martes, 3 de octubre de 2017

De la indocumentada y el paso del tiempo

Este semestre voy a estar muy ocupada porque he decidido retomar los idiomas. Y fue precisamente al matricularme en la prueba de nivel de la EOI cuando me di cuenta de que llevaba varios meses con el DNI caducado. Desde abril, para ser más exactos.

"Se nota que ya no viajas, ¿eh?" No recuerdo quién me dijo esto, pero sí que tuve ganas de asesinarlo. La última vez que me hice el DNI la recuerdo perfectamente por varios motivos. Para empezar, porque tuve que renovarlo dos veces en el año: lo perdí estando en Londres. Tuve que retrasar mi viaje de vuelta y pagar otro viaje. Lo encontré cuando ya había vuelto a España y me había hecho uno nuevo. 

Además, guardo buen recuerdo de mi último DNI porque el funcionario me pareció simpatiquísimo. Lo cual, teniendo en cuenta que por entonces lo de la cita previa no iba conmigo y que llevaba horas acampando delante de la comisaría para pillar turno, tiene mérito. Además, la foto era buena. En serio. Ver mi último DNI me pone de buen humor. Salgo guapa, relajada, inocente, feliz, joven, con mis inocentes 21 años, universitaria aún. 

Lo que ha llovido estos años... 

Pedí cita para hacerme el DNI a principios de septiembre. Para octubre, sí. Y ni siquiera en la comisaría de mi ciudad, donde no había hueco hasta noviembre. Entiendo las ventajas de la cita previa, pero para mí suponen un problema y no sé si soy la única. Yo pedí hora para hoy las tres de la tarde, pensando que me vendría de maravilla. Pero en un mes pasa de todo y el día de hoy ha resultado ser bastante caótico. Y además, por mucha cita previa que lleves, siempre toca esperar. Media hora. En comisaría. Llamadme rara, pero las comisarías me dan repelús*. Siempre me aterra la posibilidad de que me acusen de algo que no he hecho. O que he hecho, pero que creía que era legal. O... qué sé yo. El Gran Hermano nos vigila. 

Entrega foto. Lee veinte veces tu nombre y tus apellidos para confirmar que los han escrito bien (da igual que ya sea la enésima vez que te renuevas el DNI). Quéjate de la foto. Observa la cara de aburrimiento del funcionario que lleva todo el día viendo fotos como la tuya y escuchando quejas parecidas. Registra tus huellas en el sistema. Acuérdate de todas las películas en las que salga la falsificación de pruebas que has visto. Vuelve a registrar las huellas, por si acaso. Y firma. Y firma otra vez, dejando bien claro que te han fichado y que además estás conforme. Y paga. Es un documento que tú no quieres para nada y que el gobierno te obliga a tener para vivir en sociedad, pero aún así tienes que pagarlo. Y da gracias, que todavía no llevamos chips. Tiempo al tiempo.

Igual es porque me hago más mayor, pero me ha fastidiado mucho el proceso. Quizá porque cada vez soy más huraña, no lo sé. Cuando acabé, no quise mirar mi nuevo DNI; lo he guardado a toda prisa y he salido corriendo. Y me he quedado con mal cuerpo, y no entendía por qué. Hasta que por fin lo he descubierto.

Este trámite es  un recordatorio de que eres más viejo y más feo. De que el tiempo ha pasado y que ya no eres la persona de esa foto. La chica relajada, inocente y dulce de 2012, ¿dónde está? Recuerdo un poco de cómo era y sé lo que le pasó después. Viajó mucho, vivió mucho. Sufrió mucho también. ¿Pero dónde está esa mirada? En un carné roto que ya no sirve de nada. Y que guardaré por sentimentalismo hasta que no sepa qué hacer con él y lo tire. Y acabará en un vertedero, cubierto de porquería. 

Igual que la original. 

*La novelita que escribí va de una detective de policía y lógicamente menciono y describo una comisaría, así que me parece hilarante y paradójica la aversión que me producen en la vida real.

domingo, 24 de septiembre de 2017

De la calle san Agustín (Sigo viva, vol. 278)

Últimamente voy mucho a Valencia. En metro, porque no tengo coche ni carné de conducir y sería muy imprudente tomarlo prestado de mi padrastro. El coche, digo. Así que recorro unos diez minutos a pie (quince si voy despacio) hasta la estación de metro. Para ello tengo que atravesar todo el barrio por la calle de mis tías y luego seguir por la calle de la Ermita hasta el ficus, con un par de cruces minúsculos en esta última. Y como no soy demasiado sociable ni me apetece entretenerme, y a riesgo de que las voces de mi cabeza me vuelvan loca, me pongo música a toda pastilla mientras camino. Pero un día iba distraída. Estaba enfadada por alguna razón, o triste. Y no vi venir un coche por la izquierda, coche que tuvo muy buenos reflejos y no me dio. De milagro. Desde entonces, cada vez que llego a esa esquina, me acuerdo de que los coches vienen por la izquierda en ese cruce y miro.

¿Por qué no escarmiento con otras cosas igual de rápido? ¿Por qué no aprendo de mis errores?

Han pasado muchas cosas estos meses. Fui a Madrid y me lo pasé genial. Conocí a Isabel Allende (la saludé, más bien), a Lorenzo Silva (un amor de hombre), a Antonio Muñoz Molina (cordial) y a Alfredo Gómez Cerdá (otro amor de hombre). Vi una obra de teatro de José Ramón Fernández ("Nina", mi obra preferida. Imperdonable que no escribiera una reseña. Recientemente se ha reeditado la obra con un prólogo maravilloso escrito por la mayor experta sobre este autor, que casualmente es mi hermana) y me tomé un café con su mujer. Y tuve el inmenso placer de conocer en persona a César Mallorquí. He intentado describir la experiencia de forma elegante, entusiasta, infantil y todo a la vez, y nada me parece digno ni hace justicia a este hombre. Pensad en uno de vuestros autores favoritos y en lo genial que sería tomaros un café con ellos de igual a igual. ¿Ya? Vale, pues esto fue mucho mejor.

Un par de semanas tras mi viaje a Madrid, me corté treinta centímetros de pelo. Porque hacía calor, para donarlo y por una apuesta: si el Valencia Basket ganaba la liga ACB, yo me cortaba el pelo y otra fan se lo teñía de naranja. Ambas cumplimos. Hay que presumir un poco de liga, porque tardaremos en repetir. También ha sido un verano de reencuentros: I y R en Madrid, R y M (y otra M más) en Valencia. Otro reencuentro, extraño pero necesario, con R y C en Valencia. Y de hacer nuevos amigos: A, Da, J y Do de mi grupo de escritura son adorables. También D, una amiga de R. ¿Sabíais que la gente en general es maravillosa? Seguro que sí, pero no está de más que os lo recuerde.

Y he escrito. Tal vez eso haya sido lo mejor del verano. Empecé una historia por un motivo absurdo a mediados de junio, a mano. Iba a ser corta, pero los personajes fueron creciendo y al final terminé un cuaderno y empecé otro. El día antes de mi cumpleaños la terminé. Es una historia muy tonta y simple y creo que no vale mucho, más allá de haber disfrutado mucho escribiéndola y de la gran satisfacción que me produce el haber terminado algo. Tengo que pasarla a limpio y luego ya veré qué hago con ella. También he puesto al día mi cuaderno de ideas y retomado a medias otra historia. Es complicado. Pero vamos, que me siento muy creativa últimamente y eso es bueno. Y todo lo bueno merece ser celebrado.

Cumplí 27 años. Con casi toda mi familia, vino, tarta y comida maravillosos y regalitos muy chulos que siempre hacen ilusión. Backlash para la feminista, un cuaderno y un boli para la escritora, fotos y un marco para la hermana/tía/hija gruñona, taza para la adicta al té, maquillaje para la diva, Mirall trencat para la lectora y un viaje a Granada para mi yo interior, para cargar pilas y nutrirme. Si todo va bien, el puente del 9 d'octubre me iré a ver a mis nakamas. De verdad que no sé qué he hecho para merecerme todo esto. Debí de ser buenísima en otra vida, porque todavía estoy flipando.

Ha habido buenos momentos, y malos, y peores, y algún momento de fugaz y exorbitante felicidad. Han cambiado muchas cosas, y las que seguirán cambiando. No todas buenas, pero muchas. Además, estoy conociendo mejor a alguien: mi sobrinito de tres años y medio. Cada día que pasa alucino más con él, tengo que dedicarle una entrada o veinte. 

¿Y ahora, qué? 

¿La verdad? No tengo ni idea. Ya escribiré más sobre eso, hoy sólo me apetecía actualizar y dejar constancia de que sigo viva. No voy a hacer promesas porque se me da muy mal cumplirlas, pero a ver si vuelvo a escribir aquí, que lo echo de menos. 

jueves, 1 de junio de 2017

De cómo actuar en momentos de crisis existencial

Estamos a jueves y en lo que llevamos de semana he tenido tres momentos de histeria y agobio en los que he tenido que hacer un gran esfuerzo para no prenderle fuego a la casa. O a mi habitación, por lo menos. Conmigo dentro. Así que antes de que llegue el cuarto momento, he decidido crearme un plan. Por ahora está cumpliendo su función, porque el bidón de gasolina sigue en su sitio (en la gasolinera, por si alguien se lo estaba preguntando. No estoy loca, solo finjo estarlo por mi propio bien) y las cerillas continúan a salvo en el armario. Así que, por si a alguien le pudiera ser de utilidad, he aquí mi Plan para Evitar la Crisis Existencial. 

1. Lávate la cara. No puede salir nada bueno de una cara con legañas. Solo salen legañas. Y no son buenas. 

2. Respira. Y no te engañes: las cosas siempre pueden ir a peor, pero vamos a hacer algo para evitarlo. Así que respira hondo. El oxígeno es necesario para actuar. Además, ¿alguien más se acuerda de Crepúsculo? Bella siempre "se olvidaba de respirar". ¿Queréis ser como Bella? ¿Verdad que no? Pues a respirar. 

3. Ponte música. Tu música. Clásica, Eurovisiva, el Asturias, patria querida (fuera bromas: soy fan)... Lo que te pida el cuerpo. Os presto mi canción. O esta otra. Y si sentís nostalgia noventera, como yo, no os olvidéis de esta

4. Haz eso que tienes que hacer. Es muy vago, lo sé. En mi caso, es preparar un examen de prueba para mañana y ahora mismo me apetece tanto como que me arranquen una muela. Pero hey, es trabajo y no tiene por qué ser divertido. Hazlo. Luego date una palmadita por ello, pero empieza. Actualiza tu currículum, pon la lavadora, pégale un tiro a tu vecino, lo que sea que tengas pendiente (AVISO: no me hago responsable de los crímenes que cometáis tras haber leído esta entrada. Si queréis matar a alguien es vuestro problema; no me metáis en esto, ¿vale?).

4.1. Si todavía no lo has hecho hoy, como es mi caso, dúchate. Con el gel bueno, ese que te encanta y te da pena gastar. Y quien dice gel, dice champú, crema o cosa especial que no uses a menudo. Rituals fabricó sus espumas para días como hoy, no para cuando todo te va estupendamente. 

5. Sal de casa. Que te dé el sol, o la lluvia. Quítate la habitación de encima. Aprovecha para hacer un recado (en mi caso, llevar a imprimir el examen de prueba). 

5.1. Cómprate flores. Esto es totalmente opcional, pero si te lo puedes permitir y no eres alérgica, date un capricho, fomenta el comercio local y cómprate una flor. Hay vida más allá de las rosas y no son tan caras: una gerbera de color naranja cuesta un euro y vale cada céntimo por la felicidad instantánea que me entra cuando la miro. 

6. Vuelve a casa y repite los pasos 3 y 4 las veces que consideres necesarias, pero deja algo de tiempo para lo que sigue.

7. Apúntalo TODO. Vale, todo no. No necesitarás recordar que te has sonado los mocos con éxito. Pero apunta tus triunfos de hoy. ¿Te has cepillado los dientes? ¿Te has duchado? ¿Has enviado tu curriculum para conseguir un trabajo? ¿Has devuelto una llamada pendiente? ¿Has dejado el cuchillo quieto en la mesa cuando querías clavárselo a alguien en el corazón? Todo eso son triunfos y valen oro: apúntalos para venirte muy arriba por la noche. 

8. Ahora llega lo bueno: haz algo divertido. Vete a tomar algo con las amigas, ponte a ver una peli sin remordimientos, lee un rato, hazte la pedicura... Date una recompensa. Pero por favor, no elijas el azúcar. Bueno, yo, al menos, no debo elegir el azúcar. Si al contrario que yo, tienes una relación sana con el chocolate, adelante. 

¡Enhorabuena! Has sobrevivido a un día de mierda. Y puede que mañana también sea igual que este... Está bien, no pasa nada. Como dijo Winston Churchill, "si estás atravesando un infierno, sigue andando". Algún día saldremos. 

martes, 30 de mayo de 2017

De mis relatos: "Todo lo que hace falta"

Suena la televisión de fondo. Ellas dos, sentadas en el sofá, miran la pantalla mientras cogen palomitas de un bol.

-"She walks in beauty, like the night
of cloudless climes and starry skies,
and all that's best of dark and bright
meets in her aspect and her eyes"

Paula suspira, se agita bajo la manta que comparte con Alicia. Un sonido, semejante a un ronroneo, emerge de su boca.

-¿Por qué no tenemos eso, Alicia?

-¿El qué?

-¡Eso! ¡Alguien que improvise cosas tan bonitas para susurrárnoslas en el oído!

Alicia, que estaba bebiendo, escupe un poco de refresco antes de estallar en carcajadas.

-¿En serio crees que se lo acaba de inventar? Paula, eso es un poema de Lord Byron.

La expresión de Paula se congela y al poco se apaga, avergonzada de su ignorancia. Enrojecen sus mejillas, se entrecierran sus ojos. Pero Paula no es una luz que se apague fácilmente. Pronto emerge de nuevo.

-Vale, pues a alguien que me recite a Byron.

Alicia sonríe. Paula es ignorante, pero bonita. Todo lo que dice es bonito siempre. Alicia jamás será así, y lo sabe.

-¿Nada más?

Paula se retuerce en el sofá, sinuosa y felina, desperezándose. Mira al infinito con ojos de enamorada.

-Alguien capaz de recitar poesía, a Byron, con esa pasión, al oído. ¿Qué más hace falta?

Alicia pone los ojos en blanco. En un vano intento por hacer que Paula entre en razón, empieza a enumerar.

-Que no sea un psicópata, que sea sincero, que haga la colada y sepa cocinar, que te quiera recién levantada igual que cuando te acabas de arreglar, que quiera más o menos lo mismo que tú...

Paula interpone su antebrazo entre las dos, apartando tan mundanos pensamientos de su universo de luz y color.

-Ay, qué asquerosamente realista que eres, Alicia, por favor. Tú sabes de muchas cosas, pero de amor no tienes ni idea. Alguien que recite a Byron es todo lo que hace falta para ser feliz.

Alicia calla. Siempre ha sabido cuándo callar. Al contrario que Paula.

Horas más tarde, Paula se despierta en brazos de Alicia. Intenta moverse, pero no puede: Alicia le ha atado los pies y las manos.

-"She walks in beauty, like the night..."

-Alicia, ¿qué estás haciendo? ¡Suéltame!

-"...of cloudless climes and starry skies..."

-¿Qué haces con esa cuchilla? ¡No, Alicia, por favor, no!

-and all that's best of dark and bright
meets in her aspect and her eyes...

Alicia coloca la cuchilla en las manos de Paula y se arrodilla junto a ella, con cuidado de no mancharse. Besa con amor su frente y acaricia su pelo.

-"Thus mellow'd to that tender light
which Heaven to gaudy day denies."

-¡Socorro, por favor! ¡Ayuda!

No consigue decir nada más, la mano que a Alicia le queda libre le tapa la boca.

-"One shade the more, one ray the less,
had half impair'd the nameless grace
which waves in every raven tress
or softly lightens o'er her face,
where thoughts serenely sweet express
how pure, how dear their dwelling-place..."

Paula, débil, cae inconsciente. La letanía de Alicia continúa.

-"...and on that cheek and o'er that brow
so soft, so calm, yet eloquent,
the smiles that win, the tints that glow,
but tell of days in goodness spent, -
a mind at peace with all below,
a heart whose love is innocent..."

Qué razón tenías, Paula. Ahora eres feliz.



sábado, 29 de abril de 2017

De los flechazos que se cierran y las carreteras que se abren

El último tío del que me he pillado tiene novia. O amiga. O hembra. O alien, no lo sé, pero tiene a alguien. Si la mujer más segura de sí misma y autosuficiente del mundo lee este mi pequeño blog, le invito cordialmente a participar en los comentarios a ver si tiene narices de mentir descaradamente y decirme que no jode cuando te pasa eso y que no tiene importancia. No hay ovarios, señora. 

Jode, y duele de la misma manera en que duele perder a alguien, sea de la forma que sea. No solo pierdes el pasado compartido (a veces ni eso), sino el futuro: los recuerdos que pensabas crear con alguien. Tu madre, tu mejor amigo, tu profesora de secundaria, tu perro. Y tu flechazo. Por suerte, en este caso no es ninguna tragedia; más bien es el equivalente físico a cortarse con una hoja de papel: escuece muchísimo al principio y parece mentira que algo tan insignificante haga tanto daño, pero en el gran esquema de las cosas, no tiene importancia. Al cabo de un par de días el dedo está como nuevo. Y yo también. 

De todas formas, llevo un par de meses un poco raros. Desde que vino N. a verme, parece que soy incapaz de mantener el control sobre mi vida. La echo de menos, y a M., y a D. y al Doctor. Y a Granada, maldita sea. 

Estaba sacando dinero del cajero esta tarde cuando me ha invadido la duda: ¿añoro realmente las ciudades o deseo huir? Una parte de mí quiere que vuelva a hacer las maletas, que me vuelva a meter en un avión con los ojos cerrados y que confíe, a ver qué pasa. Convincente, ¿eh? Pero cuando me pregunto por qué quiero hacer eso, casi escucho una voz infantil susurrar en mi cabeza: "Ya no me gusto aquí".

Me pasó en Granada en 2013, cuando estaba hasta las narices del piso (y la gente, y yo). Me pasó en Alemania en 2015, cuando aborrecía los institutos  (y la gente, y yo). Me pasó en Polonia, en 2016, cuando me dolía la soledad (y la gente, y yo). Y está pasando ahora. 

Ya profundizaré en este tema, primero tengo que hablarlo con mi diario. Además, los momentos de subidón y de bajón son terribles para hacer promesas y tomar decisiones. Tampoco estoy enferma terminal ni mi vida peligra, así que puedo concederme el tiempo que necesite. Citando a otro M. (al que también echo de menos), la vida es más larga de lo que parece. Hay tiempo para todo. 

Así que vamos a mirar a las carreteras que se abren. Concretamente la A7, dirección Málaga, adonde me voy este fin de semana con la familia. Por la más feliz de las ocasiones: bodorrio. Mi primo se casa. 

Me encantan las bodas y hace mil años que no voy a una, así que me apetece mucho. La fiesta, el vestido, el bailoteo, la tarta, todo es genial. Pero lo que más me gusta es el significado que tiene. En un mundo lleno de dolor y barbaridad, es hermoso que todavía haya gente con el valor suficiente para decirse que se quieren muchísimo y que quieren quererse para siempre. Soy una romántica, qué le vamos a hacer, dejadme en paz. 

Fiel a mi costumbre, no voy a dormir mucho: me levanto en tres horas y media. Pero ya recuperaré en el coche. Este viaje me vendrá bien como paréntesis, para despejarme y soltarme la melena un poco. La semana que viene se presenta llena de cosas que hacer y la siguiente Eurovision. Abril no ha sido un gran mes, la verdad. Veremos qué nos trae mayo. :)

jueves, 27 de abril de 2017

De mis relatos: Agua



El cielo era tan gris que dolía mirarlo, las nubes se cernían sobre la calle y una neblina gris de contaminación invadía la ciudad. No podía respirar, aunque lo intentaba con ganas. Despedida. Cada una de las letras de la palabra se reía de ella, la juzgaba, la incapacitaba. Incapaz, otra palabra asfixiante. De mantenerse a sí misma, de trabajar, de vivir. 

¿Qué sería de ella? No solo era un trabajo; se había convertido en su religión. Aquello que llenaba de vida sus días, a través de lo cual le hallaba sentido al universo, una fuerza que la nutría y que le invitaba a seguir. Se había quedado privada de alegría. Muerta. Yerma. Estéril, como la árida arena del desierto. Un pozo seco sin agua. Una mujer quebradiza, frágil. 

Y cayó una gota.

Pero ella no se dio cuenta. Tampoco cuando cayó la segunda, ni la tercera. 

La lluvia reclamó por fin su atención, chispeante al principio, vibrante después. El agua la sacó de su letargo y su cuerpo, como una planta sedienta, se abrió de la cabeza a los pies -desde las hojas hasta las raíces- para recibirla. 

Estaba incómoda; se quitó los zapatos. El suelo mojado bajo sus pies le pareció refrescante y necesario. Sus pulmones se abrieron exigiendo más oxígeno, pero la camiseta le molestaba y se la quitó también. Empezó a atraer miradas, pero ella permanecía ajena a todas ellas. Algo más fuerte había tomado posesión de su cuerpo. Cerró los ojos y sonrió mientras la lluvia empapaba su cara. Sin darse cuenta, se había quitado el resto de la ropa. 

Empezó a correr. Salvaje. Libre. Fuerte. Con los brazos abiertos y los ojos cerrados, con la cabeza hacia el cielo, absorbiendo la lluvia con cada poro de su piel. 

Al llegar a un jardín abrió los ojos y se detuvo. El barro se le metía por los dedos de los pies y la energía que emanaba de la Tierra vibraba a través de sus piernas, su cuerpo, su pecho, su cabeza. La lluvia seguía cayendo cada vez con más intensidad y pronto se quedó ella sola en el jardín; a nadie le importaba lo que hacía. Solo que, por primera vez en su vida, había dejado de hacer. Es más, no deseaba hacer absolutamente nada. Solo deseaba ser. Ser, lo que fuera. Ser, en definitiva, ella misma.

Su pelo se fue disolviendo en una cortina de agua, por sus piernas comenzó a brotar un manantial. Sonrió porque estaba viva y porque nada necesitaba tener sentido. Ya no. 

Porque era Agua.

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No es gran cosa y no estoy muy satisfecha con este relato... En mi cabeza sonaba mejor. Pero esa ilustración había que enseñarla :). Si os gusta, seguid a Miriam en Facebook y en Instagram.

jueves, 13 de abril de 2017

De mis relatos: "Las cinco puñaladas"

"A través del agua de la ducha, le llega el tono de llamada. Se dice que no será importante, pero por si acaso, apaga el grifo. El mensaje en el contestador no se hace esperar: "Adela, soy yo. ¿Cómo estás? Estoy en la ciudad este fin de semana. ¿Estás libre esta noche? Llámame."

Hace cálculos mentales: son las siete y media. Todavía no ha cenado y no piensa cenar con él. Jamás cenaría con él, ni con nadie. Ha comido mucho, no necesita cenar. Puede citarlo a las nueve, eso le dejaría una hora y media para arreglarse. Menos mal que recogió el vestido negro de la tintorería; de lo contrario, tendría que ponerse el rojo, demasiado provocativo. Y Adela quiere provocarle, pero no quiere ser obvia. Ser obvia, jamás.

"Pero sabrá que no he cenado. Y es demasiado pronto, parecerá que estoy muy ansiosa por verlo. Más tarde mejor". Sale de la ducha y le responde con un mensaje de texto. Sabe que él lo odia y por eso lo hace. "A las 11 en Los Jerónimos. Reserve mesa, Señoría".

Tiene tres horas y media para estar divina. U ofrecer la mejor versión de sí misma, que es a lo máximo a lo que puede aspirar. La depilación láser le ha ahorrado muchísimo tiempo y ya tiene el vestido, así que puede permitirse el lujo de juzgarse duramente delante del espejo. De abajo arriba, siempre de abajo arriba. Las piernas están bien... se da un suave azote y sonríe con picardía. Sonrisa que desaparece al llegar al rebelde neumático que se niega a abandonar su abdomen. Hace una mueca y se ajusta el sujetador. Más arriba. Necesita lencería nueva, ese conjunto ha perdido su magia.

La cara está bien. La edad ha escrito sus primeras líneas de expresión. De ira y tristeza en el entrecejo, de alegría en la comisura de los labios y en los ojos, estás últimas más tenues. Suspiro. Comienza a preparar el pastel, como llama ella al largo ritual de belleza al que se somete todas las mañanas y todas las noches. Tras aplicar las tres capas de crema, llega al maquillaje.

Y a la guinda del pastel: el pintalabios, su pintura de guerra. Podría escribir artículos enteros sobre su relación con el pintalabios. Chanel 160, Euphoria. Un tono rojo con matices dorados. Un rojo de mujer adulta, elegante y segura de sí misma. Sus aspiraciones, en una barra de labios. Sonríe frente al espejo y, con sumo cuidado, delinea su boca. No intenta corregir la asimetría; le encantan sus labios. Y más con ese color.

Perfume, joyas: ha terminado. Aún son las diez y veinte. Por un segundo se plantea la posibilidad de llegar temprano, pero la descarta de inmediato. Llegará tarde, al menos cinco minutos. Porque llegar más tarde sería descortés y hacerle perder el tiempo. Jamás caería tan bajo. Recoge el cuarto de baño y el maquillaje; sigue siendo demasiado temprano. "Qué demonios..."

Primero pone música. Sinatra, desde luego. Luego abre el congelador y, tras apartar las fiambreras con su almuerzo para toda la semana, por fin encuentra lo que busca. Todavía le queda más de media botella de Belvedere, ella siempre ha bebido con mesura. Pero está nerviosa. Se sirve un chupito generoso y levanta el vaso. "Na zdrowie!", grita, casi escupe al aire antes de apurar el vaso de un trago. Se sirve otro. Pero esta vez no se lo bebe, lo deja sobre la encimera.

Se levanta y se pone a bailar con una pareja imaginaria. No con él. Él no sabe bailar.

El segundo chupito lo saborea y lo disfruta, ya está de buen humor, ya no tiene miedo. Apaga la música, guarda la botella en el congelador y sale de casa.

Llega solo dos minutos tarde, pero cumple su propósito: él ya la está esperando. Se inclina para darle dos besos, pero ella lo abraza. Por la amistad de años, por el amor no confesado, porque pese a todo el dolor y todos los desengaños, ella sigue siendo una persona cariñosa. Pide un mai tai, él un zumo de manzana.

-Sigues sin beber...

-Soy juez y estoy en público. Además, sabes que no me gusta.

-Lo sé -y desde ese momento bebe en silencio, culpable. Él lo nota.

-Estás... Te veo bien.

Esas palabras duelen como un puñal. No ha dicho que está guapa. Porque no lo cree.

-Gracias. ¿Cómo te va por Madrid?

-Bien, bueno. Nada especial. Trabajo, ya sabes. Por fin me he mudado, ya te enseñaré el piso cuando vengas. A propósito, ¿tienes alguna firma programada en la feria del libro?

Segunda puñalada. No hay libro, no desde hace un año. Hay artículos, una humilde columna con la que se gana la vida en la ciudad que ambos aman. Y por supuesto, no hay firma.

-Ya te diré algo, mi agente todavía no me ha dicho nada. Pero serás el primero en saberlo.

-Más te vale -bebe un trago de zumo-. Me encanta este sitio. ¿Sabes? Precisamente ayer hablé con Raquel. Le dije que iba a venir y que seguramente te vería. Dijo que teníamos que tomar algo aquí. Como en los viejos tiempos... Nada ha cambiado.

Tercera puñalada.

-No mucho, no. ¿Cómo está? ¿Sigue quejándose del tiempo?

-Sí, ya la conoces. La única persona del mundo que se quejaría del clima de Malta. Está bien. Y el sol le ha sentado fenomenal, está guapísima. A ver, siempre lo ha sido, pero ahora está preciosa. Y eso que solo la vi por Skype... -bebe otro trago-. De hecho, eso me preocupa. Vuelvo a sentir cosas.

Asiente. Bebe de un trago su mai tai y pide otro, lo va a necesitar.

-Eso no es malo -consigue decir en un susurro-. Al contrario. Siempre la has querido, lo sabes.

Y ella ya debería saberlo.

-Ya, pero está casada. ¿Cómo puedo ser así? Yo no hago esas cosas.

Ella sonríe sarcástica.

-¿El qué, enamorarte? Señoría, lamento sacarle de su burbuja lógica y analítica, pero nadie puede escapar de eso. Ni siquiera tú.

-Adela -dice su nombre despacio-, ¿qué puedo hacer? -cuarta puñalada.

Se odiará por esto. Se odiará por la alternativa. Se odiará, en cualquier caso. Pero eso tendrá que esperar, porque ahora debe responder. Cierra los ojos para que las lágrimas no salgan. Anestesia con alcohol la herida.

-No estás haciendo nada malo. Acepta que la quieres, no intentes bloquearlo. Deja que fluya. Dejar que afecte a tu comportamiento o no, depende de ti. Pero no te niegues tus emociones. Y no hay ninguna prisa, así que concédete el tiempo que necesites. Sé paciente y amable contigo mismo. Al final, las cosas encontrarán su sitio. No te preocupes.

Ahora es él quien contiene una lágrima. Sonríe y le coge la mano. La besa.

-Gracias. Eres un encanto.

Quinta puñalada.

-Es tarde, tengo que irme -saca su cartera y deposita un par de billetes en la mesa-. Me ha encantado volver a verte.

-¿Cómo? ¿Tan rápido? -intenta volver a cogerle la mano, pero ella ya está a kilómetros de ahí-. Deja que te invite al menos, mujer.

-Sí, tengo que entregar un artículo mañana a primera hora. Y por no perder la costumbre, todavía no he empezado. Ya me invitarás a la próxima.

Se acerca a él y le da un único beso en la mejilla. Escucha un "Hasta luego" desde el otro lado del bar. En el ascensor, a salvo, empieza a llorar. Y termina al salir.

No enciende la luz, no lo necesita. Se quita los tacones, deja las joyas en la mesa del recibidor. El bolso, en el suelo. Apaga el móvil. Y vuelve de nuevo a por el Belvedere. De pie ante el equipo de música, titubea. ¿Todo está perdido?

Y una mierda."