que pueden hacerle la vida muy complicada a una criatura), lo tienes y te aguantas. 

Todo el mundo tiene una opinión sobre el aborto. Puede ser políticamente correcta o no. Puede gustarte tu propia opinión o no. Puede que te dé miedo, incluso. A mí no me gusta mi opinión sobre el aborto porque estoy en contra. En el sentido de que yo jamás abortaría. Y es aquí donde me traiciona mi halo de superioridad moral, dado que no tengo ningún deseo de confraternizar con nadie, lo que consecuentemente hace harto improbable que me vaya a quedar encinta a menos que sea por inmaculada concepción. Además, que me encantan los niños y me gustaría adoptar, así que si las circunstancias se produjeran y acabara embarazada... Pues salvo que fuera por violación, no me plantearía en principio interrumpir mi embarazo.

Eso lo haría yo. Yo mí me conmigo en mi mente, cuerpo y circunstancias. Pero no puedo hablar por las otras mujeres de mi país ni mucho menos imponerles mi criterio. ¿Quién soy yo para juzgar si fulanita usa o no usa condón? ¿O para decidir si puede o no puede afrontar psicológica y económicamente el tener un bebé que va a tener graves problemas de salud durante toda su vida? Ahora no recuerdo exactamente qué malformación era, pero es que la naturaleza cuando quiere es muy cabrona: las hay incluso que suponen una muerte segura (de 100%, de te mueres sí o sí o sí) para el niño (ahora sí, porque ya ha nacido) en sus primeros tres años de vida. De puta madre. Así que gestas a una criatura durante cuarenta semanas (casi diez meses, no nueve), le coges un cariño inmenso desde antes de la primera ecografía... Y te enteras de que esa criaturita que ya tiene nombre, apellidos y veinte babis que ya han tenido a bien de regalarle sus abuelos y tíos no va a llegar a cursar la escuela primaria. Y no solo eso, sino que vas a tener que verlo nacer y morir.

No, eso no está bien. Ponédmelo como queráis. ¿Religión? ¿En serio? ¿Pero qué dios puede ser tan miserable de traer a un ser a este mundo a morirse sufriendo y antes de tener uso de razón? Y pasando de dioses, ¿qué madre o padre quiere ver a su criaturita así? Ya es una pérdida inmensa, desde el momento en que te enteras de algo así, saber que tu niño o niña no va a vivir, como para encima tener que acompañarlo en su sufrimiento y perpetuarlo. Ahí el aborto es amor. Y también, si se me permite, algo de defensa propia, porque no son pocas las madres que no vuelven a levantar cabeza cuando pierden a un hijo. 

Comentaba antes que yo estoy en contra y lo estoy de la misma manera en que los antiguos griegos estaban en contra del matrimonio (preferían a los otros griegos que a las griegas, qué le vamos a hacer): el aborto es un mal necesario. 

En un mundo no perfecto, pero sí mejor que el que tenemos, no habría roles masculinos ni femeninos que emular y que imitar para ser considerado "normal". Si eres chica te gusta jugar a las muñecas, si eres chico te gustan el fútbol y los coches. Niñas de rosa y niños de azul. Las niñas son unas histéricas que lloran y se quejan y son dulces, sensiiiibles, tieeernas (ejem, pasivas, dóciles, sumisas, ángeles del hogar, manipulables, guapas, princesas, bonitas, necias, ignorantes, infantiles, ¿sigo?) y los niños son deportistas, valientes, fuertes y listos (ejem, qué tos, activos, con iniciativa, aventureros, de mundo, líderes, inteligentes, astutos, guapos, maduros, que saben cómo se hacen las cosas). En este mundo tampoco se justificarían las violaciones con frases como "se lo estaba buscando", "va provocando" y "si no quiere que la violen que no vaya vestida de puta". De nuevo, seamos egoístas. Con esas frases no solo estás demostrando el poco respeto que te merece una mujer, sino que también te estás llamando a ti mismo un animal incapaz de razonar y contener sus impulsos ante la presencia de "carne fresca, ¡ñam!" Pero oye, tú mismo. Desde luego, si crees que una chica está pidiendo que se la follen solo por llevar falda corta (a lo mejor se siente más cómoda a sí, tal vez simplemente le gusta cómo le queda... métete en tus asuntos), sí eres un animal. Y uno bastante cortito, además, porque el cerebro animal es lo suficientemente sofisticado como para saber cuándo su hembra está en celo. Que me lo pregunten a mí que tuve que tragarme varios celos de mi gata, con sus lloros lastimosos pidiendo macho y sus restregones por todas partes. 

Volviendo a este mundo mejor en el que no habría roles, tampoco habría religiones represivas que se empeñaran en meter el océano en un agujero en la playa. Si alguna persona conservadora con poder (jueces, políticos, curas, obispos, papas) empezó a leer este post y todavía sigue, he aquí un secreto: Señorías, los chavales han follado, están follando y van a follar, les parezca bien a ustedes, a su dios o a sus padres. Consentidamente y con más o menos acierto, pero lo van a hacer. Así que, ya que no podemos ponerles un cinturón de castidad a ellas y un cerrojo en el pito a ellos para que se estén quietecitos con sus partes, ¿por qué no les damos las herramientas necesarias para que disfruten de su sexualidad sin complejos, sin hacerse daño a sí mismos y sin hacerle daño a nadie? No es tan complicado, de verdad. Principalmente, porque el cuerpo se diseñó (o lo diseñó su dios) para gozar. Y a un chaval o a una chavala, a menos que le metas en la cabeza desde pequeño que tiene que avergonzarse de experimentar con su cuerpo, eso le parece una obviedad. El instinto es darse gusto, para eso está ahí. Para reproducirse también, claro que sí. Pero señores, si a los doce años estamos todos de acuerdo en que NO están desarrollados ni física ni psicológicamente para reproducirse y aún así les pica... ¿no es posible que esa NO sea toda su funcionalidad, sino que sirva a un propósito más noble como es la autosatisfacción y el placer, palabras tan sonoras como escalofriantes para algunos?

En este mundo mejor, por tanto, los chavales no solo disfrutarían mucho más de su sexualidad, libres de tabúes y etiquetas que los repriman, y no solo sabrían que tienen que usar condón, sino que entenderían por qué. Entenderían por qué se deben ese respeto a sí mismos y a su pareja. Entenderían por qué es importante respetar a la otra persona. Y los chavales no creo que follaran más, pero definitivamente lo harían mucho mejor. Y el mundo sería un lugar mucho más satisfecho y feliz, pero sobre todo respetuoso. 

En este mundo, también, sólo se producirían abortos por riesgo para la madre o por malformaciones en el feto. Porque en una sociedad respetuosa y donde la igualdad es un valor real no habría violadores y porque los embarazos no deseados apenas existirían. Así pues, la tasa de abortos dentro del resto de embarazos, deseados todos, sería única y exclusivamente debida a problemas de salud. 

Pero no estamos en ese mundo. Estamos en un mundo en el que digan lo que digan, la mujer sigue siendo vulnerable. En el que trabajamos igual (o más, porque muchas siguen llevando también la casa), cobramos menos y no se nos reconoce una mierda. En el que si te quedas en casa cuidando de tus hijos eres una mantenida vaga, si trabajas fuera eres una egoísta, si además eres la jefa eres mandona y ambiciosa, en el que si no llevas maquillaje eres una dejada y una marimacho, si vas muy maquillada y arreglada una puta y una presumida, si no te acuestas con alguien, monja, si lo haces sin protección idiota, si te tomas la píldora puta y si abortas eres satán. Y además se asume como normal el derecho a aplicar estas y otras muchas etiquetas en público y hasta a hacer chistes con ellas. YA ESTÁ BIEN. 

Y en este mundo es una mierda ser madre a los dieciséis. Es una mierda tener a una criatura que no vas a poder mantener. Es una mierda tener a un bebé que no quieres. Y un bebé no debería ser un castigo, sino un regalo. Yo voy a ser tía en abril y jolines, en casa nos morimos todos de ganas por verlo y conocerlo (va a ser un chico, por cierto) y por contarle cosas y por darle amor. Así habría de ser tu llegada al mundo, no un motivo de preocupación ni una desgracia. Por supuesto, lo preferible sería que esos embarazos no se llegaran a producir, pero ya hemos dejado claro que eso no va a dejar de pasar solo porque prohíbas abortar. Es más, ni siquiera se van a reducir los abortos: simplemente van a ser peligrosos. Y esa pobre chiquilla de dieciséis años, que muy probablemente ni siquiera sabía lo que hacía porque nadie se molestó en hablar sinceramente con ella sobre sexo y en internet leen lo que leen, tal vez aborte de una manera mal hecha, chapucera, que impida que con treinta años, ahora ya preparada, pueda ser madre. Esa es la primera consecuencia que va a tener la nueva ley del aborto: que los abortos sean tan ilegales como la marihuana. ¿Se consume marihuana en España? Sabemos que sí. Pues con los abortos va a ser igual. Va a volver la escena de Dirty Dancing en la que se practicarán abortos con perchas o, en el mejor de los casos y si te lo puedes permitir, el viaje a Londres en el que te han hecho una apendicitis. 

Llegué a España hace menos de dos días y esto me ha puesto mala. Y si tuviera la posibilidad real de encontrarme con Gallardón sin guardaespaldas, y si tuviera los medios y la oportunidad y el coraje para hacerle daño... En este momento sí, lo haría. Ni siquiera lo mataría: lo castraba. Como poco sería un justo ojo por ojo, o más bien pene por coño, porque nadie se pone a legislar sobre lo que el señor Gallardón puede o no puede hacer con sus órganos genitales. Mientras que, sin haberle hecho yo nada a este hombre, él sí tiene el poder, la autoridad, la legalidad (que no la legitimidad, no se confundan) y la poca vergüenza de legislar sobre los míos. 

Y hablando de leyes se me ocurre la ley Mordaza y me pregunto si por este post podrían encerrarme por ir contra España y atentar contra el honor de los políticos... Bueno, por si no nos vemos, felices fiestas. 

viernes, 13 de diciembre de 2013

De mis doscientos niños

No he calculado el número exacto, pero tengo aproximadamente doscientos alumnos y alumnas. Y en general, son todos estupendos. Sólo hay dos que no trago, y no porque no quiera. En el fondo son buenos chicos, pero mientras sigan alborotando a toda la clase, y aunque le pongo mucha voluntad, no puedo cogerles cariño.

Ya me sé casi todos los nombres de muchas clases gracias a las maravillosas fichas que les pedí y que, aunque a regañadientes, me están entregando. Algunas son auténticas obras de arte llenas de colores y fotos. Otras están hechas de cualquier manera en un momento -no es por generalizar, pero suelen ser las de los chicos. Pero bueno, le han dedicado algo de rato a hacerla y con eso me basta.

Tengo dos institutos y en los dos tengo clases maravillosas que me tienen enamorada. Tanto, que no quiero cambiar de horario para no perdérmelos. Una 10, MI 10, y una 8. Aquí tengo que explicarme un poco más...

El Gymnasium, que es lo más parecido a un instituto que hay en Alemania, va desde la Klasse 5 a la Klasse 12. En la 12 ya tienen 18 años y hacen el Abitur (la selectividad). Así pues, echando cuentas, la Klasse 10 suele tener entre 15 y  16 años y la 8, entre 13 y 14.

Así, a grosso modo, ha sido mi semana:

Alumnas de la 10 que escriben cómo conocieron a sus novios en una pregunta de examen, chiquillos de la 8 que me saludan veinte veces, que me desean Feliz Navidad dándome la mano y que preguntan inquietos si seguiré dándoles clase a partir de enero. Y más chavales de la 10, que me encuentro en el bus por casualidad y me sonríen de oreja a oreja aunque ya no estemos en clase y ninguno gane nada con el gesto. Y las niñas de la 9, que me la intentan colar con nombres obscenos en un juego. Y niñas de la 12 que por fin me dan las fichas. Y esta semana no he tenido a la 9 demoníaca-maligna y sí a la 9 superstar, que se lo saben todo, todo y todo. Y alumnos de mi 10, porque está la 10 y mi 10, que se me portan fatal y me ponen triste, y más cuando me entero de algunas historias.

Y si no estuviera moralmente prohibido los abrazaría a todos hasta ahogarlos. Porque yo, que nunca he tenido hermanos pequeños y siempre he soñado con tenerlos, me he encontrado de repente con doscientas personitas estupendas que, salvo excepciones, me escuchan e intentan aprender algo de mí. Si este año está siendo genial, Cristo, Naia y Sarah aparte, es por ellos. Por ellos da igual todo.

Plagaría el blog con anécdotas, pero mucho me temo que a menudo solo las entendería yo. Y tengo que volver. Y contar cosas de mi nuevo piso, al que me mudo en enero. Y de mi sueldo y de Berlín y de muchas, muchas otras historias que serán contadas en otro momento.

O eso espero :)

lunes, 11 de noviembre de 2013

De la calma tras la tormenta

Al día después de escribir la entrada anterior a esta, perdí la cartera con todo mi dinero en efectivo, documentación y tarjetas. Unido al gran cambio de no tener a mi cuerpi viviendo ya en mi piso, ha hecho que la última semana se haya convertido en un auténtico caos. 

Pero no hay mal que cien años dure. Ahora la situación está más estable: ya he recuperado el Semesterticket y una de las tarjetas. 

En cuanto al trabajo, hoy no podía haber ido mejor. Tengo doce clases: once son fantásticas y una es un poco... complicada. Los tengo todos los lunes y no sé qué hacer con ellos. Me ponen triste. Son listísimos pero no quieren hacer nada. Y aunque son así con todos los profes, no solo conmigo, me pone de mal humor. 

Bueno, pues el mileniarismo debe de estar muy cerca, porque hoy la Klasse 9 se ha portado bien. He tenido que ser toda una bruja para conseguirlo, eso sí, pero he conseguido que practiquen cómo se dicen las fechas y al final hasta he podido jugar al tabú con ellos. Hablando del Tabú, bien podría llamarse "San Miguel": donde va, triunfa. A todas mis clases les encanta jugar. 

Ahora puedo pensar. Hoy que no he tenido marrones. Hoy que me siento económicamente segura. Hoy que he trabajado bien y me he divertido es el momento de meditar en frío. Y no solo por la temperatura, que ya ha alcanzado el 1ºC en Neunkirchen. 

Necesito mudarme.

Dejemos a un lado lo obvio, que mis amigos estén en la capital. Dejemos a un lado lo segundo más obvio, que Neunkirchen es aburrido de narices. Hasta cierto punto podría darme igual. No tengo muchos problemas para vivir sola y Torrent, la ciudad donde vivo en España, es bastante aburrida. Eso me da igual. 

Pero estar aislada me agobia. No poder salir a las seis de la tarde porque no hay muchos buses y no compensa salir me agobia. No tener ni una tienda, ni una calle llena de gente ni nada cerca de mi casa me agobia. No poder ir a pie a ningún sitio salvo a trabajar me agobia. Y me hace entristecerme. Y estoy muy harta de estar triste. 

Querer es poder excepto cuando no se puede. Por eso no voy a precipitarme. Lo primero es hablar con mi jefa por si puedo irme antes del piso. Y lo segundo, buscar. Y sé por experiencia ajena que no es fácil. 

Pero jolín, sentir que si te murieras de golpe en mitad de la calle nadie encontraría tu cadáver hasta la mañana siguiente tampoco lo es. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

De octubre

Los primeros días que pasé en Saarland, como ya he comentado, los pasé con Sarah. Después pude instalarme al fin en mi piso, un lugar enorme, tétrico y barato que comparto con cientos de muñecas y alguna foto de mis caseros. Y hasta ayer, con Cristo. 

No toda la gente que vive junta son amigos. No todos los amigos saben vivir juntos. La mayoría de las veces es encontrarte con las circunstancias y trabajar con lo que hay. Los pisos compartidos son el paradigma del contrato social al que el ser humano está sujeto desde que llega al mundo. Y no siempre se sale bien parado. De ahí mi sorpresa al observar cómo el nudo de la garganta iba enredándose más y más según se acercaba el domingo -ayer- en el que Cristo se iría de mi piso para, por fin, empezar su vida en Saarbrücken.

Qué le vamos a hacer. Yo soy muy madre y él muy achuchable. Y aunque lo vaya a ver cuatro veces a la semana, echo de menos las botellas de vino que nunca superaban los tres euros (que no estamos para derrochar, señores) y las conversaciones eternas en el sofá. Y ahora estoy sola en el piso muerta de asco.

Bueno, muerta de asco no. Por fin se han acabado las vacaciones de otoño y vuelvo a trabajar. Tengo ganas de escribir de mis chicos, son listísimos todos. Algunos lo son tanto que se niegan a aprender con un "No entiendo", pero son niños. Con catorce años yo tampoco atendía a razones. Aun así les he cogido a todos mucho cariño y eso que solo llevo un mes con ellos.

Además, mis jefes son amor y en los institutos no saben qué hacerse conmigo. Es un gusto ir a trabajar y ponerse a hablar con éste y con aquélla y que se interesen en que enseñe un poco de catalán a los chavales. Cada profesor tiene su método y precisamente por eso aprendo muchísimo aquí. 

Ya hemos empezado el curso de alemán para extranjeros, a un horario horripilante para este país. Tanto es así, que voy a tener que salir casi media hora antes de la clase para poder volver a mi casa. Bueno. Hay cosas peores. El profesor del jueves es un machista y un homófobo, pero incluso en un país cívico, amable, moderno y respetuoso como Alemania de vez en cuando se puede encontrar uno manzanas podridas.

Naia ha vuelto de sus vacaciones. Se reanudan las clases. Cristo ya no está aquí para asustarme diciendo que el autobús ya está llegando. Estamos a día 4 (más de mes y medio aquí) y todavía no hemos cobrado ni cobraremos hasta el 13. Pasta y arroz y demos gracias por ello. Y también doy gracias por mis niños porque me levantan el ánimo y le dan un poco de sentido a mi vida. Y a Naia y a Cristo y a Sarah y a Philipp por crearme recuerdos geniales en tan solo un mes. Y a mi madre por no protestar cuando le pido más dinero. 

Tras esta breve pausa, dejemos que el mundo siga girando. Pero con suerte, ya he vuelto para quedarme.

jueves, 10 de octubre de 2013

De cuando no llego a todo

Quienes me conocen no tienen ninguna duda de que soy una vaga vocacional. Gozo del dolce far niente, pero además mi vagancia a menudo alcanza niveles pecaminosos. De esos que me condenarían al infierno por pereza extrema. 

Sin embargo, detesto no llegar a todo lo que quiero hacer cuando de verdad me apetece.

No trabajo muchas horas a la semana, la verdad; solo doce. Pero ya estoy empezando a preparar clases, algo tan divertido como cansado. De momento tengo a un adorable huésped en mi piso, al que me acabo de mudar, y entre cosas y otras no me llega el tiempo para hacer todo lo que quiero. Y me da rabia.

Entre las cosas que estoy dejando más de lado se incluyen dos muy importantes para mí: escribir y hablar con mis amigos. 

Y ya no me refiero a escribir en el blog, sino de verdad. Escribir un poco para Aeris y hablar con ella. Tener un rato de tranquilidad para escribir. Tampoco tengo tiempo de leer, claro. Y el colmo ha llegado esta noche.

Tengo a Cristo en casa. Él mañana no trabaja, así que quería ver una peli con él, ya que yo tampoco entro muy temprano mañana. Pero había quedado para hablar con M., con el que no hablaba desde... ¿agosto? Así que tuvo que esperar. Luego, claro, tuve que llamar a mi madre, que al final no ha podido escuchar nada de lo que le he dicho (gracias, Skype, de verdad). Ya puestos, he aprovechado para reconciliarme con MD, porque la tuve con ella hace un par de semanas. Y para cuando he vuelto al salón, cerveza en mano, Cristo ya estaba durmiendo plácidamente. No lo culpo; se ha levantado hora y media antes que yo. 

Es lo que tiene llevar horario alemán. Las tiendas están cerradas cuando puedes ir y los autobuses no parecen entender que te faltan horas para todo lo que quieres hacer. Las tecnologías te fallan cuando las necesitas y olvídate por ahora de tener un horario normal para hablar con la gente, leer lo que te gusta, ver alguna película, hacer vida social real y llegar a todo con el trabajo. Y divina, además. Porque solo soy cinco años más mayor que mis estudiantes más mayores y tengo que aparentar edad a base de rímel y pintalabios. Y todo eso no sólo lleva tiempo, sino que cansa. 

Me da rabia, lo confieso, porque ahora que tengo ganas de hacer cosas me voy a quedar con eso, con las ganas. Por fin he podido leer lo que me mandó Aeris y ahora haré la carpeta de Dropbox que prometí hace un par de días para compartir materiales para clase. Y con eso me retiraré a dormir. 

"Ya te hartarás de tener tiempo", dice esa voz en mi cabeza tan amable y sabia que de vez en cuando hace acto de presencia. Llegarán los días en los que ya no haya novedades ni niños de 15 años preguntándote si tienes novio y tengas tiempo de sobra para aburrirte de verdad delante de la tele o el ordenador. Ya te hartarás de volver a la vida de siempre; tranquila que llegará. Pero ahora...

...ahora cada día es diferente. Cada día hago cosas nuevas y conozco a gente distinta. Cada día la vida me desafía y me premia y me alienta. Cada día se me hace largo de puro intenso. Más me vale gozarlo mucho y apreciarlo como se merece, porque la rutina no tardará en llegar y entonces añoraré estos días en los que no llego a todo y parece que tenga complejo de Conejo Blanco del País de las Maravillas. 

Si me disculpáis, ¡¡llego tarde!!

domingo, 29 de septiembre de 2013

De cuando no me he muerto y más cosas. Muchas

Lo sé, lo sé. Llevo dos semanas sin escribir. ¿Acaso me he cansado de dramatizar sobre mi vida y publicar todo lo que me pasa aquí, ya que no me dejan en el BOE? ¿Me han amputado las manos y no puedo teclear? ¿Me han secuestrado y/o me he muerto? Nada de eso. Por suerte, los motivos para mi involuntario hiatus son mucho más positivos. 

Como alguien quizá haya deducido, ya estoy en tierras germanas. A falta de poder ocupar mi piso hasta el sábado que viene, estoy abusando de la hospitalidad de mi maravillosa amiga Sarah y de su novio Philipp. Ten amigos en todas partes. Sobre todo en el extranjero. Así que estos días he hecho muchas cosas, entre otras, desayunar como una reina y comer cosas muy ricas (y mandar a la mierda el propósito de hacer dieta hasta que me mude a mi piso). 

Así que, aunque pienso entrar en detalles sobre todos estos temas en las próximas semanas (cuando tenga internet en mi piso y tal), aquí va una de noticias:

-Ya han pasado tres meses, y nosotros, como la familia real, tenemos mucha clase: voy a ser tita. Si todo sale bien, en abril tendré una sobrinita preciosa a la que malcriar. No, no sabemos el sexo. Sí, va a ser niña. Porque lo digo yo.

-Tras muchas lágrimas y tristes despedidas, aterricé en Düsseldorf Weeze hace una semana. No me dio tiempo ni a llorar: desalojaron el aeropuerto porque habían encontrado una maleta abandonada en víspera de elecciones

-Las jornadas de recepción en Bonn estuvieron muy bien. Vi a viejos amigos, hice amigos nuevos y conocí a mi familia sarrentina: Naia y Cristo (Cristóbal. Sí, Cristo es mi amigo. Hablo con Cristo. Cristo y yo hemos comido pizza juntos), que también son auxiliares aquí en Saarland. 

-Saarbrücken es muy bonita. Neunkirchen es bastante fea. Adivinad dónde vivo y trabajo.

-Mi jefa es amor. Y el resto de profes también.

-El martes tenemos búsqueda del tesoro y barbacoa. Y el miércoles nos vamos a Luxemburgo de excursión. 

-Mis alumnos parecen majos... Por ahora.

-Puedo ir a Francia a pie desde aquí.

-Y estoy matriculada en la Universidad :). De las ventajas que eso me reporta ya hablaré. 

-He tenido una suerte inmensa de tener piso. 

Este año promete ser muy interesante... Ya me extenderé más, pero vamos, que sigo viva. 

sábado, 14 de septiembre de 2013

De príncipes, zorros, escorpiones y ranas

Formas de entender el mundo hay tantas como personas en él. Puedes parecerte a alguien en las cosas sencillas, como los gustos musicales, o en las más importantes, como la política o la religión. Pero los matices pueden marcar la diferencia, y mucho. 

A Marta y a mí nos gusta leer y escribir. Escribir juntas en La Qarmita con un trozo de tarta terciopelo rojo, pasándonos páginas, cada una con su música absorta en su mundo pero compartiéndolo a la vez con esa mesa y esa tarta y ese té. Nos gusta la repostería, las bromas de Friends, las librerías de segunda mano, las películas Disney, acostarnos y levantarnos tardísimo, los juegos que estimulan la imaginación... 

...pero ella ve el mundo en escorpiones y ranas. Y yo en zorros y principitos. 

Para quien no conozca la fábula del escorpión y la rana, reza lo siguiente:

Había una vez una rana sentada en la orilla de un río, cuando se le acercó un escorpión que le dijo: 
—Amiga rana, necesito cruzar el río. ¿Podrías llevarme en tu espalda? 
—No. Si te llevo en mi espalda, me picarás y me matarás. 
—No seas tonta —le respondió entonces el escorpión—. Si te picase, me hundiría contigo y me ahogaría. 
Ante esta respuesta, la rana accedió. El escorpión se colocó sobre la espalda de la rana y empezaron a cruzar el río. Cuando habían llegado a la mitad del trayecto, el escorpión picó a la rana. La rana, al sentir picotazo y darse cuenta de que iba a morir, le preguntó al escorpión: 
—¿Por qué me has picado, escorpión? ¿No te das cuenta de que tú también vas a morir? 
A lo que el escorpión respondió: 
Lo siento, rana. Es mi naturaleza, no lo pude evitar.
(fuente: Wikipedia)


Según la fábula, no se puede cambiar la propia naturaleza. Se es como se es y punto, aunque se sepa que se va a acabar mal. Yo, por el contrario, elegí a Saint-Exupéry como maestro. Es un poco largo, pero aquí está. Hablando con alguien del tema, me dijo que no debía sentirme como el zorro. No pudo estar más equivocado. Yo siempre me siento Principito. Buscando a alguien, cuidando de alguien. Dándole sentido a las personas de mi vida. 

Pero sobre todas las cosas, el Principito busca serenidad y control sobre sí mismo. Y amigos de verdad, conocerlos de verdad. El zorro supone para él un desafío, pero también su mayor recompensa. 

Es, en suma, una visión más optimista. Pero hoy creo en ranas y escorpiones. Alguna vez he sido escorpión, naturalmente. Solo que la fábula habla muy poco de la naturaleza de la rana. ¿Aceptará siempre? ¿Las otras ranas que hayan presenciado lo ocurrido transportarán al siguiente escorpión? ¿Y si su picadura no hubiese sido mortal? ¿Lo volvería a ayudar?

El ser humano tropieza dos (millones de) veces con la misma piedra. Y a menudo con la misma persona. En mi papel de Principito he aprendido que no se puede domesticar al zorro a cualquier precio.  Si el zorro te hiere una vez, puede ser por miedo. Si lo hace dos, porque puede. Si lo hace tres, porque tú quieres y lo consientes. La primera puede ser culpa de las circunstancias, la segunda de él mismo y la tercera mía. No sé cuántas llevo ya con esta persona; el instinto me pide que huya. Y huir es para mí un verbo muy noble en ciertas circunstancias.

Me pide que me acurruque bajo las sábanas y que les permita enjugar mis lágrimas. Que ponga el despertador temprano, haga lo que tengo que hacer y me vaya a cualquier sitio, a salvo. Que no pida ayuda, pero que no siga más y que no me acerque más a esa persona porque ahora mismo no hay nada que pueda hacer. Me dice que en una semana me esperan otros lugares con otras gentes y el beatífico cielo nublado para desvanecer mis penas un tiempo. Me recuerda que la sangre no siempre es más espesa que el agua y que yo no pertenezco aquí. Que jamás perteneceré a ningún lugar. Solo a aquellos zorros y rosas que domestique y que lleve conmigo. 

A la gente que no sabe amar (en plan pareja) sin perder la dignidad ni el amor propio se le debería hacer una lobotomía o administrarle la eutanasia antes de que destruya a la gente que sí estará con ellos para siempre aunque se hagan daño con el aguijón una y otra vez. Por el bien común. 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

De las cosas que hacer antes de los 25 años

Como me voy a Alemania, voy a dejarle mi viejo ordenador a mi madre para que me llame por Skype. Mañana lo llevo a formatear, así que ahora mismo estoy guardando las cosas que me interesan del viejo ordenador y borrando las que no. 

En una de tantas carpetas me encuentro este documento: "COSAS QUE HACER ANTES DE LOS 25 AÑOS". Recuerdo cuándo lo escribí. Tenía veinte años, estaba en tercero de carrera y vivía con Marta. De eso hace ya casi tres años. Muerta de curiosidad, lo he abierto conteniendo la respiración por saber cuántas cosas había cumplido ya. Es una lista muy corta porque, fiel a mi estilo personal, no la acabé en su momento. Y tiene cosas absurdas porque... Bueno, porque en ese momento me pareció una buena idea. 

Y sí, por supuesto, tengo tan poco sentido del ridículo que aquí os la dejo:

1. Terminar la carrera: Bah, esta era fácil. Hecho. 

2. Empezar el master: Próximamente... Me quedan dos años.

3. Aprender el lenguaje de sordomudos signos: Ahora no se me ocurriría usar esa palabra. Bueno, sé decir mi nombre. ¿Eso cuenta?

4. Empezar a aprender portugués: "Obrigado" :D. No, creo que no cuenta. Tengo tiempo.

5. Volver a Londres: Hecho. Más que hecho. Nochevieja de 2011, semana épica. 

6. Volver a Roma, aunque sea para mi 25º cumpleaños: Aún no.

7. Regalarle a mi madre el colgante de Tous que le debo desde que admitieron en la uni: Hecho en Reyes de este año :). Algún día contaré toda la historia, pero era una deuda pendiente.

8. Aprender a montar a caballo: Ya... Creo que les tengo más respeto a los caballos que antes. Pobre bicho, no es menester deslomarlo. 

9. Aprender a bailar tango: Reíos, lo merezco. De esta también paso. Sé bailar haciendo el tonto para que se rían mis sobrinos postizos y creo que es más importante. Además, ¿con quién iba a bailar?

10. Aprender a hacer galletas, paella y lasaña: Dos de tres. Este año he aprendido a hacer galletas y paella, pero todavía no sé hacer lasaña. En cambio, he aprendido a hacer berenjenas rellenas y empanadillas. ¿Eso no cuenta?

Legítimamente he cumplido casi cuatro, pero hay algunas cosas que no me interesan ya. Recuerdo que en su momento Marta y yo hicimos también la lista de cosas que hacer antes de morir, bastante más larga, solemne y en papel. No recuerdo muy bien todo lo que puse, pero sé que incluí entre otras "Plantar un árbol", "Ir de voluntaria a un país del tercer mundo" y "Aprender tiro con arco". Tuve una época muy zen-medieval-solidaria, sí. Claro que incluí cosas más vergonzosas, que una no es la madre Teresa ni mucho menos. Pero mi cupo de ridículo tiene un límite y creo que lo he superado con lo del tango. 

Ahora la lista sería muy distinta. De hecho, no creo que ahora se me ocurriera escribir una. Podría morirme mañana y no importaría lo más mínimo no saber montar a caballo. Excepto, claro está, que mi muerte se dé precisamente por carecer de esa habilidad. Entonces sí sería importante. Pero en Alemania no hay caballos, hay bicicletas... Mierda.

Por favor, decidme que no soy la única loca que escribió una de estas...

PD: acabo de recordar que en la versión ampliada también estaba "Leer la Biblia y el Corán" y "Leer el diccionario de la RAE". ¿Se puede ser más asquerosamente pretenciosa?

sábado, 7 de septiembre de 2013

De mis películas III: "La ventana de enfrente"


Tenía muchísimas ganas de volver a escribir sobre películas. Y sobre esta en particular, porque me trae muy buenos recuerdos de primero de carrera y las clases de italiano con Anna Suadoni. Hoy toca una película ideal para hipsters españoles porque no es muy conocida por aquí: La ventana de enfrente, de Ferzan Özpetek. 

Yo no soy muy de directores de cine, lo confieso. "Oh, adoro a Tarantino", "Christopher Nolan ha sacado una película nueva... El tema me importa un pito, ¡¡TENGO QUE VERLA!!" son frases que no me vais a escuchar decir nunca. Y sin embargo, me gusta mucho el estilo de Ferzan Özpetek, director de cine turco que realiza sus películas en Italia. Si os gusta esta, os recomiendo encarecidamente El hada ignorante

Antes de seguir, una advertencia: si por el motivo que sea no te gusta o eres incapaz de ver una película con subtítulos, no veas esta película. Os lo suplico: o la veis en italiano o no la veáis, porque la dobladora de la protagonista convierte a una mujer amargada en una mujer estúpida. Y no lo es.

La finestra di fronte trata de Giovanna y Filippo, un matrimonio joven que un día se encuentra a un señor mayor que se ha perdido. No recuerda su nombre ni dónde vive ni nada, aunque lleva dinero encima. Pese a las reticencias de la mujer, se lo llevan a casa para intentar averiguar su identidad. Insatisfecha con su vida y con todo lo que la rodea, Giovanna se dedica a fantasear con su vecino al que ve por la ventana. 

Tal vez no suene muy emocionante, pero no os cuento más detalles porque no la quiero destripar. Puedo deciros que empieza con una escena muy rara que no se entiende hasta mucho más tarde y que la historia es preciosa. Y no es lo único que tiene.

Empecemos por el reparto. Giovanna Mezzogiorno es perfecta. Adoro a esa mujer. No solo por lo guapísima que es, sino porque no necesita decir ni una palabra para expresar lo que siente; basta con mirarla a los ojazos verdes que tiene. Consigue que comprendamos al personaje de Giovanna y que conectemos con él al instante. Sí, también adoro a su personaje. Massimo Girotti también está tremendo en su papel; tristemente, falleció poco después de concluir el rodaje. Ya era mayor. 

A aquellos que aprecien la belleza masculina les gustará esta película aunque sea por Raoul Bova. Raoul Bova no es un gran actor, ni siquiera un buen actor. Pasa con un cinco pelado, pero es que nadie le va a dar papeles que requieran una gran interpretación porque no es esa su misión. Su misión es que la película sea... bonita, sexy. Porque Raoul Bova es hermoso y sexy, y ya con gafas te lo comes. 

La banda sonora (cómo no) es sublime. Su base es esta canción de Giorgia* y tanto la canción como la banda sonora son magníficos. Qué le vamos a hacer, me gusta la música de violín. Soy débil. Ah, y la versión de Historia de un amor que ponen es mi preferida. 

En cuanto al guión, escrito en parte por el propio Özpetek, cabe destacar que incluye una de las cartas de amor más bonitas del mundo. Pero sobre todo, adecuación y coherencia. Los niños son niños, con sus cosas. Y los adultos también. Te los crees. Te los crees a todos.

Buen guión, muy buen reparto, maravillosa banda sonora, ¿y qué más? Que conmueve. A mí me conmueve. Y que el final es motivo de debate: os invito a verla y a que compartáis vuestra opinión al respecto para poder daros la mía. Aquí la tenéis: ignorad el primer visor donde pone "Universal" porque solo tiene publicidad. Bajad y veréis un visor de VK, en versión original con subtítulos (algo cuestionables en ciertas partes, pero no están mal). Cambiadle la calidad para verla mejor. Disfrutadla y contadme luego qué os parece. 

*Aquí sale todo el reparto de la peli salvo Girotti, por razones obvias. Y salvo Raoul Bova.

viernes, 30 de agosto de 2013

De lo que cuesta hablar y de la mala huésped

Empezaré confesando que estoy escribiendo esto después de ver un capítulo de Dexter. Concretamente el 1x08, el del psiquiatra. Y esta entrada es larguísima. Avisados quedáis. 

Hablamos muy poco. Parloteamos muchísimo, eso sí. Decimos muchas cosas. Hablamos del tiempo o preguntamos por la madre de nuestra vecina en el ascensor, comentamos las noticias -internacionales, nacionales, locales y familiares, sin importar el orden. Y sí, si se tiene la confianza suficiente se comparten cosas. Las buenas, las malas y las peores.

No sé nada de relaciones humanas, pero sí sé que uno solo se abre de forma completa y genuina ante sus iguales jerárquicos. Nadie se expone demasiado ante un superior: te hace vulnerable. Y por supuesto jamás expongas demasiado de ti ante un joven: algún día puede usarlo en tu contra. Dámaso y yo tenemos muy presentes las jerarquías en lo que a amistades se refiere y los derechos y privilegios que conlleva ser amigo directo, amigo de amigo, novio de amigo y nakama*. Así como hermanos, profesores, padres, padres de amigos (uf), amigos de tus amigos que ODIAS con toda tu alma... A veces está muy claro quiénes son tus superiores y jóvenes (especialmente si hablamos de una empresa, claro). Pero quiénes son tus iguales es un poco más difícil de definir. 

A mí, por ejemplo, me impone respeto la edad. Soy la pequeña de tres hermanas con las que me llevo 11 y 8 años respectivamente, siempre he sido la Pitufa. Adorada y mimada, pero siempre he sabido cuál era mi lugar: era el moco. Yo no tomaba las decisiones porque era pequeña. Eso siempre ha condicionado la relación que tengo con mis hermanas: no puedo decirles toda la verdad ni lo que pienso porque son mis hermanas mayores. Tú no le das consejos a tu hermana mayor. No le dices que está metiendo la pata hasta el fondo. No le dices que se está volviendo idiota y que reaccione. No. Eso es tarea de su hermana mayor. Y si no la tiene, de su madre o su padre. Y si no hay padre y la madre no se atreve a decirle nada... ¡pues que se la pegue! Pero definitivamente NO es tu tarea contradecir a tus mayores. 

Eso no quiere decir que considere iguales a todos mis coetáneos: las circunstancias cuentan. Yo no puedo entender a ciertas personas ni queriendo, ni espero que lo hagan conmigo. Y eso está bien. Y voy a remarcarlo, porque cuando te encuentras a alguien que no te gusta un pelo, tienes que respetarte y respetar a esa persona lo suficiente para aceptar que no os lleváis bien y que eso no es malo. Pero acéptalo rápido y respeta a tus enemigos desde el entendimiento. En este caso, del entender que no os entendéis. Si la otra persona hace lo mismo, podréis hasta tener amigos comunes sin discutir cada vez que os encontréis. 

Pero sí es cierto que por lo general no me gusta dar consejos a gente mayor que yo. A todos, como mínimo, los respeto. A otros los quiero. Y a algunos los admiro profundamente y los tomo como modelo a seguir. Cuidado con eso último. 

En cuanto a los jovencitos... Más bien debería decir "hermanos pequeños en potencia". He tenido a gente más mayor que yo que ha cuidado de mí y lo agradezco, y por eso sé que es genial tener a alguien más fuerte y mayor que tú para que te proteja para variar. Así que inmediatamente me autoproclamo hermana, cuando no mamá, de toda criatura más joven que yo pero no permito que cuiden de mí. Una notable excepción es Muffin, que hizo méritos con su té para curarme el frío interno y los males siendo tres añitos más peque.

Y volviendo al principio... A veces hay que hablar de verdad. A veces hay que enseñar un poco de uno mismo para que las relaciones fluyan. Lo que se suelen llamar conversaciones trascendentales, que a mí me encantan... Con mis iguales. Esto viene al caso de que yo parloteo mucho y muy bien en español y en mis dominios. Sácame de mi zona de confort y tendrás a una gigante de 23 años a la que no le pega nada abrazarse a sí misma nerviosa para darse algo de consuelo y confianza para hablar con extraños en lenguas extrañas. Si se ha conocido a mi versión cotorra, la versión muda choca muchísimo. 

Me vi en esas circunstancias con una persona mayor que yo, a la que admiro y que por razones obvias jerárquicamente la tengo por encima. Si yo fuera una persona realmente inteligente no me habría complicado la vida: tómate un par de cervezas y HABLA, POR DIOS. Yo opté por más mutismo. Y creedme, es doloroso ver a una persona a la que aprecias tanto preguntarte cosas que ya sabe para que hables un poco. Esa no soy yo. 

Fui una mala huésped. Falté a las enseñanzas de mi madre al respecto y no fui la agradable conversadora que debería haber sido. La única vez que salté fue cuando me vi demasiado atacada para estar quieta. He aquí mi superior, su pareja y una amiga común. Mi superior y yo éramos los más mayores. Él iba a la suya, pero la pareja me preguntó un par de cosas con cierto aire de reproche y la amiga respondió por mí. "Puedo responder por mí misma, gracias". Aún no sé de dónde saqué valor para decirlo. Esperaba una reprimenda por parte de mi superior. Que se pusiera de su parte. De hecho, recuerdo perfectamente cómo los ojos se me fueron hacia él pensando: "Por favor, no me pegues". Los suyos, tras la sorpresa inicial parecieron decir: "Son tuyos. Adelante". Fue un incidente aislado y probablemente el primer conflicto en el que me he visto implicada y que he resuelto sola. Y me sentó genial. Pero fui una mala huésped.

Debí parlotear. Debí confiar en lo maja que puedo fingir ser en lenguas foráneas. Debí permitirme intentarlo y fallar todo lo que hiciera falta. O debí, por lo menos, hablar del tema con franqueza. Perdóname. Esto está pudiendo conmigo. No puedo hacerlo mal delante de ti. No quiero hacerlo mal delante de mí. Porque qué me queda si no hago esto bien, esto que se supone que hago bien. 

Tampoco sé mucho de conversaciones, pero a veces las más interesantes son las que se mantienen con uno mismo, en privado y sin mirones que juzguen.

Con esto pongo fin a las entradas prometidas más densas, ¡ya era hora! Lo que me queda es mucho más apetecible y ligero. Como una tarta de queso. 

*en japonés, significa "camarada". En el anime One Piece, del cual Dámaso es ferviente seguidor, no solo quiere decir camarada, compañero de viaje y colega, sino alguien que va a estar y por quien vas a estar contra viento y marea. Dámaso hizo esa palabra propia para referirse a sus amigos más especiales y yo se la cogí prestada. 

viernes, 23 de agosto de 2013

De un día hace veintitrés años

Pues sí. Hace hoy veintitrés años que obligué a mi madre a pasarse el día encerrada en una institución diabólica con comida que sabe a lejía, gente fría y estúpida (David, perdóname) y con mi abuela. Bueno, a mi abuela la podríamos haber incluido en su día en la categoría de "fría". Gélida. Como el iceberg que hundió el Titanic.

El caso. Que hace veintitrés años que, sin que me buscaran ni llamaran, en un jueves caluroso de narices, vine al mundo. Sigo buscando la puerta de salida, porque creo que no me convence.

Carlos solía decir que él se guiaba por tres calendarios: el ordinario, el biológico y el escolar. Yo hago lo mismo. Y en cada nuevo comienzo, nuevos propósitos, reflexiones y exámenes de conciencia. Vamos, que lo que la mayoría de la gente hace solo en Nochevieja, yo lo hago tres veces al año. Aunque creo que somos muchos los que lo hacemos, solo que en Nochevieja queda bien y el resto del año no está tan bien visto. "Este año de verdad que estudiaré más" "Eso no te lo crees ni tú. ¿Hacen unas tapas?" Y claro que hacen. Y por supuesto que no estudias más, ¿pero por qué me quitan la ilusión? Pues con los cumpleaños... Ah, no. Estas me las guardo. Mis deseos de tarta siempre han sido bastante patéticos. Aunque por lo visto todo es cuestión de paciencia: entre los veintidós y los veintitrés se cumplió un deseo que pedí a los trece. Así que, si los cálculos no fallan, a los veinticinco seré rica.

En lo referente a mis cumpleaños, sufro un mal bastante común, que es el de los cumpleaños veraniegos. Si me lee alguna pareja que esté intentando concebir: por favor, usad condón entre septiembre y diciembre. Nacer en verano es horrible y cualquier niño lo entiende: no puedes celebrar tu cumpleaños en el cole. Ergo, eres el único raro que no lleva caramelos. Tengo una hipótesis: el acoso escolar se incrementa en los niños nacidos en verano. Y frikis, vale. Pero pongamos por ejemplo mi círculo cercano de amigos, todos frikis: tres chicas, dos chicos. Los chicos, orgullosos Capricornio, tuvieron una infancia sin percances escolares. Las chicas, una Leo y dos Libras (finales de septiembre-uno de octubre), han tenido problemas. Todas. Queridos anónimos: si nacisteis en otoño, invierno o primavera y las pasasteis putas canutas en el cole (o al contrario, nacisteis en verano y partíais el bacalao en el recreo), por favor, hacédmelo saber para que deje de decir tonterías. Gracias.

Pero he observado un fenómeno extraño: en año bisiesto mis cumpleaños son geniales y me pillan en el extranjero. Cumplí los 18 en Athlone, Irlanda, donde estaba haciendo un curso de inglés. Nora, mi mamá irlandesa, nos llevó a Camila y a mí a comer y me regaló una cruz celta de plata que guardo con mucho cariño. Vi amanecer por la ventana y pusieron una película de mi infancia en la tele. Y me perdí los juegos de Pekín. Cumplí los 22 en Varsovia, también por un curso. De polaco, claro. No le dije a nadie que era mi cumple; de hecho, M. me felicitó un día antes. Pero fue un cumple genial porque me limité a hacer lo que quise: di un paseo por el centro, me regalé un trozo de tarta y un café y lo celebré solita. Eso, claro está, antes de salir de marcha con M. y sus amigos. No salí hasta tarde porque madrugaba al día siguiente, pero estuvo muy bien. Y me perdí los juegos de Londres.

Así que, como comprenderéis, estoy que me muero de ganas por cumplir 26 y perderme los juegos de Río de Janeiro.

¿Y los veintitrés? Han empezado tranquilos, preparando mi propia tarta de cumpleaños. Luego, Marta me ha regalado este dibu tan, tan chulo de Úrsula. (Úrsula es la coprotagonista de Merak, el mundo bajo las estrellas. Una de esas historias que quiero escribir y nunca hago, sí). Yo me he autorregalado el Dixit. Y no tengo intención de celebrarlo. Quizá me esté volviendo una gruñona. Pero este año no tengo ganas de celebrarlo. Tal vez porque tengo ganas de que pase todo lo demás.

Quiero ir a Granada y ver a Marta y a Dámaso. Quiero encontrar piso en Neunkirchen y mudarme. Quiero dar clase. Quiero volver a Alemania y trabajar. Quiero ser la mejor auxiliar de conversación que ha pisado ese pueblo y hacerles tortilla de patata y croquetas. Y también quiero escribir y leer todo lo que no he escrito y leído este año, probar nuevos tipos de cerveza, salir mucho de fiesta y reírme mucho. Y volver a usar maquillaje, bitte. 


¿Qué es un cumpleaños sino un día? Los no-cumpleaños. Esos son los que deberían contar. Lewis Carroll lo sabía bien.


Y sí, queda terminantemente prohibido citarme esa frase cuando os felicite y os convenza de que vuestros cumples son importantes. Porque lo son. He dicho.

domingo, 18 de agosto de 2013

Del profesor perfecto o cómo quiero ser de mayor

Aquí empiezan las buenas noticias. El penúltimo día que pasé en Varsovia antes de volver a España recibí un mensaje del Ministerio de Educación ofreciéndome una vacante para trabajar como auxiliar de conversación en Alemania este año. Para quien no sepa de qué va todo ese rollo, le sugiero que empiece por aquí. En Neunkirchen, Saarland. De los detalles ya hablaré en futuras entradas, pero dado que voy a trabajar como ayudante de profesora, durante las últimas semanas no he dejado de pensar en cómo lo haré. Inevitablemente han venido a la mente los cuatro mejores profesores que he tenido y que, si bien no han sido perfectos, entre todos compondrían una amalgama de virtudes muy interesante. Sea esta entrada mi humilde homenaje (los menciono por orden de aparición en mi vida).

Mi hermana Rosi
Profesora de lengua y literatura. Y si hace falta, de filosofía, latín y lo que se tercie. A la pobre nunca le he dado demasiadas ocasiones para darme clase formalmente, pero su mayor cualidad como profesora es una paciencia infinita. ¿No lo entiendes? Pues otra vez. Y de forma diferente. He visto a pocos docentes ponerle tantísimo empeño en buscar nuevas maneras de hacerse entender. La he visto corregir redacciones fin de semana sí, fin de semana también, con tal de que sus alumnos escribieran y aprendieran un mínimo. La he visto tener fe en gente con la que muchos ya habían tirado la toalla. Tal vez haya muchas heroínas y héroes como ella, pero ella es la mía. 

M. 
Profesor de polaco. De bases sólidas y firmes, enormes cantidades de deberes y exámenes dos veces al mes. De los que hace sus propios apuntes porque el libro "es gilipollas", de los que te hace el examen cuando quieras con tal de que lo hagas y apruebes, de los que se agacha debajo de la mesa para enseñarte el uso de las preposiciones. Y de los que desprende felicidad genuina cada vez que vas a clase y la contagia a todo el mundo. Paciente también. Pero este hombre sobre todo es encanto y entrega por su profesión. 

Vincent
Profesor de inglés. Lo suyo es de récord, porque sólo me dio clase cinco días, pero me bastaron para amarlo con locura. Estudia psicología y aplicó sus conocimientos sobre el tema durante todo el curso en la UIMP. Alabando siempre lo bien que lo hacíamos pero mostrándonos siempre con simpatía cómo hacerlo mejor. Y si osábamos a hablar en español, su persuasiva pistola de agua hacía su aparición. Me demostró que era capaz de hacer cosas y disfrutarlas en un momento en que necesitaba recordarlo. Su capacidad de inspirar es probablemente lo que más añoro. 

Pani Iga
Profesora de conversación en polaco. Lo suyo era demostrar que el tópico de aprender jugando es cierto. Por buenísimas razones: un juego siempre es sobre ganar y perder. Y mientras te concentras en jugar, no prestas tanta atención a tus errores y desdramatizas un poco el proceso de aprendizaje. Pani Iga es también la prueba viva de que aprender es sobre todo una cuestión de alegría y fiesta continua: siempre sonreía y reía y jugaba con nosotros (aunque se nos olvidaba repartirle cartas). De hecho, no puedo recordar ningún momento de pani Iga en el que estuviera seria. Quiero comprarme el Dixit...

A los dos primeros los conozco en el ámbito privado y quizá por eso sea precipitado afirmar lo siguiente: todos van ser unos papás y unas mamás geniales. Más aún, creo que si un profesor no te ha hecho desear que fuera tu padre o hermano, no es buen profesor. Tengo muchísima suerte de que mi hermana sea mi hermana, pero he deseado millones de veces que los otros tres y quizá alguna otra notable excepción formaran parte de mi familia. 

Enseñar, a fin de cuentas, es más que una profesión o que un servicio. Si se hace bien, es un acto de amor. Hay pocas cosas que se puedan hacer por alguien más bellas que mostrarle el universo y dotarle de conocimiento. Los buenos profesores hacen eso cada día. Y se les reconoce muy poco mérito. A los tres últimos les he dicho en algún momento que no es fácil enseñarme a mí, porque yo me aburro y no presto atención. En serio: me entretengo con una mosca. Pero todos ellos me han mantenido alerta, despierta y curiosa durante todas sus clases. Espero llegar a ser algún día la mitad de buena que ellos. 

Así pues, ya me veo armada de paciencia debajo de una mesa con una pistola de agua y jugando con los Story Cubes. Voy a causar sensación en Alemania, de eso no me cabe duda. 

domingo, 11 de agosto de 2013

De la confesión de un asesinato ("Esto es demasiado personal", vol.1)

No importa cuántas veces te lo diga, ni cómo, ni cuándo. Sé que me escuchas, pero mis palabras no llegan a tus oídos. O quizá dices que me escuchas y simplemente oyes, intentando encontrar en lo que te digo la confirmación de la idea que ya tienes formada de mí. No puedo culparte; me conoces desde hace mucho. Me conoces desde que era solo un parásito, un tumor, un cáncer en continua multiplicación dentro de ti. No debiste tenerme, y lo digo con objetividad. Por las dos. Para la vida que estamos teniendo, lo cierto es que no debimos nacer ni tú ni yo. Ni tantas otras personas. 

Pero aquí estamos y sin querer me he hecho más o menos mayor. Y estúpida e impaciente. Te miro y veo mi futuro en ti; sé que seré como tú y es el peor de mis temores. Me niego. Me niego a dejar que me maltraten como han hecho contigo. A que me utilicen. A que me digan toda la vida lo que he de hacer. A vivir para los demás. Bueno. Lo primero fue parte de mi infancia; lo segundo, lo tercero y lo cuarto es de rabiosa actualidad. Sarna con gusto no pica, ¿verdad? Eso nos hemos acostumbrado a pensar, iguales y diplomáticas como somos. Mentira. Yo soy diplomática ahora. Cuando me haga mayor como tú, subirá el pan cada vez que hable. También temo ese momento.

Me pusiste en un altar hace mucho tiempo. Un altar maravilloso y dorado, del que me bajas para darme brillo como si fuera tu muñeca. Como si siempre supieras lo que es mejor. Como si tuvieras razón. Me intentas cambiar de ropa y de ideas y de peinado y de forma de ser como si te perteneciera mientras gritas a los cuatro vientos que siempre me has dejado obrar a mi antojo. Mentiras y más mentiras. Si he hecho lo que he querido, me ha costado mucha rebeldía y remordimiento, como si al desobedecerte estuviera pecando contra un cielo que no existe pero hacia el que me inculcaste temor. Eso siempre se te dio bien, volverme cobarde. Tener miedo a la gente, a los hombres, al alcohol, al sexo, a la vida. A veces me pregunto de dónde saqué fuerzas para desafiarte... Supongo que, muy en el fondo, todos tenemos algo de temperamento oculto. Tú jamás lo tuviste. 

Te miro y en mis momentos más cínicos y crueles veo a una consumidora de recursos del universo. Yo también seré una. Un trozo de carne anciana e inútil. No obstante, espero ser útil para mí. Buscar y encontrar placer en las cosas que disfruto y vivir por mí, en vez de mendigar el cariño de otros. Quizá la vejez nos hace más susceptibles a la soledad o más dependientes, pero tú has sido así toda tu vida. Y mientras éramos pequeñas estuvo bien. Ahora todas hemos crecido y, como buenos pájaros que han aprendido a volar, nos marchamos. Jamás me perdonarás que me fuera tan joven. Cuando mueras, sé que yo tampoco me lo perdonaré. Bueno, para eso hay terapia. 

Y vienes y te sientas en la cama, sin que te haya invitado a entrar. Parloteas sobre el gato de la vecina, quieres saber lo que hablamos anoche cuando no estabas -hablamos de ti, por cierto-, quieres que te hable, que te cuente cosas, mientras te comes un melocotón. Y sabes cuánto detesto, estúpidas manías mías, que la gente coma fruta en mi habitación. Y sabes que charlar por charlar no es lo mío. ¿Qué quieres que me invente, joder? Hemos pasado todo el día juntas, y anoche no hice nada y tú tampoco. ¿Qué historia fascinante sobre mí quieres que te cuente? La excusa de que estoy poco en casa no me vale; mi vida es mía y detesto que me hagas sentir culpable por reclamarla. 

Me he callado. Y te has ido. Y sé que te he matado un poco con ese silencio. Pero es que no importa cómo te lo diga porque no quieres entenderlo. Porque, en tus propias palabras, eres muy mayor para cambiar. Y yo soy muy joven para convertirme en la razón para vivir de nadie. Y ahora tengo tu sangre en mis manos de una herida que no te matará hoy, pero que poco a poco te va matando la poca alma que te queda. ¿Debería educar mi paciencia y mi compasión? ¿Debería vivir por ti estos dos meses? Lo he intentado alguna vez, pero entonces pasó algo muy extraño. Que me empecé a matar yo. 

Y mi primitivo instinto de supervivencia se rebeló en tu contra. Y ya no sé qué hacer. 

miércoles, 7 de agosto de 2013

De cómo saber si estás en Polonia

Acaban de montarme el escritorio y la silla de escritorio nuevos en la habitación. Así que, llena de amor por el universo y el orden reinante a mi alrededor en estos momentos, he decidido que qué mejor manera de celebrar el estreno que escribiendo una entrada. 

A priori, parece fácil saber en qué país se encuentra uno. ¿Pero qué pasa si te llevan ahí contra tu voluntad, secuestrado? ¿O si pierdes la noción del tiempo y del espacio y no te das cuenta de que estás en el extranjero hasta que hablas? Ambas opciones son harto improbables, lo reconozco. Aun así, y por si os vierais en el caso, aquí os dejo unas pistas para saber si estáis en Polonia y no en la Patagonia. 

Estás en Polonia si...

1. ...multiplicas y divides por cuatro como si se te fuera la vida en ello y a velocidad de vértigo
Eso significa que vienes de la zona euro: el equivalente aproximado, céntimo arriba, céntimo abajo, es de 4 eslotis. Por tanto, calcular el equivalente se convierte en una compulsión constante de multiplicar y dividir por cuatro. A mayor velocidad, más tiempo en Polonia. 

2. ...todo te suena a polaco. No, espera... ¡¡podrías estar en Chicago!! No he dicho nada

3. ...la gente te da un billete de tranvía/autobús desinteresadamente cuando lo necesitas
Todo en Polonia es barato y el transporte no es una excepción. Pero si tienes prisa y coges el tranvía o autobús sin pensar, no siempre tienes la posibilidad de comprar el billete en él. En mi caso, además, llevaba maleta. En estas que le pido a una chica que, con mi dinero me compre un billete. Su respuesta: "Me bajo aquí, pero... ¡toma, este está sin usar!". Y se fue. ¡Decidme que no son majos!

4. ...la gente se apiada de ti cuando no puedes con tu maleta y te la sube
Me pasó dos veces en la Estación Central de Varsovia. Ahí estaba yo con la gigantomaleta sudando la gota para subirla a la parada del tranvía, cuando un señor se me acerca y sin decirme ni una palabra me la sube como si nada. Después, otro señor me la subió al tranvía: eso en España no pasa ni de coña.

5. ...no recuerdas la última vez que comiste pescado
Claro, que si eres alérgico o de normal no te gusta, no lo vas a notar. Si como yo, tomarías clóchinas al vapor, sepia, salmón, fideuá, bacalao, emperador y cualquier clase de producto marino que no venga en lata a diario sin añorar lo más mínimo un chuletón, Polonia NO ES TU PAÍS. Lo siento mucho. La cerveza no compensa. En un mes, solo lo probé tres veces, y porque era ayuno de carne. El mismo tipo y cocinado de la misma manera: pescado a la griega. Todo un manjar después de la hipertrofia cárnica.

6. ...no sabes si vomitar la próxima vez que veas una patata o dedicarle una religión
Pues sí, relación amor-odio. Como con la regla. Soy una gran fan de las patatas, pero tras cuatro semanas en Polonia mi primer mensaje para mi madre fue: "No quiero oler ni una patata, cocida, asada, o frita, hasta dentro de unos días". Ídem con la harina: en Polonia, si no lleva harina, no alimenta. Y punto. Pero al mismo tiempo, las patatas estaban tan ricas... Y los pierogi... Que acabas mandando al carajo la dieta y el sentido común y te entregas al exceso de carbohidratos como si fuese el dogma principal de tu religión. Si el Patatismo reúne adeptos, recordad que fui su profeta. Amén.

7. ...a la gente se le cae la baba cuando te escucha hablar en polaco
Casi literalmente. Y no te preocupes por los errores: da igual. Pronuncia fatal. Cágate en los casos gramaticales. "¿Qué más da si ese verbo iba con dativo y ha usado el acusativo? ¡¡Habla nuestra lengua rara!! ¡Pero mira qué maja que es esta guiri, con su cara de velocidad-desesperación porque no sabe salir del subterráneo de Centrum hasta el lado correcto de Marszalkowska, que me dice "Pana" y otras cosas con ese acento español tan sexy adoraaaableeeee!" Nos aman. Es así.

8. ...ves tumbonas por todas partes. En un bar, en una terraza, en medio de la calle porque sí...
Por lo visto la moda está cambiando y ahora son las hamacas las que pegan fuerte, pero el fenómeno tumbona me dejó flipando cuando llegué a Varsovia: las había por todas partes, de todos los colores y estaban todas ocupadas. Mi teoría es que los polacos quieren tener una playa a mano y, a falta de una de verdad, buenas son tumbonas. En Berlín sucede lo mismo, por cierto.

9. ...te dan tres besos al saludarte o despedirte porque "es típico aquí"
...Y en Francia, y en doscientos sitios más. No les quitemos la ilusión. Pero es algo importante, porque de esto nadie te avisa. Y ahí te quedas tú, después de dar dos besos como buen español, recibiendo uno de propina. También los hay que, si aún no te consideran familia (los tres besos son "para la familia", pero los polacos son majos y te adoptan en un decir Jezumaria), te dan solo uno y te quedas con los morros colgando besando al aire. Porca miseria...

10. ...todo es barato. Con una notable excepción:
El agua. Te sale más barato beber cualquier otra cosa. Puede que una cerveza y una botella de agua te cuesten, pongamos, 6 eslotis (hablamos de una botella de agua carísima, pero todo puede ser): la cerveza seguramente sea una pinta, o en cualquier caso, un tercio. El agua, un quinto. Por lo demás, todo es barato. Cuidado con eso: cuando vuelvas a España, todo te resultará caro. Menos el agua.

11. ...el agua del grifo sabe a rayos
De ahí que sea cara. No he probado el agua del grifo de Torun, ni de Plock ni de Cracovia ni de Sandomierz. Pero encuentro curioso que tanto en Lublin como en Varsovia el agua del grifo sepa mal. Y ya no es que sepa mal (eso es subjetivo; a mí no me gusta pero puede que a ti sí). Es que, ¿cómo lo diría? Altera el funcionamiento de tu tránsito intestinal. Ya está. Ya lo he dicho.

12. ...fumar está bien visto
Y eso, cuando vienes de España, choca. De hecho, hasta diría que fumar en Polonia está de moda. Espero que de corazón que se les pase pronto, porque eso de tener que encerrarte en el asfixiadero la sala para fumar con tus amigos para no perderte la conversación... Yo lo hago, y me da igual. Pero viviría más feliz sin ello, lo admito.

13. ...todo el mundo se queja de su país. Y en inglés
¿Creíais que los españoles éramos los únicos acomplejados? Pues no. Las nuevas generaciones de polacos, esas que se gastan un nivel de inglés que hasta en sus niveles más básicos nos deja a los ciudadanos de la vieja Iberia a la altura del betún, no pierden ocasión para criticar su país y alabar las bondades de tierras más exóticas, hermosas y exquisitas... como España. Kochani, cuando queráis hacemos intercambio. Mi tortilla por tu Varsovia. 

14. ...todo el mundo te receta algo en cuanto te oye toser
No, no es que haya un exceso de médicos en Polonia: es que todo el mundo tiene el remedio ideal para ti. Y no es broma: se interesan por los medicamentos que estás tomando, te dicen que están mal (en un 99% de los casos) y acto seguido te diagnostican, te recetan y te apuntan el nombre del medicamento en cuestión para que lo compres. 

15. ...vas para tres semanas y ya te sientes como en tu casa
Y eso es así. En poco tiempo, Polonia se convierte en un lugar al que puedes llamar hogar. ¿Cuántos lugares te ofrecen eso?


Así en síntesis, creo que estos son los quince puntos básicos. Por supuesto, me habré dejado muchos más en el tintero; así que si habéis estado en Polonia y creéis que me falta algo, hacédmelo saber. 

sábado, 3 de agosto de 2013

De la vida en la KUL

"Pero niña, ¿tú no te ibas a Lublin?" Pues sí. Becada para estudiar tres semanas polaco en la Universidad Católica de Lublin o Katolicki Uniwersytet Lubelski... KUL para los amigos. Huelga decir que uno de los nombres más populares para los álbumes de fotos en los FB de mis compañeros ha sido "KUL is cool!" 

En estos cursos con alojamiento pagado normalmente toca compartir habitación. Porque una cosa es intentar que te sientas como en casa y otra lograrlo y que no te quieras largar. Un compañero de habitación, incluso el mejor, evita esas cosas: por maravilloso que sea, y la mía lo fue, siempre añorarás tu intimidad. Tenía muchísimo miedo, lo confieso, porque mis experiencias en el pasado no han sido buenas. Afortunadamente, la suerte quiso que me tocara Betlem, una muchacha de Alicante que nunca había estado en Polonia. Además, tiene tres añitos menos que yo y a mí esas cosas me dan ternura. 

A A. lo conocí en Varsovia durante el último curso, en febrero. Nos caímos bien, pero lo justito, porque no tuvimos ocasión de conocernos mejor: él estaba en el grupo avanzado y yo en el intermedio, ergo dábamos clase en distintos edificios y era difícil coincidir. En esta ocasión sabíamos que nos íbamos a encontrar, pero a partir de entonces todo fueron sorpresas. Desde averiguar que había cotilleado en qué habitación estaba (y así conoció a Betlem incluso antes que yo, que estaba tomándome una cervecita en el centro) a que nos pusieran en el mismo grupo. 

Pues sí. Tras la prueba de nivel escrita (larguísima) y oral (en la que conocí a la que sería mi nueva inspiración), nos asignaron a Betlem, a A. y a mí al grupo 5. Había 8, así que el nivel ya se empezaba a notar. A. podría haber estado perfectamente en el 6 o en el 7 (y matándose a currar, en el 8), pero prefirió quedarse e ir más relajado. Personalmente creo que el hecho de ir con nosotras fue un incentivo. 

El primer día fue un poco raro, así que no cuenta. Procedo a continuación a detallar un día normal entre semana en la escuela de verano de la KUL:

7:00 - Primera alarma. No se levanta ni el tato. Programo la segunda alarma o rezo para no dormirme. 

7:15 - Segunda alarma/Miro la hora. "Betleeeeem, les set i quart!!!!" Betlem se levanta. 

7:30 - Me levanto yo. 

8:10 - Paseo hasta la cantina con A. y Jose para desayunar. 

8:30 - Desayuno en el que había que robarle el queso amarillo al frente vegetariano. Es broma. Nos lo daban sin problema, eran muy majas. 

9:00 - Comienza la clase.

9:10 - A., Betlem y yo llegamos a clase. Menos mal que presumí de puntual.

10:30 - Pausa: momento en el que pani Justyna (mi profe) nos daba galletitas todos los días. Porque hay que estar bien alimentado para estudiar polaco, proszę.

10:45 - Se reanudan las clases. Segundo intento de no dormirme. 

12:15 - Salimos de clase. Podríamos haber ido a alguna conferencia, pero preferíamos hacer los deberes/tostarnos al sol/dejarnos morir un rato en algún rincón de la KUL.

13:30 - Almuerzo. De primero, sopas muy ricas. De segundo, algo de carne y patatas hervidas, ensaladas varias, kasza (cereal hervido), arroz... Menos los viernes, que no comíamos carne por el tema del ayuno cristiano. Amén. Y té. Siempre té. Mucho té. Y kompot. 

16:00 - Juegos. Oh, sí, en serio. La primera semana fuimos por aburrimiento. La segunda, por pani Iga. La tercera ni se nos vio aparecer por ahí.

17:00 - Clases de conversación con pani Iga :D. Sin duda, el mejor momento del día. A ella le dedicaré medio post, así que basta con decir que es una docente fabulosa. 

18:30 - Cena (soviética). Pan, mantequilla, mermelada y fiambre. Y té. Y kompot. La primera semana tragué. La segunda, me busqué la vida por ahí. Los miércoles había taller culinario y cenábamos de restaurante (pardiez, qué pierogis). 

19:30 - Vuelta a la residencia. Todas las tiendas cerradas. Nada de ambiente. Ni gente. Ni nada. Lublin se convertía de repente en una ciudad estéril y fantasma... Vale, exagero. Pero era un rollo. 

00:30 - A la cama.

Hay un refrán en Valencia que dice: "Al que no tiene faena, el Demonio se la da". Vamos, que cuando te aburres, haces cosas malas. En la KUL deben de conocer ese refrán también porque, temerosos de que corrompiéramos nuestras almas, no solo nos dieron un curso intensivo, sino que nos llenaron los pocos ratos libres de actividades sanas con las que entretenernos después de cenar. A saber:

Lunes: película. Solo vimos la última, Przypadek, bastante original.
Martes: danza. Solo fui la primera semana a marcarme una buena polonesa con A. Los dos nos sabíamos la coreografía, así que fuimos con diferencia los que mejor bailábamos. 
Miércoles: taller culinario en un restaurante del centro. Aquí fuimos siempre para poder cenar.
Jueves: normalmente, alguna conferencia especial. Nunca fui.
Viernes: cena "especial" de despedida y concierto para despedir a los que acababan el curso. 

Los fines de semana, visitas a museos y a ciudades cercanas. O no tanto. Con visita guiada, y ese en mi opinión fue el error que cometió la KUL: yo no quería una visita guiada. Dame un mapa y dime a qué hora tengo que volver, pero no me obligues a patear lo indecible si no me apetece. 

Por supuesto que salíamos... Un rato. Dom Kultury, Komitet (con Agata), karaoke... Y si no nos dejaban salir, ¡nos descolgábamos por la fachada! Yo no. Pero un compañero de clase sí. Al día siguiente, la hazaña fue noticia y el chaval en cuestión, leyenda: todos conocíamos a Uros :-) .

Buenos compis, un curso estupendo, geniales profesoras, una ciudad muy mona... Había momentos estelares, pero la rutina en la KUL básicamente era así. Monótona, sencilla y -no lo voy a negar- fantástica. La echo de menos.

lunes, 15 de julio de 2013

Del currículum de Krysia

Buscar trabajo es una pesadilla y eso que todavía no he empezado. Porque primero, por supuesto, hay que escribir el currículum. Y como hoy día somos tropecientas mil personas compitiendo por un puesto, toca hacer algo llamativo, algo especial, algo único...

Por favor, es solo un currículum.

¿Qué puedo decir que me haga lo suficientemente apetecible y apta para el puesto? ¿Y yo qué sé? Conóceme. Habla conmigo. Tengo veintidós años. Casi veintitrés. He dado clases de inglés y alemán sin más ánimo de lucro que la experiencia obtenida para aprender a enseñar. Creo que he aprendido mucho de esa experiencia; para empezar, descubrí que me gusta enseñar cosas. También he dado clases, esta vez remuneradas, de fonética valenciana a una chica que quería prepararse el Mitjà. Y aprobó. Ah, estudie traducción e interpretación de inglés y alemán. Pero por el alemán mejor no me preguntes, que hoy día casi te hablo mejor en polaco o en italiano. Y si mi vida depende de ello, en francés. No tengo títulos que demuestren que soy buena ni medianamente decente en ninguno de ellos. He estado un mes en Irlanda, otro mes en Londres, diez meses en Alemania, un par de semanas en Italia y esta es la tercera vez que voy a Polonia. Y salvo que haya alguien cerca para salvarme el culo, uso el idioma local. Pero es un secreto: no se lo cuentes a mis profesores, que luego me obligan a hablar y me da vergüenza.

Porque aunque no lo parezca aquí, ahora, chuleando como me hallo y pareciendo tan segura y convencida de lo que sé y lo que hago, en el fondo soy un poco tímida... ¡pero le pongo mucha ilusión a lo que hago! Me gusta enseñar idiomas y aunque todavía no soy una pedazo de crack enseñando como mi hermana Rosi o como M., sé que puedo llegar a serlo. Dicen que soy lista... Yo no me lo creo porque hay mucha gente lista, pero lo dice mucha gente. Bueno, también hubo diez millones de personas que votaron al PP. No cuenta. ¡Ah, por cierto! También te corrijo las traducciones. O te traduzco. Nah, prefiero corregir. Se me da bien, de verdad. Y no doy problemas... Si hay que hablar las cosas, las hablo. Si tengo que ceder, cedo. Si no tengo que ceder... También. Soy diplomática y resuelve-conflictos en potencia, de verdad. No voy a fastidiarte la empresa con malos rollos ni a criticar. Bueno, a lo mejor critico, pero en mi casa. Ah, y hablo hasta debajo del agua. Pero en el currículum se dice "tener aptitudes comunicativas". Y yo de eso tengo para regalar. 

¿Qué? ¿Me contratas? Porque en mi currículum no vas a ver mucho más. La foto de la orla de mi instituto, de mis dulces diecisiete, a la que cada vez me parezco menos. Y mi número y mi dirección. Pero para qué te la tengo que dar de antemano, si no me vas a buscar. Cogerás a la trilingüe que aprendió a gatear contando los números en swahili. O a la que lleva diez años enseñando... Mira sí. A esa contrátala. Verse sin trabajo después de tanto tiempo tiene que ser horrible. Seguramente sea mejor que yo. Seguramente todos lo sean. ¿Entonces qué hago entregándote mi currículum, si la mayoría probablemente lo haría mucho mejor?

Porque, sencillamente, no puedo hacer otra cosa. Por eso lo hago. Interesados, contactar. 

jueves, 11 de julio de 2013

Del océano condensado en un par de ojos. O de cómo volví a pensar

No me traje el diario ordinario a Polonia porque pensé que todas las divagaciones posibles en este viaje serían sobre la protagonista total y absoluta, Polonia. Craso error. Y esto no tiene cabida en el diario de viaje.

Los días están siendo largos y las noches cortas. La rutina, agotadora. Clases por la mañana y a veces por la tarde. Para colmo, hoy ha llovido. "¿Pero a qué te creías que venías?", pregunta Alvar. "De vacaciones, obviamente". Y lo sigo pensando. Estudiar el idioma es un plus. Y que conste que cumplo.

Esta noche (noche, a las ocho de la tarde... es un decir) hemos ido a la caza de polacos para practicar el idioma a un pub del centro de Lublin. Era un grupo pequeño, gente agradable. Con una cerveza y más tiempo libre, podría haber sido mi ambiente, pero no el de mi acompañante. Así que acordamos mentalmente que pronto volveríamos a la residencia... Hasta que aparecieron los ojos más bonitos que he visto en mucho tiempo. 

Piel nívea, pelo de carbón y dos aguamarinas por ojos. Y lindo. Y hablaba que daba gusto oírlo. Y era simpático. Y yo...

...yo no supe qué hacer. Nunca lo sé. Mi poco vocabulario polaco eligió ese momento para irse de fiesta por libre, no sabía para dónde mirar y acabé pareciendo más idiota que de costumbre. No porque sea idiota, sino porque me cuesta un poco la gente. Un mucho cuando mi cabeza está pensando en adorarlo, conocer toda su historia, admirarlo durante horas, y cosas menos castas y más perversas que omitiré porque este es un blog de bien. 

Fue menos de una hora, pero no importó. Me sentí imbécil. Y volví a pensar. 

Pensé en que nunca me libraré de esta clase de pensamientos, en que volverá a pasar. En que siempre vuelve a pasar, sencillamente porque sigo siendo persona. Pensé en la sabia decisión que tomé hace tiempo de no querer estar con nadie y en lo que detesto no poder controlar mi mente lo suficiente. Pensé en lo torpe e idiota que resulto siempre en esta clase de situaciones. La torpeza de los primeros pasos puede ser adorable a veces en cachorros y cosas lindas, pero en una adulta de veintidós años resulta triste y patético. Como lo de no saber montar en bici. Nunca me ha importado mucho no saber montar, pero toda la gente a la que se lo cuento me habla del tema como si me estuviese perdiendo algo importante. Hablan del mismo modo cuando digo que no quiero estar con nadie. En gran parte porque es perjudicial para la mujer, en parte porque no sé y en parte porque es prescindible y no compensa el beneficio por el suplicio. 

Seguí pensando hasta perder la perspectiva. La encontré junto a un "Mañana será otro día y ahora no pienses más". Así que antes de que se me vuelva a escapar, me voy a la cama. En parte me alegra darle vueltas a las cosas por mí y no por otra persona, pero ahora solo quiero unas vacaciones tranquilas. Y que el mayor motivo de mi desasosiego sea no lograr aprender suficiente polaco. 

lunes, 8 de julio de 2013

De las florecillas blancas

El avión parecía no querer despegar y por primera vez en mi vida tuve miedo a volar. Pero despegó, y un par de horas después me quedé dormida. Finalmente, tras nueve horas de viaje por tierra y por aire, llegué a mi querida Varsovia. Un rato más tarde ya estaba con M.

Y en su piso, un jarrón de florecillas blancas. Naturales. 

No he pasado tanto tiempo en Polonia como para identificar el gesto como una costumbre, pero me gustó. Siempre me han gustado las flores, pero en España no hay tradición de comprarlas solo porque sí, para decorar la casa y alegrar el día. Además, un lugar con flores es un lugar feliz. Y eso necesitaba yo: un poco de felicidad comprimida en pétalos de flores.

Fiesta, turismo, más fiesta. Y cariño. Mucho cariño. Salvo contratiempos menores, he tenido mucha paz aquí. Una especie de retiro espiritual en un universo ajeno a España. Excepto, quizá, por seguir imponiendo el idioma del imperio en el que no se ponía el sol. 

Ah, por supuesto. El tópico: estoy resfriada. No me preocupa más allá de haber agotado todas las reservas de pañuelos de papel de Varsovia y quizá haber dejado alguna noche sin dormir en condiciones a M. y a R. Está bien, esto último me preocupa más. He vivido con gente que ronca una barbaridad y sé que a las cuatro de la mañana, cuando quieres dormir y no puedes, el sueño vence al cariño y te entran ganas de estrangular al causante de tu desvelo. Paciencia. No puede durar mucho más.

Por lo demás, Varsovia sigue preciosa. Me han sabido a poco estos días, pero en tres semanas a más tardar, si no antes, vuelvo. Ahora, a descubrir los encantos de Lublin. 

Y misteriosamente, hoy que me voy, las florecillas blancas se han marchitado. 

miércoles, 3 de julio de 2013

De los sueños extraños, la cuenta atrás y el pánico

He tenido sueños muy extraños estas últimas semanas. He soñado mucho con Carlos. Soñé que estábamos juntos. Que salíamos o estábamos a punto de salir. Y él era tan maravilloso como lo recordaba. Y yo era más guapa y mayor, y éramos una pareja adorable. Carlos y yo jamás salimos juntos. De hecho, yo jamás he salido con nadie. Por una parte me extraña soñar tanto con él. Por otra, su presencia serena y apacible en mis sueños me gusta mucho. Me gusta que mi cabeza se haya reconciliado con él. Y me gusta que esté presente en mi vida como un amigo, aunque sea en sueños.

Me voy en menos de ocho horas a Polonia. Mentira, a Madrid y luego a Polonia. Y esta mañana me he llevado un susto. Sin dar detalles, me pasó lo mismo hace dos años estando también bajo presión. Nada. Un susto, pero se gestiona, se soluciona y ya está. Salvo que no está. Me he planteado seriamente no ir.

"¿Cómo que no te vas? Tú te vas. Ten tu vida, Cristina". Mi tía Manoli, por supuesto. Y me voy. Con la maleta hecha un desastre, con más ropa y menos diccionarios y apuntes de lo que me gustaría, con pánico, con fotos de carné pero sin currículum en polaco. Con la sensación de que me olvido de algo muy importante. Con agobio.

Y sobre todo, con la certeza de que huyo, aunque no sé si al lugar correcto. Me falta Aeris para darme un par de bofetadas mentales bien dadas y que se me quite la tontería. Mientras tanto, a dormir. Lo que me falta de sueño nocturno lo supliré en el AVE. La próxima entrada, desde Polonia. Do widzenia!