miércoles, 28 de noviembre de 2012

Cuando Valencia me llama

Por si no lo había comentado, nací en Valencia y viví en Torrent mis primeros 18 años de vida. Cuando me mudé a Granada, con el tiempo, me desvinculé un poco de ella y me dediqué a disfrutar de las delicias de la ciudad de la Alhambra. Pero nací en Valencia. Y la gente normal que todavía queda en esta provincia, al igual que la de todas las provincias, siente arraigo.

El olor de la paella, el arroz al horno, el azahar de los naranjos y la horchata, ese frío que en invierno cala hasta los huesos y ese sol que en verano no te deja respirar. Y mi madre. Hay muchas cosas de mi infancia que bien se podrían comparar a mi periodo menstrual. Básicamente por la relación de amor-odio que tengo con ellas. Mi madre y Valencia encabezan la lista.

Empecemos con los contras, que son los más feos. Primero y principal, los petardos durante las Fallas. Tengo un trauma desde pequeña y me da un ataque de pánico cada vez que escucho cerca un masclet, algo bastante frecuente en toda la provincia entre el 1 y el 19 de marzo. Las mascletàs y los castillos de fuegos artificiales me gustan. Los imbéciles que me torturan en cada esquina, no. Por su culpa me pierdo la fiesta (PD: si eres psicoanalista o hipnotizador y te apetece hacer prácticas quitándome el trauma, deja tu e-mail en los comentarios. Gracias).

Y en segundo lugar, por la fauna autóctona: viceversos y políticos. Los primeros son culpables de que Gandía Shore esté en la parrilla televisiva (éramos pocos y parió la abuela) y los segundos, de que mi bella región esté en la ruina.

Ya está. Pasemos a los pros. Primero, que Valencia tiene metro. Lo siento, soy de ciudad y me gusta el metro. Me gusta reflexionar, escuchar música y hasta escribir en el metro. Hasta el tufillo de la sobaquera del vecino tiene su encanto en el metro, porque el metro en sí es encantador. Su precio y los canis que en él viajan no, pero dije encantador, no perfecto. Añoro mis quince minutos de reflexión.

Segundo, Anna, mi única amiga en toda la provincia. Nos parecemos mucho y muy poco a la vez, nos vemos unas seis veces al año y en las pocas horas que tenemos nos llega para ponernos al día, aconsejarnos, tomar un café, cotillear libros y maquillaje y decirnos mutuamente lo maravillosas que somos. ¿Quién da más?

No menos importante, las librerías. Todas. Desde las grandes cadenas que no se encuentran en Granada, tipo Fnac y Casa del Libro, hasta mi preferida, París-Valencia (que, a lo tonto, ya hay cinco). Tengo una ruta de los libros fantástica que me encanta seguir cuando tengo tiempo y alguien con la paciencia suficiente para aguantarme. En Granada... Psé, tengo un par, pero nada serio.

Por supuesto, el gran pro de Valencia es Valencia en sí misma. El centro, la catedral, la lonja, los mercados, el ayuntamiento, la Ciudad de las Artes (aunque esta última está a un paso de irse a la lista de contras). Valencia es hermosa. Objetivamente hermosa. Y si además te cuentan su historia, todavía más. No la conozco al dedillo, pero me deleito mucho recordando las anécdotas de mi ciudad cuando paseo por ella. Y lo añoro.

Pero lo que más echo de menos es el momento feliz en la plaza de la Virgen. Cuando hace sol y me pido un granizado de limón de a euro en la heladería de la calle Navellos, enfrente del palacio de las Cortes, y me lo llevo a la plaza de la Virgen. Siempre hay niños, palomas y niños persiguiendo a las palomas. La plaza es preciosa, el ambiente es estupendo y, si hace sol, es uno de los lugares más maravillosos y seguros del mundo. La felicidad comprimida en un instante.

Finalmente, que fue mi primera ciudad. Donde empecé a moverme sola. Guardo dos recuerdos en mi memoria: mi primer juego de llaves y mis primeros paseos sola por Valencia. O el inicio de mi independencia, que es lo mismo.

Ya me queda solo una semana para volver y degustarla un poquito antes de regresar por Navidad y paladearla más despacio. Hace ya demasiado que no la veo y me falta. Y me pregunto qué será de mí cuando la deje por más tiempo. No sé. Quizá, sencillamente, es que sé que nos queda poco para vernos y por eso la espero con más ganas. Como cuando, después de una noche de fiesta, los pies te duelen más cuanto más te acercas a casa. Porque sabes que estás llegando y puedes permitirte la debilidad. Eso me pasa con Valencia. Por eso sé que, si he de dejarla por más tiempo, seré fuerte. Münster lo sabe.

Mientras... Si habéis visitado mi ciudad, decidme qué tal. Si no, os recomiendo que vayáis. No en vano la llaman la Perla del Turia.

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!