martes, 18 de diciembre de 2012

Miedo

Salgo a la calle para comprar el pan. Para qué voy a comprar el pan, si no necesito pan, si necesito cualquier otra cosa menos pan. Necesito lechuga, necesito verduras frescas, vitaminas, esas cosas de adulta que nunca tomo. No importa. Cierro la puerta, con cuidado de no dar portazo. Camino de puntillas aunque son las nueve de la noche y puedo hacer todo el ruido que quiera. 

En el ascensor, me miro en el espejo. Llevo las cejas sin hacer, necesito un corte de pelo y aunque el carmín de labios es precioso, estoy horrorosa. Y solo veo ojos, de ese marrón chocolate con leche que -no lo voy a negar- tanto me gusta. Detrás de las gafas, sucias, me devuelven la mirada desde el espejo con miedo. ¿Qué haces yendo a comprar el pan? En serio. 

Por fin, salgo a la calle, pero el aire no es frío. Una de las cosas buenas del invierno es que en la calle hace frío y el aire te devuelve de un golpe la cordura y la serenidad. Pero hoy no hace frío. Resoplo, me aseguro por enésima vez de llevarlo todo (monedero, llaves, móvil, cabeza...) y avanzo. 

Ya hay gente en la calle, porque Pedro Antonio nunca duerme. Veo a la gente a mi alrededor y lo siento. Sé que lo saben. Sé que pueden oler el miedo. Sé que solo necesitan una fracción de segundo para mirarme y pensar: "Está asustada". Si fuera una manada de lobos, no habría llegado viva al cruce con Sócrates. Pero no son lobos, solo son gente.

No llevo tacones, pero intento mantener el tipo. Culo a la altura del talón, tripa adentro, pecho afuera (sin exagerar), barbilla paralela al suelo, expresión en la cara de si-te-acercas-a-mí-te-mato y algún tirón a la bufanda para resistir el impulso de colocarme el mechón del pelo detrás de la oreja hasta el infinito.

No hay mucha cola. "La barra más reciente", digo. Y me la dan, aún calentita. Salgo de la panadería y vuelvo a empezar. Resoplo una vez. Resoplo otra vez. A la tercera me pregunto de qué tengo tanto miedo.

"De vivir. De ti. De respirar. De pensar en que tienes que trabajar mucho. De ser una inútil. De no dar la talla". Todo esto lo pienso en inglés. Tiene narices la cosa. 

Llego a casa y vuelvo a caminar de puntillas, y me oculto en el cuarto. Dejo pasar el tiempo y sigo escondida en el cuarto. Porque hay cosas que simplemente no se dicen, no se entienden. Un día cada cierto tiempo quizá sea hasta recomendable tener algo de miedo a vivir. O quizá no. 

Ya no sé ni lo que quiero. Quizá nunca lo supe. Y eso da tanto, tanto miedo...

2 comentarios:

  1. No estás sola. Yo me siento así con frecuencia, y aunque nos guste sentirnos exclusivas... seamos realistas. Hay más vida inteligente ahí afuera.
    Por suerte estos días pasan. Y aunque tenemos miedo, también sabes que eres valiente. Siempre te lo digo ¡y sabes que siempre tengo razón!

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  2. :) Muchas gracias, cielo. Y sí, todo pasa. Y bueno, todos somos valientes en alguna ocasión, y cobardes en muchas otras. Y no siempre tienes razón. Ni yo tampoco. Un beso enorme, pequeña!!

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!