martes, 18 de diciembre de 2012

Miedo

Salgo a la calle para comprar el pan. Para qué voy a comprar el pan, si no necesito pan, si necesito cualquier otra cosa menos pan. Necesito lechuga, necesito verduras frescas, vitaminas, esas cosas de adulta que nunca tomo. No importa. Cierro la puerta, con cuidado de no dar portazo. Camino de puntillas aunque son las nueve de la noche y puedo hacer todo el ruido que quiera. 

En el ascensor, me miro en el espejo. Llevo las cejas sin hacer, necesito un corte de pelo y aunque el carmín de labios es precioso, estoy horrorosa. Y solo veo ojos, de ese marrón chocolate con leche que -no lo voy a negar- tanto me gusta. Detrás de las gafas, sucias, me devuelven la mirada desde el espejo con miedo. ¿Qué haces yendo a comprar el pan? En serio. 

Por fin, salgo a la calle, pero el aire no es frío. Una de las cosas buenas del invierno es que en la calle hace frío y el aire te devuelve de un golpe la cordura y la serenidad. Pero hoy no hace frío. Resoplo, me aseguro por enésima vez de llevarlo todo (monedero, llaves, móvil, cabeza...) y avanzo. 

Ya hay gente en la calle, porque Pedro Antonio nunca duerme. Veo a la gente a mi alrededor y lo siento. Sé que lo saben. Sé que pueden oler el miedo. Sé que solo necesitan una fracción de segundo para mirarme y pensar: "Está asustada". Si fuera una manada de lobos, no habría llegado viva al cruce con Sócrates. Pero no son lobos, solo son gente.

No llevo tacones, pero intento mantener el tipo. Culo a la altura del talón, tripa adentro, pecho afuera (sin exagerar), barbilla paralela al suelo, expresión en la cara de si-te-acercas-a-mí-te-mato y algún tirón a la bufanda para resistir el impulso de colocarme el mechón del pelo detrás de la oreja hasta el infinito.

No hay mucha cola. "La barra más reciente", digo. Y me la dan, aún calentita. Salgo de la panadería y vuelvo a empezar. Resoplo una vez. Resoplo otra vez. A la tercera me pregunto de qué tengo tanto miedo.

"De vivir. De ti. De respirar. De pensar en que tienes que trabajar mucho. De ser una inútil. De no dar la talla". Todo esto lo pienso en inglés. Tiene narices la cosa. 

Llego a casa y vuelvo a caminar de puntillas, y me oculto en el cuarto. Dejo pasar el tiempo y sigo escondida en el cuarto. Porque hay cosas que simplemente no se dicen, no se entienden. Un día cada cierto tiempo quizá sea hasta recomendable tener algo de miedo a vivir. O quizá no. 

Ya no sé ni lo que quiero. Quizá nunca lo supe. Y eso da tanto, tanto miedo...

domingo, 16 de diciembre de 2012

De mi Alemania: el barrio Kuhviertel de Münster

Precisamente ahora tenemos razones más que sobradas para hablar de cosas tristes. Pero qué voy a decir sobre el tiroteo de Newtown que no se diga en las noticias. Así que, aprovechando que el nubarrón negro que me acompaña desde hace una semana ha descargado algo de agua hasta tornarse gris, voy a hablaros de un lugar al que le tengo mucho cariño y que probablemente no conozcáis: la ciudad de Münster, en el estado federal de Renania del Norte-Westfalia, Alemania.

Cómo no, os voy a explicar por qué. Veréis, a veces escribo... Fuera de aquí, quiero decir. Intento contar historias, pero no lo consigo. Hay una idea en concreto que me atormenta desde que leí la obra de teatro Trescientos Millones, de Roberto Arlt. La podéis encontrar en formato pdf por Internet y os la recomiendo. 

Es una historia que ha ido creciendo con el tiempo, igual que yo. Empezó en Londres y el desarrollo era muy simple. Poco a poco se volvió más complejo y me di cuenta de que no podría ser Londres, porque no conozco esta ciudad lo suficiente. Y no me gusta España para esta historia. A lo largo de estos años esta historia ha conseguido padrinos. Bueno, muchas madrinas y un padrino. Musas. Gente que de alguna manera u otra la ha ido nutriendo con sus aportaciones. Miriam de Lugo, Marta, Miriam del piso y Marcin. Cuatro emes. Hablando con una de las Miriam, decidí que para darle un digno homenaje, y ante la necesidad de encontrar un emplazamiento extranjero para la historia, la situaría en Münster. Además, es la ciudad extranjera que mejor conozco, porque viví en ella mi año Erasmus. Sí, toca una de batallitas universitarias. 

Para aquellos apasionados de la historia, Münster fue el lugar donde se firmó la paz de Westfalia, que puso fin a la guerra de los 30 años. También es la ciudad con más bicicletas por habitante de Europa (no, no es Amsterdam) y la ciudad más "habitable" del mundo dentro de su categoría de número de habitantes. En otras palabras, la ciudad donde mejor se vive de entre doscientos y trescientos mil habitantes. Doy fe de todo ello.

Es una ciudad pequeñita donde lo encuentras todo, maravillosa para ir en bici (eso dicen los que saben montar), atiborrada de universitarios por doquier, con pequeños cafés y pubs geniales, con todo lo bueno que Alemania puede ofrecer y con la tranquilidad de una ciudad no muy grande. Adoraba recorrer el mercado de la plaza de la catedral los sábados por la mañana. Me ponía guapa para ir a comprar queso... Y huevos. Y ver al chico que vendía los huevos, un alemán muy lindo de mejillas sonrosadas, ojos azules y sonrisa bonita. 

Además, la catedral estaba junto al barrio de Kuhviertel, mi zona preferida de la ciudad. Su nombre significa "barrio de la vaca" y es el barrio universitario por excelencia. Los mejores pubs, la biblioteca y algunas tiendas muy chulas están ahí. También el mejor kebab de la ciudad y un italiano muy decente.

En la foto podéis ver el campanario de una iglesia: la Überwasserkirche, o iglesia sobre las aguas. En mi opinión es la más bonita de la ciudad. Justo enfrente de ella hay un anticuario, uno de los exteriores más grabados de Münster: es uno de los escenarios de la serie de misterio Tatort. Este estado federal es famoso por ser el que más series de televisión y programas produce (las grandes cadenas de la tele alemana están en Colonia, a dos horas y media de Münster), así que no me sorprende.

El barrio de Kuhviertel es deliciosamente céntrico. Caro, por lo tanto, así que no podía vivir ahí. Pero mi protagonista se merece vivir en Kuhviertel, a un tiro de piedra de la biblioteca, de la facultad de filología, de la Mensa (el comedor universitario), de la catedral, del café Fyal y de todo lo que vale la pena en esta preciosa ciudad. Y bueno, si tengo la suerte de conseguir el auxiliar de conversación a Alemania y me conceden Münster, me encantaría vivir ahí si puedo. 

Tengo un recuerdo aquí que espero no olvidar nunca. Fue el día antes de volver a España por las vacaciones de Navidad. Hacía mucho frío, pero necesitaba comprar algunos regalos y fui al Weihnachtsmarkt (mercado navideño) de Kuhviertel, que era el que me faltaba por ver de los cinco que hay en Münster por estas fechas. Cuando volvía para casa, nevó con más fuerza. Toda la gente se cubría y se escondía, pero yo miraba el cielo y sentía la nieve sobre mi piel. Vi nevar por primera vez en Alemania y me encantaba (y me sigue encantando, y lo añoro). Si cierro los ojos todavía puedo sentirlo.  

Añoro esta ciudad muchísimo. Es una de mis muchas patrias y hace dos años que no la veo. Quizá escribir sobre ella, sobre sus calles y sus sensaciones, me ayude a no olvidarla. Quizá atraiga a la buena suerte y viva en ella el año que viene. Quién sabe. 

martes, 11 de diciembre de 2012

Del uno para todos y de los males psicosomáticos

Ni puedo ni quiero dar detalles, pero ahora mismo tengo una situación un poco complicada en casa. Mi madre aguantando como puede -a duras penas, porque jamás ha podido. No es culpa suya. Mi hermana mayor está siendo devorada por los nervios, perdiendo peso a la carrera sin hacer cambios en su dieta. Y mi otra hermana, que vive en la ignorancia, carcomida por el rencor y por su situación actual, que no entiende nada.

Yo soy la privilegiada. Objetiva, subjetiva y todos los ivamente que haya. Tengo un paraíso en el que esconderme, en el que me resulta fácil impedir que me molesten. Yo tengo a Granada. Y lo que es más importante, tengo a mis amigos en Granada. No solo puedo huir del microcosmos que es la ciudad donde vive mi familia, sino que también tengo quien me acompañe. Ellas no tienen ese lujo.

Hubo un momento en mi vida en el que ellas estaban un poco mejor que yo. Se llama mi adolescencia. Pero se han cambiado los papeles y ahora soy yo la que tiene que lidiar con un puñado de jovencitas perdidas que no sabe qué hacer con su vida. En el fondo siempre ha sido así. Entre las cuatro. Sin hombres, sin nadie. Solas. Y si un día fue "todas para una", ahora es un "una para todas". 

No es tan horrible. Prefiero saber la verdad a vivir en la inopia, aunque sea más difícil. Es algo que puedo y que ahora mismo debo hacer, y me parece bien. Ni siquiera me importa cómo me pueda afectar a mí, solo quiero que salgan adelante como puedan hasta que todo se normalice, si ha de normalizarse.

Por eso estoy preocupada. Porque a mí no me suele afectar nada. Físicamente, quiero decir. Tengo la suerte de gozar de buena salud y no suelo caer enferma. Lo de los nervios y mi hermana mayor no me ha pasado nunca, por ejemplo. Pero ahora sí.

Ayer volví a Granada y desde entonces cuando no tengo un achaque, tengo otro. Dolores de cabeza, malestar. Vale. Ibuprofeno y darme un día libre más. Creía que la cosa quedaría ahí. Me preparé bien la clase de esta mañana y tenía ganas de ir. Pero cuando sonó el despertador, me sentí empachada y mal. Hasta el punto de sentirme incapaz de levantarme. "Tú mandas", me dije. Apagué el despertador y me volví a meter en la cama. Al poco llamó mi madre por teléfono y le comenté cómo estaba. Ella no entiende que me salte una clase, pero tal y como están las cosas, todavía entiende menos que enferme cuando no me suele pasar nunca. 

"¿Y si estás enfermando para esconderte?" Un dolor de cabeza, pase. Pero no suelo tener problemas de estómago. Tengo bastante aguante para eso, la verdad. Dos clases menos en veinticuatro horas, todas por dolencias menores, me dan que pensar. Porque la verdad es que no me apetece nada tener que salir y ocuparme de mis cosas. Y poner buena cara, e intentar olvidar. Sé que es lo que debo hacer y probablemente sea lo que más necesito ahora, pero no quiero. Prefiero quedarme en la cama, calentita, durmiendo y dejando que pase el tiempo. Ahorrando fuerzas para dentro de una semana y media, cuando las volveré a necesitar. Cuando me tocará batallar. 

No puedo enfermar más. Ya puedo ir pensando en algo. Chutarme vitaminas en vena, usar el café hasta para ducharme, pensar en cosas bonitas, lo que sea. Pero no más malestares psicosomáticos. Y si pese a todo caigo mala, es que se me acabó la salud de hierro. 

Espero de verdad que sea lo primero. 

domingo, 2 de diciembre de 2012

El caso nominativo: ese gran pringado

Dedico esta entrada a mi amiga Conchi, que me sugirió que la escribiera hace meses. Espero que te guste y que te lo estés pasando genial en Bruselas. Qué envidia que me das, jodía. 


Vaya, una de las cosas que odio de escribir blogs es tener que ser tan egocéntrica de vez en cuando. Esta entrada viene a cuento de que estudio varios (quizá demasiados) idiomas. Ojo: estudio, NO hablo. La gente me mira pensando que soy un genio, pero os aseguro que un nativo discreparía mucho. Muchísimo. 

Algunas de esas lenguas, como el alemán y el polaco, tienen casos gramaticales morfológicos. ¿Y qué es eso? (Si eres de letras puras, sáltate tres párrafos). La versión corta: el culpable de muchas frustraciones. La versión larga la podéis encontrar en Wikipedia, en vuestro amigo de filología o en algún manual de gramática generativa (probablemente esté calzando la mesa de estudio del filólogo). 

Básicamente, que una palabra no solo cambia en función de si están en singular o plural, o en masculino o en femenino: también cambia dependiendo de qué función tenga en la oración.

Porque nosotros, felices hablantes de una lengua románica en la que es lo mismo decir que "La mesa es bonita", "he comprado una mesa", "el gato está encima de la mesa" y "Oh, Mesa, qué bonita que eres"*, vivimos ignorantes al hecho de que hay un caso para cada cosa. Por suerte, en las lenguas románicas han desaparecido casi por completo, quedando algún resquicio en los pronombres.

El caso nominativo... ¡¡volved, malditos, volved!! ¡¡No os voy a dar una clase, os lo prometo!! Gracias. En fin. El susodicho caso tiene la función de sujeto y de atributo y poco más. Cabría pensar que es un caso importante, pero la verdad es que el nominativo como tal se usa muy poco en comparación con sus colegas. Bueno, vale, puedes usarlo muchísimo y hablar sin casos, pero los alemanes y los polacos se te quedarán mirando como si hablaras en indio. Miento, solo los alemanes. Los polacos te amarán y te invitarán a un chupito en cuanto balbucees "Hola" en su idioma. Angelicos. 

Como decía, el nominativo se usa poco... En la práctica, porque en la teoría tiene muchísimo poder: para formar el resto de casos, necesitas saber cómo es el nominativo. El caso nominativo es el marginado de la clase, ese al que todos hacen de lado pero al que todos le piden los apuntes. Todos negarán que lo necesitan porque, al fin y al cabo, nadie se fija en él (nadie lo usa), pero todos se aprovechan del pobre. 

Y es que, pese a ser el único protagonista del diccionario, ni siquiera ahí es el rey. Nadie va al diccionario de polaco a buscar el significado del sustantivo, no: va a invadir su intimidad. Te importa un pito su preciosa etimología y lo bonito que queda de sujeto. ¡Lo único que quieres saber es si es masculino, femenino o neutro y cómo se forma en plural! Y ahí se queda el pobre nominativo, triste y solo, mientras tú te lo pasas pipa (te quieres pegar un tiro, pero eso el nominativo no lo sabe) declinándolo en locativo para explicar que Jesús camina sobre las aguas (sí, mis clases de polaco son fascinantes).

Pero incluso los seres más solitarios tienen un amigo, y nuestro querido nominativo tiene a alguien que hace su vida un poco más feliz y alegre: el verbo ser. Si está el verbo ser en la frase, el nominativo está contento, porque eso significa que lo van a usar. ¡Por partida doble! El verbo ser es el hada madrina del nominativo. Por desgracia, en el polaco nuestra hada madrina es un poco veleta, porque en cuanto se le pone un adjetivo delante del sustantivo, el caso cambia a instrumental y el nominativo vuelve a su rincón. En el sujeto, apartado de todos los demás.

Llevo ya varios años estudiando lenguas suicid... digo, con casos gramaticales morfológicos. Los suficientes para cogerle cariño al pobre nominativo. Él no lo sabe, pero su sufrimiento es también el mío. A él le jode que lo ninguneen, pero a mí me fastidia todavía más tener que declinarlo hasta el infinito. Por eso yo me estudio el vocabulario con mucho amor y cariño. Porque ahí, despojado de verbos y preposiciones que dirijan su vida, la palabra está feliz en su estado puro: en nominativo.

*Nota aclaratoria: No, no es lo mismo. Los casos existen, como tales, en todas las lenguas. Pero solo en unas cuantas se ven en la morfología de las palabras. En español, por ejemplo, no se ven. Vale, sí. En los pronombres. Traductora, no filóloga. Aprovecho para dar las gracias a Wikipedia por su ayuda. Dudas, gritos e improperios en los comentarios. Gracias. 

viernes, 30 de noviembre de 2012

De lo contrario al insomnio, o no querer dormir

Hay tres clases de personas: las diurnas, las nocturnas y las que funcionan a cualquier hora. Dependiendo del día puedo estar en el segundo o en el tercer grupo, pero lo cierto es que me gusta trasnochar. 

Para empezar, porque hay silencio. No hay ruidos, no hay voces, ni hay música del vecino a toda leche. Como mucho, el zumbido de la nevera y el sonido de las teclas. Bendito, sagrado silencio.

También, y acabo de darme cuenta, porque el tiempo pasa más despacio, más dulcemente, sin molestar. De día pasan mil cosas. Desayunos, clases, almuerzos, cafés, charlas, más clases, tareas, compra, limpia, todo se mueve, nada se detiene, cena, duerme (muere). Cena, juerga, duerme (si puedes) los fines de semana. 

La noche es toda igual. Cuando se apagan las luces y solo queda encendida la mía, el tiempo pasa más despacio. No golpea con las doscientas cosas que hacemos a diario. Parece observarme, desde el rincón de la pantalla que señala la hora. Ahora se burla y me dice que me tengo que levantar en cinco horas. Ya voy.

La verdad es que no me voy a dormir porque no me quiero despertar. Porque no me apetece el nuevo día y por eso lo niego. Mientras siga despierta, no habrá mañana. Solo hoy. Y no le pasa nada al día de mañana. Podría ser mucho peor. Una clase (para la que no estoy preparada), un café (que no me apetece, aber ich muss mein Deutsch üben) y una tarde que debería invertir en adelantar deberes (bienvenida, escuela primaria) y ponerme coqueta para la apetecible cena a la que estoy invitada. Eso sí me apetece. Agradable velada entre traductores, con el extra añadido de un amigo al que solo veo un par de veces al año. Cómo no iba a apetecerme.

¿Qué haces con todo eso, Krysia? ¿A qué juegas, con tus clases en la universidad, tu café de adulta y tus cenas tan interesantes cuando no eres más que una mocosa? ¿Quién te dejó salir de la primaria? ¿Cómo llegaste a la universidad? ¿Por qué te permitieron viajar sola al extranjero? Te pusiste unos tacones, te pintaste los labios en el ascensor y te creíste mujer, y mayor. Pero aunque el DNI lo desmienta, los ojos no engañan. No eres más que una niña que tiene miedo de dormir. Envidio a los insomnes. Ellos, al menos, tienen una excusa lógica y valida para no meterse en la cama.

Aún llevo los zapatos y la mierda pintura que me definen como adulta, así que interpretaré bien mi papel y me mandaré a mí misma a dormir. Ni con la cafetera de seis tazas entera para mí lograré estar medianamente lúcida a las 9, pero me gusta vivir al límite. No sería la primera vez que me duermo en clase. No, no me siento orgullosa de ello para nada. Ni de eso, ni de tantas cosas.

Vale ya por hoy. Citando a Scarlet O'Hara, after all, tomorrow is another day. Amén. 

Nota aclaratoria: gran parte del contenido del post de ayer era broma. Me veo en la obligación de aclararlo porque por lo visto fui muy sutil y más de una persona parece haberlo malinterpretado. Yo misma me llevaré las manos a la cabeza si se admite alguno de los barbarismos que propuse. Esa parte iba en broma. Lo de Reverte, en cambio, iba completamente en serio. Gracias, y disculpas.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Sugerencias a la RAE

Soy una firme defensora de la función descriptiva de la RAE. Para los no lingüistas o los que no están muy enterados del tema, quiere decir que la RAE no debe imponer nada, sino recoger y mostrar las palabras que la gente de la calle utiliza. No todos tienen cabida, principalmente porque muchos resultan ser modas pasajeras. Lo que no me gusta (ni a mí, ni a nadie) es cuando se ponen a prescribir (vamos, cuando nos dicen lo que tenemos que decir). Pero la idea de que la lengua está viva y de que la RAE nos va contando cómo va evolucionando queda clara.

Yo soy traductora, o por lo menos lingüista, y todo traductor tiene una relación de amor-odio con la RAE. Nos da los mismos sinsabores que ese ligue que no llama al día siguiente. Nos lo promete todo con sus definiciones con las que le callamos la boca a algún impertinente y todo es maravilloso... Hasta que traduces.

Un pequeño inciso para explicar que un traductor no hace un trabajo: hace tres o cuatro. Es lector activo del texto, documentalista (busca información en ambos idiomas sobre el texto para ayudarse), terminólogo (busca los términos equivalentes en ambos idiomas), traductor y revisor (y si es autónomo, además, es contable). Vamos a quedarnos con lo de terminólogo, porque "perro" es "dog", pero no hay una traducción para chorizo.

Ni para chorizo, ni para mil cosas. ¿Y qué haces entonces? Si lo dejas igual, mal, porque no se entiende. Si lo explicas, mal, porque puedes estar haciendo un añadido. Si lo omites, peor: incompetente. Pero hay una cuarta opción: acuñar un nuevo término.

Es una frase muy bonita y muy elegante, pero lo cierto es que lo hacemos todos. Yo, tú, tu madre, el banquero  y el que pide en la puerta del Mercadona. Porque acuñar un nuevo término, a fin de cuentas, es inventarse palabras para cubrir una necesidad. Neologismos, los llaman.

La mayoría surgen por la tecnología, cómo no. Otras tantas por la cultura popular. Y las más denostadas son las que vienen del inglés, los calcos. ¿Para qué quieres otra palabra, si ya tienes otra pura y castellana? Pues porque me gusta. Porque me ayuda a expresarme mejor. Pero eso los de la RAE no lo terminan de entender.

Este pedazo de tocho (comenta si has llegado hasta aquí) viene porque desde hace tiempo vengo observando que hay ciertos neologismos que merecen ser reconocidos con extrema urgencia. De ahí que dedique este post a la RAE con una serie de propuestas.

Propongo a la RAE que en su nueva edición introduzca el término estalquear. De stalk, se entiende. Es un verbo genial, ya lo usa mucha gente y tiene una connotación mucho más suave que "acosar". Acosar suena a delito. Estalquear suena a que te están prestando mucha atención. Ah, y guglear. Por favor, el verbo guglear merece ser reconocido ya. Todos gugleamos unas cincuenta veces al día como mínimo. "Buscar en Google" es demasiado largo, e incorrecto, porque seamos sinceros: es Google quien busca por ti.

Y como no solo del inglés viven nuestros neologismos, unos cuantos de mi cosecha: empiyanarse (del polaco "pijany", que significa "borracho") así como el adjetivo "piyanísima". Sí, solo en versión superlativa. Porque hay una diferencia enorme entre estar borracho y estar piyanísimo: la proporción alcohol/sangre que hay en tu cuerpo. Si el primero supera a la segunda, estás piyanísimo.

Antes de que me lluevan críticas, soy partidaria de adaptar la fonética extranjera a la grafía española, excepto en un caso muy concreto: cederrón. Cederrón (eso que veníamos llamando CD-Rom) es más poligonero que CR7, que ya es decir. Es una aberración lingüística, un oprobio, una deshonra. Es una palabra fea. Y la lengua española no lo es. Por eso debe desaparecer.

Y hasta aquí mi lista de propuestas a la RAE en el hipotético caso de que alguno de sus miembros lo lea. "Limpia, fija y da esplendor" es un eslogan cojonudo para Ariel, no para promocionar una lengua. Y ya puestos, si me queréis mandar un autógrafo de Reverte (o a Reverte entero), os lo agradecería enormemente. Lo gugleo a menudo, lo estalqueo en Twitter y me empiyanaría con él. He dicho.

Cuando Valencia me llama

Por si no lo había comentado, nací en Valencia y viví en Torrent mis primeros 18 años de vida. Cuando me mudé a Granada, con el tiempo, me desvinculé un poco de ella y me dediqué a disfrutar de las delicias de la ciudad de la Alhambra. Pero nací en Valencia. Y la gente normal que todavía queda en esta provincia, al igual que la de todas las provincias, siente arraigo.

El olor de la paella, el arroz al horno, el azahar de los naranjos y la horchata, ese frío que en invierno cala hasta los huesos y ese sol que en verano no te deja respirar. Y mi madre. Hay muchas cosas de mi infancia que bien se podrían comparar a mi periodo menstrual. Básicamente por la relación de amor-odio que tengo con ellas. Mi madre y Valencia encabezan la lista.

Empecemos con los contras, que son los más feos. Primero y principal, los petardos durante las Fallas. Tengo un trauma desde pequeña y me da un ataque de pánico cada vez que escucho cerca un masclet, algo bastante frecuente en toda la provincia entre el 1 y el 19 de marzo. Las mascletàs y los castillos de fuegos artificiales me gustan. Los imbéciles que me torturan en cada esquina, no. Por su culpa me pierdo la fiesta (PD: si eres psicoanalista o hipnotizador y te apetece hacer prácticas quitándome el trauma, deja tu e-mail en los comentarios. Gracias).

Y en segundo lugar, por la fauna autóctona: viceversos y políticos. Los primeros son culpables de que Gandía Shore esté en la parrilla televisiva (éramos pocos y parió la abuela) y los segundos, de que mi bella región esté en la ruina.

Ya está. Pasemos a los pros. Primero, que Valencia tiene metro. Lo siento, soy de ciudad y me gusta el metro. Me gusta reflexionar, escuchar música y hasta escribir en el metro. Hasta el tufillo de la sobaquera del vecino tiene su encanto en el metro, porque el metro en sí es encantador. Su precio y los canis que en él viajan no, pero dije encantador, no perfecto. Añoro mis quince minutos de reflexión.

Segundo, Anna, mi única amiga en toda la provincia. Nos parecemos mucho y muy poco a la vez, nos vemos unas seis veces al año y en las pocas horas que tenemos nos llega para ponernos al día, aconsejarnos, tomar un café, cotillear libros y maquillaje y decirnos mutuamente lo maravillosas que somos. ¿Quién da más?

No menos importante, las librerías. Todas. Desde las grandes cadenas que no se encuentran en Granada, tipo Fnac y Casa del Libro, hasta mi preferida, París-Valencia (que, a lo tonto, ya hay cinco). Tengo una ruta de los libros fantástica que me encanta seguir cuando tengo tiempo y alguien con la paciencia suficiente para aguantarme. En Granada... Psé, tengo un par, pero nada serio.

Por supuesto, el gran pro de Valencia es Valencia en sí misma. El centro, la catedral, la lonja, los mercados, el ayuntamiento, la Ciudad de las Artes (aunque esta última está a un paso de irse a la lista de contras). Valencia es hermosa. Objetivamente hermosa. Y si además te cuentan su historia, todavía más. No la conozco al dedillo, pero me deleito mucho recordando las anécdotas de mi ciudad cuando paseo por ella. Y lo añoro.

Pero lo que más echo de menos es el momento feliz en la plaza de la Virgen. Cuando hace sol y me pido un granizado de limón de a euro en la heladería de la calle Navellos, enfrente del palacio de las Cortes, y me lo llevo a la plaza de la Virgen. Siempre hay niños, palomas y niños persiguiendo a las palomas. La plaza es preciosa, el ambiente es estupendo y, si hace sol, es uno de los lugares más maravillosos y seguros del mundo. La felicidad comprimida en un instante.

Finalmente, que fue mi primera ciudad. Donde empecé a moverme sola. Guardo dos recuerdos en mi memoria: mi primer juego de llaves y mis primeros paseos sola por Valencia. O el inicio de mi independencia, que es lo mismo.

Ya me queda solo una semana para volver y degustarla un poquito antes de regresar por Navidad y paladearla más despacio. Hace ya demasiado que no la veo y me falta. Y me pregunto qué será de mí cuando la deje por más tiempo. No sé. Quizá, sencillamente, es que sé que nos queda poco para vernos y por eso la espero con más ganas. Como cuando, después de una noche de fiesta, los pies te duelen más cuanto más te acercas a casa. Porque sabes que estás llegando y puedes permitirte la debilidad. Eso me pasa con Valencia. Por eso sé que, si he de dejarla por más tiempo, seré fuerte. Münster lo sabe.

Mientras... Si habéis visitado mi ciudad, decidme qué tal. Si no, os recomiendo que vayáis. No en vano la llaman la Perla del Turia.

sábado, 24 de noviembre de 2012

De frustraciones y otras cosas feas

Es un sentimiento al que no me acostumbro. Ni yo, ni casi nadie. No nos educan para frustrarnos. Somos grandes e importantes y tenemos derecho a que se cumplan nuestros sueños y deseos, nos dicen desde la cuna. Y aun cuando la evidencia nos demuestra lo contrario, nosotros tenemos una fe infinita en que al final todo saldrá como esperamos. Fe infantil y vana, por otro lado.

Esto viene a cuento de que hoy ha sido un día ligeramente frustrante. Porque siempre hay cosas que escapan a mi control. Y me gusta que así sea. Me gusta no tener ganas de salir y pasármelo como nunca. Pero cuando hago planes y se nublan un poco, o peor, cuando en un ataque de drama tan propio de mí, el universo parece conspirar para que ciertas cosas en concreto nunca sucedan. Me enerva. Me fastidia.

Principalmente, porque ya soy mayor. Uno no se puede enfadar por ciertos comportamientos ni patalear  porque esa encantadora velada que con tanta ilusión se había preparado al final se va al traste. Y con cada decepción, lo obvio se confirma, que es que se deberían moderar las ilusiones. Pero tenemos fe de niños, y como niños nos comportamos, esperando a abrir los regalos de Navidad con cada nuevo plan en el que ponemos nuestra ilusión. Precioso. Tanto, que creo firmemente que no deberíamos perder ese entusiasmo tan genial jamás. Doloroso, no obstante, algunas veces.

¿Es acaso importante este día para el resto de mi vida? No. No llega ni a pausa, ni a coma. Quizá a conjunción. Si copulativa, adversativa o disyuntiva, lo decidirá el tiempo. Su máxima importancia radica en que ahora, ahora mismo, no me da la gana ser feliz o estar razonablemente satisfecha por una gilipollez.

Y se activa el modo drama. Frustrada por frustrarme. Frustrada por no ser mayor, por pensar, rumiar y masticar una cosa hasta que le quito el sabor. Por enfadarme. No tenemos tiempo para enfadarnos. No lo tenemos, porque literalmente se nos escapa la vida. Y no sé si el mundo se terminará este año, pero definitivamente no se acabará hoy, y menos por una estupidez como la de hoy.

A veces no nos regalan por Navidad lo que queremos, y sonreímos forzados. La vida es una eterna mañana de Navidad. Le pedimos lo que queremos, nos portamos bien esperando conseguirlo. Y a veces se consigue y a veces no. Y realmente no importa, porque mañana será otro día y porque hoy pronto será ayer, y así se suceden los días, semanas y meses. Y el tiempo pone a esa frustración en su sitio: en el olvido.

Elijo ayudar al tiempo, pobre, siempre agobiado y enfadado porque todo el mundo le odia. Esta frustración te la ahorro. Ya está :). Ya estoy bien. Quizá mañana me regalen la Play en vez de calcetines. Quizá no. Hoy he aprendido a hacer paella yo solita. Que nada empañe ese pequeño momento de felicidad.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Si no hubiera sufrido bullying

Habría tenido una infancia más feliz, definitivamente. Pero no me habría cambiado al instituto de Cheste.

Si no me hubiera cambiado a Cheste, no habría conocido a Anna ni a la gran Mercedes Magariños ni habría elegido el bachiller de letras. Habría estudiado ciencias y sería médico, seguramente.

Si no hubiera estudiado letras, no habría estudiado traducción y por tanto, no me habría mudado a Granada.

Si no me hubiera mudado a Granada, no habría conocido a, ¿por dónde empiezo? la aplastante mayoría de mis amigos. Dámaso, Adri, Juanjo y Marta. Y a toda la gente de la facultad.

Si no hubiera venido a Granada, no me habría ido de Erasmus. A Münster.

Si no hubiera ido a Münster, no sabría ni la mitad de alemán del que sé, no conocería a Helena, no habría visto nevar ni sabría valerme por mí misma al nivel que demuestro ahora.

Si no me hubiera ido de Erasmus, no me habría mudado al año siguiente con Marta.Y Sheila. Si Sheila no nos hubiera jodido el año, Marta y yo probablemente no estaríamos tan unidas. Nada como un enemigo común. Si no hubiera vivido con Marta, no conocería el ramen ni a David, el médico, no habría escrito nada y no conocería muchas cosas frikis que hoy día conozco. Cariño, gracias. De no vivir juntas tampoco la habría podido convencer de que se fuera a Londres.

Si Marta no se hubiera ido a Londres, no habría vivido con Noelia y Muffin en el piso más bonito de Granada (pese a todo). Sin Noelia no habría salido ni la mitad de veces de fiesta, no habría dado ni la mitad de cenas, no conocería HitFM, ni un montón de programas de la tele. No habría tenido un grupo de colegas tan genial como numeroso (Amal, Rosa, Vero, Pablo, Francis, Sebas, Sonia, Mili, Rafa, Brian). Y no me habría matriculado en polaco. Sin Muffin, no bebería tila ni té, no necesitaría tila o té y una manta cuando estoy triste y no echaría tanto de menos que me hagan cosquillas. Y no habría tenido nadie con quien ser mami y tierna durante cuarto de carrera.

Si no hubiera estudiado polaco no conocería a Marcin ni a Silvia ni me habría ido a Varsovia ni me habría pegado algunas de las mejores juergas de mi vida ni me habría reído tantísimo ni habría aprendido lo mejor de dos culturas tan distintas. Ah, tampoco me habría hecho amiga de Mari Carmen...

Si no me hubiera hecho amiga de Mari Carmen, no me habría mudado con ella y con Miriam. No sabría cocinar ni la mitad de pasteles que ahora conozco, no habría vuelto a empapelar una casa con post-its ni viviría tan cerca del Ugarit. Tampoco sabría ni la mitad de cosas que sé sobre lo que sueño ni podría cantar a grito pelado con una espátula en la mano y no vería Divinity en inglés.

Y todo esto son solo unas pocas de las muchísimas cosas y personas fantásticas que tengo.

Si no hubiera hecho ninguna de estas cosas, no sería yo. Sería otra persona distinta, ni mejor ni peor, pero no yo, esa rara que por lo general es un desastre pero un desastre único, que ha aprovechado su libertad para elegir dónde y cómo vivir, y con quién. Y salvo esa primera causa, el acoso escolar, todo lo demás lo escogí yo para mí. No me gusta recordar gran parte de mi infancia. Pero a ella le debo la persona que soy, y no pienso negarla.

Si lo hubiera tenido fácil, no sería yo. Por suerte, lo tuve difícil al principio.


lunes, 5 de noviembre de 2012

Fe en la humanidad

Ni siquiera sé si es correcto hablar de fe. Quizá sería mejor decir "creencia", pero todavía recuerdo algo de lo que estudié en el instituto sobre Platón y le cogí manía a la palabra. Fe es una palabra más grande, quizá por lo breve que resulta en la boca. Una exhalación de aire llena de significado.

Lo de la humanidad es otro cantar. Hay ciertas personas que, por lo que han hecho, objetivamente no merecen formar parte de la humanidad. Se les suele llamar monstruos, pero tampoco me gusta esa palabra... Nací en 1990, he visto Monstruos, S. A., me gustan las historias de fantasía y doy fe (¡¡fe!!) de que hay monstruos muy simpáticos y amables.

Al grano. Que tengo fe en la humanidad.

Puede parecer una afirmación absurda. Quizá muchos lo den por supuesto. Pero no son pocas las personas que me han tachado de ingenua. Un amigo, en particular, disfruta contándome barbaridades para que se tambalee mi fe. Y aun así me reafirmo. Aunque sé poco sobre el ser humano, o más bien pese a lo que sé, sigo creyendo en que podemos hacer las cosas bien.

Creo que la gente en general es buena. Salvo que padezca alguna enfermedad mental, y son pocas, nadie nace odiando. Ningún niño que empieza a ser consciente de quién es y dónde se encuentra se despierta cada mañana pensando en cómo hacer daño a los demás. Luego vienen las circunstancias, está claro, pero esa es otra historia.

Vale, está bien, examinemos nuestra historia. Todas las guerras, toda la sangre, todo el dolor que hemos sido capaces de crear. Y nos superamos cada día. Siempre se puede inventar otra tortura, otro modo de hacer sufrir.

¿Por qué tener fe, entonces? Por algo que me dijo mi madre: si hubiera más gente mala que buena, hace ya tiempo que el mundo no existiría. Y tiene razón. Si a duras penas seguimos luchando, intentando capear el temporal para salir adelante, es porque no somos tan malos. O no hay tanta gente mala como parece. Este pequeño pensamiento lo cambia todo para mí, me da esperanza. Una razón para no tirarlo todo por la borda.

Como individuos, no somos tan extraños ni tan particulares. En general estamos rodeados de buenas personas. Si tienes una familia, normalmente te quieren y te ayudan aunque estén como una cabra. Y a menos que seas un ermitaño extremo, probablemente tengas algún amigo que otro por ahí que, sin ser especialmente deslumbrante en ciertos aspectos, posee la discreta cualidad de ser una magnífica persona.

Digo esto porque me gusta quejarme, demasiado. Y además a veces lo hago de manera divertida. Porque el drama, ante todo, puede ser hilarante. Una cosa no está reñida con la otra. Y entre chiste y chiste, se me olvida que en este caos de mundo, tan injusto él, en el que ni me toca la lotería ni me he encontrado todavía a Matthew McConaughey por la calle y en el que el chocolate engorda, y en el que para colmo hay gente que sufre y gente que podría hacer algo para evitarlo y no lo hace, hay también gente que lo convierte en un lugar agradable para vivir. Que vive su vida sin molestar, o que ilumina un poquito la vida de los demás con pequeñas tonterías. O los Héroes en mayúsculas que hay y que siempre ha habido. No me gusta olvidarme de las cosas importantes, y esta lo es.

También escribo esto para recobrar fuerzas. Somos parte de un todo muy grande y poderoso que puede hacer cosas terribles y preciosas. Y aunque no lo parezca, el resultado también depende de ti. Y de mí. Tan pequeños y tan importantes.

Por eso, elijo no sentir instintos homicidas hacia los políticos cínicos y los radicales religiosos sin compasión que lapidan a niñas. No esta noche. Como dijo Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby, "siempre que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti". Antes de que alguien mencione a los mandatarios de cada país, pertenecientes por lo general a la clase privilegiada, diré que considero que el amor es una gran facilidad de la que no todo el mundo ha gozado, por desgracia. A mí me han querido mucho. Tal vez no de la mejor manera, pero he tenido mucho amor. Y aunque suene a tópico, eso al final es lo que cuenta.

sábado, 13 de octubre de 2012

Mi primer chupito de tequila

Esta noche, viendo una serie, me ha venido a la cabeza la primera vez que me tomé un chupito de tequila. Está bien, la segunda. Pero la recuerdo como la primera porque en la segunda aprendí cómo hacerlo.

Estaba en Irlanda, tenía 17 años. Me habían concedido una beca para estudiar inglés y vivía con una señora irlandesa fantástica llamada Nora. Había otra chica española en su casa, también de la beca, Camila.

Nora era tan simpatica y tan genial que nos dejaba beber. Siempre bajo supervisión, claro. Y, por alguna razón, tenía tequila. Así que Camila nos enseñó a tomar el chupito. Quién no lo sabe. Lame el dorso de la mano, échale sal, chupa la sal, bebe el tequila, muerde el limón. Pero lo especial de aquella técnica era que ya tenías el limón en la misma mano de la sal. Así se tomaba mucho más rápido y subía mejor el alcohol.

Aquel verano aprendí muchas cosas. A no creer jamás a un irlandés cuando dice que no va a llover, a barajar las cartas como una crupier de Las Vegas, a cumplir mis promesas -y a incumplirlas-. Y, por supuesto, a beber tequila.

Cumplí los 18 en Irlanda, también recuerdo bien ese día. Me desperté al amanecer, era un día precioso. Había encargado un par de tartas en el pueblo y Camila se ofreció a ir a recogerlas. Mientras, me duché y vi en la tele una película que era muy especial para mí. Por casualidad, la emitieron ese día.

Camila llegó y todas me cantaron el cumpleaños feliz. Nora nos llevó a comer y me regaló una cruz celta preciosa. Todavía la tengo y le guardo mucho cariño, a ella y a aquellos días en Irlanda.

Y aunque solo hace cuatro años de aquello, parece que sean mil. Desde entonces he ido a la universidad, viajado por varios países de Europa, aprendido varios idiomas y conocido cientos de personas. Por supuesto, perdí el contacto con Camila y con Nora, pero todavía las recuerdo a menudo. Siempre con la nostalgia de quien se va haciendo mayor.

Espero poder regresar a Irlanda algún día. Y deseo, aunque esto es más difícil, tener la ocasión de volver a Athlone y visitar a mi querida Nora. Mientras tanto, tengo ganas de tomarme un chupito de tequila... Y de hacerme más mayor.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Babilonia: lo que no nos contaron

Todos conocemos la leyenda. Dios, furioso por la osadía de los hombres al querer alcanzar el Reino de los Cielos, confundió sus lenguas. Cada uno comenzó a hablar en un idioma distinto, haciendo imposible la construcción de la torre de Babel y poniendo fin a la soberbia de los humanos.

Pero nadie nos contó lo que pasó después.

Pasó que al principio todo el mundo estaba hecho un lío. En el caso de ser cierto, me imagino a un par de obreros de la torre intentando hablar. Hermanos, para más inri. ¿Por qué no? Frustrados porque no se entienden. Y uno de ellos diciendo algo así como: "Pásame el agua, anda, que me muero de sed". El otro no entiende una mierda: "What?" Pero, siendo la necesidad la madre del ingenio, el primero señala una vasija de agua. "Agua", repite. "Water", dice el segundo.

Y así nacieron los intérpretes. Yo lo seré, por cierto. Me resulta muy raro decir "Hola, soy traductora e intérprete". Todavía no... He decidido alargar la carrera un año (céntrate, niña, que es tu primera entrada).

Independientemente de que la historia sea cierta o no, también viene a demostrar cómo aprendemos, cómo nos vamos moviendo por este ancho mundo. Probando una y otra vez, un poco a ciegas a veces (sobre todo al principio) hasta que vamos acertando. Por tanto, y asumiendo esto como cierto, hay una parte muy importante de la historia que no nos contaron: que alguien volvió a la torre a terminar lo que había empezado.

Volviendo a nuestros hipotéticos hermanos, supongamos que a base de esfuerzo y buena voluntad consiguieron entenderse. Nuestros primeros presuntos intérpretes, no obstante, eran obreros. Y no fueron los únicos que habían empezado a desarrollar un vocabulario bilingüe (en traducción hablamos de lexicón mental). Cuando se sintieron lo bastante seguros, un buen día esos obreros volvieron a la torre. Y claro que fue difícil, muchísimo. Probablemente tuvieron que tirar algún tabique más de una vez porque no se habían aclarado dándose medidas. Pero, poco a poco, estoy segura de que lograrían reconstruir la torre.

Solo que no hay tal torre. Por eso, definitivamente, la historia es falsa. Pero como metáfora, me gusta para nombrarme y nombrar mi (nuevo y enésimo) blog. Todos los empecé con la misma ilusión en distintos momentos de mi vida. Abandonar un blog se me antoja un crimen más terrible que destruir una catedral o un edificio. Al menos del último quedan ruinas. ¿Pero un blog abandonado? Unos bites perdidos en la inmensidad oceánica de Internet. Ni siquiera una coma. Ni un puntito. Nada, salvo algún enlace anticuado en alguna caché. Con el título me cubro las espaldas, en este caso, ya que Babel misma terminó en ruinas.

Veremos qué sale de aquí. En tal caso, bienvenidos.