domingo, 30 de septiembre de 2012

Babilonia: lo que no nos contaron

Todos conocemos la leyenda. Dios, furioso por la osadía de los hombres al querer alcanzar el Reino de los Cielos, confundió sus lenguas. Cada uno comenzó a hablar en un idioma distinto, haciendo imposible la construcción de la torre de Babel y poniendo fin a la soberbia de los humanos.

Pero nadie nos contó lo que pasó después.

Pasó que al principio todo el mundo estaba hecho un lío. En el caso de ser cierto, me imagino a un par de obreros de la torre intentando hablar. Hermanos, para más inri. ¿Por qué no? Frustrados porque no se entienden. Y uno de ellos diciendo algo así como: "Pásame el agua, anda, que me muero de sed". El otro no entiende una mierda: "What?" Pero, siendo la necesidad la madre del ingenio, el primero señala una vasija de agua. "Agua", repite. "Water", dice el segundo.

Y así nacieron los intérpretes. Yo lo seré, por cierto. Me resulta muy raro decir "Hola, soy traductora e intérprete". Todavía no... He decidido alargar la carrera un año (céntrate, niña, que es tu primera entrada).

Independientemente de que la historia sea cierta o no, también viene a demostrar cómo aprendemos, cómo nos vamos moviendo por este ancho mundo. Probando una y otra vez, un poco a ciegas a veces (sobre todo al principio) hasta que vamos acertando. Por tanto, y asumiendo esto como cierto, hay una parte muy importante de la historia que no nos contaron: que alguien volvió a la torre a terminar lo que había empezado.

Volviendo a nuestros hipotéticos hermanos, supongamos que a base de esfuerzo y buena voluntad consiguieron entenderse. Nuestros primeros presuntos intérpretes, no obstante, eran obreros. Y no fueron los únicos que habían empezado a desarrollar un vocabulario bilingüe (en traducción hablamos de lexicón mental). Cuando se sintieron lo bastante seguros, un buen día esos obreros volvieron a la torre. Y claro que fue difícil, muchísimo. Probablemente tuvieron que tirar algún tabique más de una vez porque no se habían aclarado dándose medidas. Pero, poco a poco, estoy segura de que lograrían reconstruir la torre.

Solo que no hay tal torre. Por eso, definitivamente, la historia es falsa. Pero como metáfora, me gusta para nombrarme y nombrar mi (nuevo y enésimo) blog. Todos los empecé con la misma ilusión en distintos momentos de mi vida. Abandonar un blog se me antoja un crimen más terrible que destruir una catedral o un edificio. Al menos del último quedan ruinas. ¿Pero un blog abandonado? Unos bites perdidos en la inmensidad oceánica de Internet. Ni siquiera una coma. Ni un puntito. Nada, salvo algún enlace anticuado en alguna caché. Con el título me cubro las espaldas, en este caso, ya que Babel misma terminó en ruinas.

Veremos qué sale de aquí. En tal caso, bienvenidos.