lunes, 5 de noviembre de 2012

Fe en la humanidad

Ni siquiera sé si es correcto hablar de fe. Quizá sería mejor decir "creencia", pero todavía recuerdo algo de lo que estudié en el instituto sobre Platón y le cogí manía a la palabra. Fe es una palabra más grande, quizá por lo breve que resulta en la boca. Una exhalación de aire llena de significado.

Lo de la humanidad es otro cantar. Hay ciertas personas que, por lo que han hecho, objetivamente no merecen formar parte de la humanidad. Se les suele llamar monstruos, pero tampoco me gusta esa palabra... Nací en 1990, he visto Monstruos, S. A., me gustan las historias de fantasía y doy fe (¡¡fe!!) de que hay monstruos muy simpáticos y amables.

Al grano. Que tengo fe en la humanidad.

Puede parecer una afirmación absurda. Quizá muchos lo den por supuesto. Pero no son pocas las personas que me han tachado de ingenua. Un amigo, en particular, disfruta contándome barbaridades para que se tambalee mi fe. Y aun así me reafirmo. Aunque sé poco sobre el ser humano, o más bien pese a lo que sé, sigo creyendo en que podemos hacer las cosas bien.

Creo que la gente en general es buena. Salvo que padezca alguna enfermedad mental, y son pocas, nadie nace odiando. Ningún niño que empieza a ser consciente de quién es y dónde se encuentra se despierta cada mañana pensando en cómo hacer daño a los demás. Luego vienen las circunstancias, está claro, pero esa es otra historia.

Vale, está bien, examinemos nuestra historia. Todas las guerras, toda la sangre, todo el dolor que hemos sido capaces de crear. Y nos superamos cada día. Siempre se puede inventar otra tortura, otro modo de hacer sufrir.

¿Por qué tener fe, entonces? Por algo que me dijo mi madre: si hubiera más gente mala que buena, hace ya tiempo que el mundo no existiría. Y tiene razón. Si a duras penas seguimos luchando, intentando capear el temporal para salir adelante, es porque no somos tan malos. O no hay tanta gente mala como parece. Este pequeño pensamiento lo cambia todo para mí, me da esperanza. Una razón para no tirarlo todo por la borda.

Como individuos, no somos tan extraños ni tan particulares. En general estamos rodeados de buenas personas. Si tienes una familia, normalmente te quieren y te ayudan aunque estén como una cabra. Y a menos que seas un ermitaño extremo, probablemente tengas algún amigo que otro por ahí que, sin ser especialmente deslumbrante en ciertos aspectos, posee la discreta cualidad de ser una magnífica persona.

Digo esto porque me gusta quejarme, demasiado. Y además a veces lo hago de manera divertida. Porque el drama, ante todo, puede ser hilarante. Una cosa no está reñida con la otra. Y entre chiste y chiste, se me olvida que en este caos de mundo, tan injusto él, en el que ni me toca la lotería ni me he encontrado todavía a Matthew McConaughey por la calle y en el que el chocolate engorda, y en el que para colmo hay gente que sufre y gente que podría hacer algo para evitarlo y no lo hace, hay también gente que lo convierte en un lugar agradable para vivir. Que vive su vida sin molestar, o que ilumina un poquito la vida de los demás con pequeñas tonterías. O los Héroes en mayúsculas que hay y que siempre ha habido. No me gusta olvidarme de las cosas importantes, y esta lo es.

También escribo esto para recobrar fuerzas. Somos parte de un todo muy grande y poderoso que puede hacer cosas terribles y preciosas. Y aunque no lo parezca, el resultado también depende de ti. Y de mí. Tan pequeños y tan importantes.

Por eso, elijo no sentir instintos homicidas hacia los políticos cínicos y los radicales religiosos sin compasión que lapidan a niñas. No esta noche. Como dijo Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby, "siempre que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti". Antes de que alguien mencione a los mandatarios de cada país, pertenecientes por lo general a la clase privilegiada, diré que considero que el amor es una gran facilidad de la que no todo el mundo ha gozado, por desgracia. A mí me han querido mucho. Tal vez no de la mejor manera, pero he tenido mucho amor. Y aunque suene a tópico, eso al final es lo que cuenta.

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!