jueves, 13 de abril de 2017

De mis relatos: "Las cinco puñaladas"

"A través del agua de la ducha, le llega el tono de llamada. Se dice que no será importante, pero por si acaso, apaga el grifo. El mensaje en el contestador no se hace esperar: "Adela, soy yo. ¿Cómo estás? Estoy en la ciudad este fin de semana. ¿Estás libre esta noche? Llámame."

Hace cálculos mentales: son las siete y media. Todavía no ha cenado y no piensa cenar con él. Jamás cenaría con él, ni con nadie. Ha comido mucho, no necesita cenar. Puede citarlo a las nueve, eso le dejaría una hora y media para arreglarse. Menos mal que recogió el vestido negro de la tintorería; de lo contrario, tendría que ponerse el rojo, demasiado provocativo. Y Adela quiere provocarle, pero no quiere ser obvia. Ser obvia, jamás.

"Pero sabrá que no he cenado. Y es demasiado pronto, parecerá que estoy muy ansiosa por verlo. Más tarde mejor". Sale de la ducha y le responde con un mensaje de texto. Sabe que él lo odia y por eso lo hace. "A las 11 en Los Jerónimos. Reserve mesa, Señoría".

Tiene tres horas y media para estar divina. U ofrecer la mejor versión de sí misma, que es a lo máximo a lo que puede aspirar. La depilación láser le ha ahorrado muchísimo tiempo y ya tiene el vestido, así que puede permitirse el lujo de juzgarse duramente delante del espejo. De abajo arriba, siempre de abajo arriba. Las piernas están bien... se da un suave azote y sonríe con picardía. Sonrisa que desaparece al llegar al rebelde neumático que se niega a abandonar su abdomen. Hace una mueca y se ajusta el sujetador. Más arriba. Necesita lencería nueva, ese conjunto ha perdido su magia.

La cara está bien. La edad ha escrito sus primeras líneas de expresión. De ira y tristeza en el entrecejo, de alegría en la comisura de los labios y en los ojos, estás últimas más tenues. Suspiro. Comienza a preparar el pastel, como llama ella al largo ritual de belleza al que se somete todas las mañanas y todas las noches. Tras aplicar las tres capas de crema, llega al maquillaje.

Y a la guinda del pastel: el pintalabios, su pintura de guerra. Podría escribir artículos enteros sobre su relación con el pintalabios. Chanel 160, Euphoria. Un tono rojo con matices dorados. Un rojo de mujer adulta, elegante y segura de sí misma. Sus aspiraciones, en una barra de labios. Sonríe frente al espejo y, con sumo cuidado, delinea su boca. No intenta corregir la asimetría; le encantan sus labios. Y más con ese color.

Perfume, joyas: ha terminado. Aún son las diez y veinte. Por un segundo se plantea la posibilidad de llegar temprano, pero la descarta de inmediato. Llegará tarde, al menos cinco minutos. Porque llegar más tarde sería descortés y hacerle perder el tiempo. Jamás caería tan bajo. Recoge el cuarto de baño y el maquillaje; sigue siendo demasiado temprano. "Qué demonios..."

Primero pone música. Sinatra, desde luego. Luego abre el congelador y, tras apartar las fiambreras con su almuerzo para toda la semana, por fin encuentra lo que busca. Todavía le queda más de media botella de Belvedere, ella siempre ha bebido con mesura. Pero está nerviosa. Se sirve un chupito generoso y levanta el vaso. "Na zdrowie!", grita, casi escupe al aire antes de apurar el vaso de un trago. Se sirve otro. Pero esta vez no se lo bebe, lo deja sobre la encimera.

Se levanta y se pone a bailar con una pareja imaginaria. No con él. Él no sabe bailar.

El segundo chupito lo saborea y lo disfruta, ya está de buen humor, ya no tiene miedo. Apaga la música, guarda la botella en el congelador y sale de casa.

Llega solo dos minutos tarde, pero cumple su propósito: él ya la está esperando. Se inclina para darle dos besos, pero ella lo abraza. Por la amistad de años, por el amor no confesado, porque pese a todo el dolor y todos los desengaños, ella sigue siendo una persona cariñosa. Pide un mai tai, él un zumo de manzana.

-Sigues sin beber...

-Soy juez y estoy en público. Además, sabes que no me gusta.

-Lo sé -y desde ese momento bebe en silencio, culpable. Él lo nota.

-Estás... Te veo bien.

Esas palabras duelen como un puñal. No ha dicho que está guapa. Porque no lo cree.

-Gracias. ¿Cómo te va por Madrid?

-Bien, bueno. Nada especial. Trabajo, ya sabes. Por fin me he mudado, ya te enseñaré el piso cuando vengas. A propósito, ¿tienes alguna firma programada en la feria del libro?

Segunda puñalada. No hay libro, no desde hace un año. Hay artículos, una humilde columna con la que se gana la vida en la ciudad que ambos aman. Y por supuesto, no hay firma.

-Ya te diré algo, mi agente todavía no me ha dicho nada. Pero serás el primero en saberlo.

-Más te vale -bebe un trago de zumo-. Me encanta este sitio. ¿Sabes? Precisamente ayer hablé con Raquel. Le dije que iba a venir y que seguramente te vería. Dijo que teníamos que tomar algo aquí. Como en los viejos tiempos... Nada ha cambiado.

Tercera puñalada.

-No mucho, no. ¿Cómo está? ¿Sigue quejándose del tiempo?

-Sí, ya la conoces. La única persona del mundo que se quejaría del clima de Malta. Está bien. Y el sol le ha sentado fenomenal, está guapísima. A ver, siempre lo ha sido, pero ahora está preciosa. Y eso que solo la vi por Skype... -bebe otro trago-. De hecho, eso me preocupa. Vuelvo a sentir cosas.

Asiente. Bebe de un trago su mai tai y pide otro, lo va a necesitar.

-Eso no es malo -consigue decir en un susurro-. Al contrario. Siempre la has querido, lo sabes.

Y ella ya debería saberlo.

-Ya, pero está casada. ¿Cómo puedo ser así? Yo no hago esas cosas.

Ella sonríe sarcástica.

-¿El qué, enamorarte? Señoría, lamento sacarle de su burbuja lógica y analítica, pero nadie puede escapar de eso. Ni siquiera tú.

-Adela -dice su nombre despacio-, ¿qué puedo hacer? -cuarta puñalada.

Se odiará por esto. Se odiará por la alternativa. Se odiará, en cualquier caso. Pero eso tendrá que esperar, porque ahora debe responder. Cierra los ojos para que las lágrimas no salgan. Anestesia con alcohol la herida.

-No estás haciendo nada malo. Acepta que la quieres, no intentes bloquearlo. Deja que fluya. Dejar que afecte a tu comportamiento o no, depende de ti. Pero no te niegues tus emociones. Y no hay ninguna prisa, así que concédete el tiempo que necesites. Sé paciente y amable contigo mismo. Al final, las cosas encontrarán su sitio. No te preocupes.

Ahora es él quien contiene una lágrima. Sonríe y le coge la mano. La besa.

-Gracias. Eres un encanto.

Quinta puñalada.

-Es tarde, tengo que irme -saca su cartera y deposita un par de billetes en la mesa-. Me ha encantado volver a verte.

-¿Cómo? ¿Tan rápido? -intenta volver a cogerle la mano, pero ella ya está a kilómetros de ahí-. Deja que te invite al menos, mujer.

-Sí, tengo que entregar un artículo mañana a primera hora. Y por no perder la costumbre, todavía no he empezado. Ya me invitarás a la próxima.

Se acerca a él y le da un único beso en la mejilla. Escucha un "Hasta luego" desde el otro lado del bar. En el ascensor, a salvo, empieza a llorar. Y termina al salir.

No enciende la luz, no lo necesita. Se quita los tacones, deja las joyas en la mesa del recibidor. El bolso, en el suelo. Apaga el móvil. Y vuelve de nuevo a por el Belvedere. De pie ante el equipo de música, titubea. ¿Todo está perdido?

Y una mierda."

martes, 4 de abril de 2017

De mis películas V: "El mundo de Leland" (The United States of Leland)

Parece que fue ayer cuando empezó 2017 y ya hemos superado la cuarta parte. Alucinante. Mejor no me pongo a divagar sobre lo rápido que pasa el tiempo, que acabaré deprimiendo a alguien. Mejor hablar de una película, sí. Una alegre... El mundo de Leland, por ejemplo. 

Cáptese el sarcasmo de la última frase: no es una película alegre. En absoluto. Es más, es la antítesis de la alegría. Eso sí, es una película muy buena. 

Corría el año 2005 y yo me fui a Murcia a visitar a una amiga. Cuando nos cansábamos de pasear y de hablar, nos poníamos a ver películas. Por suerte, M. tiene un gusto maravilloso para el cine. Fue el verano de ver Desayuno con diamantes y Vacaciones en Roma (porque Audrey Hepburn es genial y punto). Y también fue el verano de El mundo de Leland

Esta película va de un chaval de quince años al que acusan de matar a un niño con deficiencia mental. Obviamente, lo meten en prisión mientras esperan a celebrar el juicio y como es menor, tiene que ir a clase. Ahí, empieza a escribir su historia en un cuaderno y el profesor le anima a continuar. Y hasta aquí puedo leer. 

A ver, ¿por dónde empezamos? Ryan Gosling lo hace de maravilla, pero... ¡¡esperad, por favor!! ¡Que la película es buena de verdad! ¡Ryan no tiene nada que ver en esto, me enamoré de él años después! ¡Volved, maldita sea! Si además no parece ni él. Como decía, Ryan Gosling interpreta el papel protagonista a la perfección, pero no es el único. Esta es una película de personajes: casi todos tienen una historia que se nos cuenta con pequeños detalles, pinceladas sutiles que les dan una personalidad compleja. Me encanta el personaje de Don Cheadle, y odio que me encante, pero me identifico mucho con él. Michelle Williams y Lena Malone consiguen hacerme empatizar con ellas, cada una a su manera. Pero si a alguien le quedan dudas: Kevin Spacey sale. Y con eso lo digo todo.

Es una película de bajo presupuesto, así que ni la música ni los escenarios son ninguna maravilla. Tampoco lo necesita, no dejan de ser adornos: si el guión es bueno y lo interpretan buenos actores, no hace falta más. El mundo de Leland se basta por sí sola en su sencillez, no necesita aderezos. 

Recomiendo verla un día que se esté de bajón, para tocar fondo a gusto. En días de felicidad suprema, por favor, no seas tan masoquista. Ponte Aladdin y disfruta del momento. Pero a veces apetece sentarse, dejar que le cuenten a uno una historia y pensar. En por qué las cosas sucedieron así, en si los personajes -o nosotros- tenían opción... en muchas cosas. Y en la tristeza, sobre todo en eso.

No apta para quien solo ve comedias y cosas felices que acaban bien, ni para quien se aburre con las historias raras. Pero para quien tenga ganas de ver algo diferente, ya está tardando. 

viernes, 31 de marzo de 2017

De la entrada contra reloj

No es que anteponga la cantidad a la calidad, aunque estoy dando motivos más que sobrados para se piense eso de mí. Este empeño mío reciente en querer actualizar dos veces a la semana responde más a la necesidad de querer ser constante en algo. Son las 23:47, así que me quedan poco más de diez minutos para escribir y publicar esta entrada.

Casualmente hoy me he puesto a pensar, no sé muy bien por qué, en el tiempo que he tardado en aprender ciertas cosas. Algunas más fáciles que otras, y que sin embargo me han costado muchísimo. Por poner un ejemplo, tardé casi un año en entender las divisiones por dos cifras. Ahora me cuesta creerlo, pero en tercero de primaria me supuso una crisis existencial. Un poco más tarde, en sexto, me enfrenté a uno de los desafíos más grandes de mi vida: aprender a hacer la voltereta. Hay quien se queja de estudiar análisis sintáctico porque dicen que no sirve de nada... Tal vez. Yo sí puedo garantizar que hacer la voltereta no me ha servido absolutamente de nada en esta vida.

Probablemente de lo que más orgullosa me siento es de haber aprendido a montar en bici, aunque fuera con 24 años. No he practicado mucho desde entonces, pero espero de corazón que sea de verdad lo que dicen y no se me olvide.

Aún me queda demasiado por aprender. Y es maravilloso y genial: solo aprendiendo tiene sentido la vida. No me parece mal. Pero me gustaría entender mejor a la gente... ¿soy la única? Un manual de instrucciones, no demasiado complicado, con lo básico. A detectar las emociones en las palabras y en los gestos, o en la ausencia de ellos. Y a reaccionar de manera sencilla y elegante, para no hacer daño ni que te lo hagan a ti. Apple, saca una aplicación con esto y te ganarás mi respeto.

Es algo que me ha fastidiado siempre y me sigue doliendo. Tanto como no entender las divisiones de dos cifras. La sensación de que todo el mundo me lleva algo de ventaja, de que hay algo que no entiendo. Y lo que es peor, el terrible miedo a no ponerme al día jamás. Ojalá las relaciones personales se parecieran un poquito a las matemáticas; quizá así tendría una oportunidad...

Se me acaba el tiempo.

martes, 28 de marzo de 2017

De mis relatos: 6:30 a. m.

"Cuando suena el despertador te quieres morir. Quieres dormir. Quieres quedarte en coma durante un par de horas más. Quieres que alguien detone una bomba nuclear y arrase con todo, pero no quieres levantarte. Y te levantas, con la carencia de sueño grabada en la cara y el pelo como si acabaras de luchar por tu vida en un circo romano. 

A qué mala hora se te ocurrió apuntarte al gimnasio. A otras horas, en otro momento, podrías hacer una lista completa y bien estructurada de todas las buenísimas razones que tienes para no ir, pero el agotamiento te impide recordar ninguna. Es por eso que ni piensas: te pones la ropa, te acuerdas de coger las llaves -eso sí- y sales por la puerta. Y vas. 

Adoras la primavera y no porque haya flores. Te gusta el olor del aire, que te recuerda a los días felices de colegio, a los pocos fragmentos de infancia puros que te quedan. Inspiras la primavera y sientes que algo dentro de ti empieza a florecer. Tal vez sean gases, tal vez te hayas enamorado, qué más da. 

Qué fue de las tarjetas, te preguntas mientras pasas tu dedo por el lector de huellas digitales. Aunque si lo vuelves a pensar, tiene gracia: es como entrar en la CIA. Ni dos minutos más tarde haces máquinas, en un fascinante ejemplo de multitarea: eres capaz de trabajar los pectorales, ver por el rabillo del ojo las noticias y por el otro ser consciente del ridículo que estás haciendo a la vez y aún te sobra algo de campo de visión para mirar disimuladamente el culo bien formado que tienes delante. 

Te pones música de verdad para contrarrestar el estruendo. Algo con ritmo, algo con fuerza. Amaranth, por ejemplo. Cantas a gritos en silencio en un concierto al que solo vas tú. Y en algún momento te aíslas, te vas. No por egocentrismo, sino por necesidad. A veces necesitas esconderte en tu planeta, arrancar tus baobabs, regar tu rosa y regresar. Cuando vuelves no eres mejor ni más feliz, pero mantienes la cordura. Es martes, con eso te basta. 

Todo está en silencio en casa, donde todavía no ha salido el sol. Exprimes los últimos minutos de paz en la ducha, emborrachándote con los jabones y exfoliantes que, lejos de mejorar tu piel, parecen pócimas de alquimista cuando las mezclas, un olor tras otro. Y de ese surrealismo onírico te saca el tacto de la toalla, tangible, real y más áspera de lo que te gustaría. Pero la ropa es amable y cálida. 

Ahora querrías llorar y sabes muy bien por qué. La libertad tiene un parto doloroso y tú apenas acabas de empezar a tener contracciones. Sabes que la felicidad hay que lucharla cada día, batalla a batalla, porque la vida no es una guerra que se pueda ganar. Querrías que las cosas fueran distintas, pero no puedes hacer más. En serio, no puedes. Bebe café, vete a trabajar, sonríe a la recepcionista. Mañana será otro día. Será miércoles. "

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Sí, ya he faltado toda una semana. Me estoy adaptando otra vez. Más que bajón postvacacional, estoy experimentando la agobiante sensación de tener más proyectos que tiempo y energía. Pero ya estoy de vuelta :-).


lunes, 20 de marzo de 2017

Del muy necesario viaje sola

Menos de un mes he tardado en fallar un día. Si es que no puede ser. Entre que terminaba un trabajo y que salía con el Doctor a dar una vuelta, no tuve tiempo de actualizar. Pero me lo estoy pasando muy bien, así que compensa. Mientras venía hacia aquí me puse a pensar y me di cuenta de que era el primer viaje sola que hacía en mucho tiempo.

De acuerdo, esto no es realmente un viaje; más bien una escapada larga. Y he venido y me voy sola, pero no estoy sola; el Doctor y yo hemos pasado juntos todo el tiempo que su trabajo le permite. Sin embargo, experimenté una gran sensación de libertad cuando me subí al autobús y arrancó. Porque, sola o no, hacía tiempo que no viajaba. 

"Si crees que conoces bien a alguien, viaja con él". No sé dónde leí o escuché esa frase, pero es muy cierta y además se puede aplicar a uno mismo. Si crees que has cambiado y que te conoces bien, viaja. Incluso la escapada más sencilla de dos días nos pone en situaciones que se salen de lo cotidiano. Hablar con personas extrañas, pasear por calles que son un misterio, adentrarse en lo desconocido... no son simples desafíos, sino un conjunto de experiencias y decisiones que revelan mucho de uno mismo. No todo es bueno, pero tampoco todo es malo. 

Los buenos amigos son como la familia, pero una familia que no juzga y que no tiene tantos antecedentes. Dado que en mi casa todas somos excesivamente criticonas y rencorosas, venirme a pasar unos días con el Doctor ha sido un soplo de aire fresco... cargado de hojas y ramitas, porque este amigo mío disfruta mucho tocándome las narices. Así y todo, es estupendo pasar tiempo con él. 

Para mi sorpresa, Barcelona me está gustando. Ya está, ya lo he dicho una vez y no lo repetiré. No voy a entrar en comparaciones y creo que sigo siendo más fan de Madrid, pero me lo estoy pasando de maravilla. Y eso que no he visto ningún monumento por dentro (falta de ganas y presupuesto); básicamente me estoy pateando la ciudad entera. Pasear, por cierto, era algo que echaba de menos después de tantos días. Me he quemado con el sol y tengo un dolor de piernas que no se me va a ir hasta el jueves pero vale la pena. Totalmente. Hoy tengo pensado irme a alguna librería-cafetería mona a escribir/leer/no hacer absolutamente nada. Mañana se me acaba lo bueno, así que tengo que aprovechar el tiempo que me queda. 

Si la depresión postvacacional me lo permite, actualizaré mañana. Igual subo un relato, que hace tiempo que no comparto ninguno. Mientras tanto, si no tenéis la suerte de estar de vacaciones, pasad un buen día. ¡Me vooooooy! :)

martes, 14 de marzo de 2017

De las cartas escritas en las nubes (I)

Martes, 14 de marzo de 2017

Hoy me he acordado de ti. Me acuerdo de ti a menudo, creo que deberías saberlo, pero por primera vez en mucho tiempo me he decidido a escribirte. He pensado que, si alguna vez me buscas o me encuentras, tal vez te gustaría saber que todavía te recuerdo, que todavía te siento. Que después de todos estos años, sigues muy vivo dentro de mí.

He estado pensando en muchas cosas últimamente. Te las contaría todas aquí, pero tenemos público. Además, tampoco te interesarían. Pero estaba apuntando unas cosas en la agenda cuando me he encontrado con tu carta guardada en el bolsillo. Es una agenda muy práctica, la verdad. 

¿Te acuerdas de esa carta? Me la escribiste por mi cumpleaños, el año que nos conocimos. Yo estaba muy triste ese día porque no lo había celebrado apenas y casi nadie me había felicitado. Eran tiempos más sencillos, sin Facebook, más sinceros. La realidad era que estaba sola, que alejaba a los demás y me alejaba yo. Pero esa es otra historia, no la que he venido a contarte. El día después de mi cumpleaños recibí tu carta y me puse muy contenta: dos folios escritos por las dos caras, una en negro y las otras tres en azul, de tu puño y letra. 

Siempre me ha gustado tu letra, esmerada, femenina, redonda. Podría pasarme horas trazando tus efes en el aire, te confesaré que te las he llegado a copiar. He vuelto a leer la carta, desde el principio hasta el final. Casi puedo recitarla de memoria y sé, como cuando veo una película que he visto muchas veces, en qué parte voy a sonreír y en qué partes me voy a entristecer. Siempre las mismas. 

A veces me pregunto si fuiste un profeta; sabías tanto de mí, de cómo sería. Con quince años fingía entenderte, con veintiséis empiezo a hacerlo. Creo que por eso me sigo acordando de ti: todavía te necesito. O al menos, todavía necesito tus consejos. Por eso todavía leo tu carta, la carta más bonita que me han escrito nunca. Hoy me he fijado en el sobre: ocultaste mi primer apellido. Se me había olvidado que fuiste tú la primera persona que se dirigió a mí por ese nombre, el que elegí. Así de importante fuiste, has sido, eras, eres, serás... contigo nunca sé en qué tiempo hablar. 

Y es que cuando creo convencerme de que te he olvidado, de que he superado lo tuyo y que ya no eres más que una coma en mi historia, se revuelve tu recuerdo en mi mente. Como si mi cuerpo se revelara ante la idea de dejarte marchar. Ya me he rendido: vives en mí. De ahí no podrás irte. 

Así que, ya que no te puedes ir, he decidido que esta noche voy a soñar contigo. Soñaré que nos encontramos en Valencia, en la plaza de la Virgen. Le pondré un banco ficticio frente a la fuente y nos sentaremos ahí. Como es mi sueño, hablaremos de mi vida y me responderás, amable, como el viejo amigo que eres. Básicamente porque hace tiempo que no sé nada de ti. Confieso que resistirme a buscarte en Google me cuesta horrores, pero he aprendido a quererme lo suficiente para no hacerme más daño. No por ti. 

Me voy a dormir ya, mañana tengo que madrugar para crear los recuerdos  que quiero tener. Espero que te llegue un poco del cariño que todavía siento por ti y que allá donde estés sigas mirando a las estrellas. 

Te escribiré de nuevo, seguro. Pero no sé cuándo.

viernes, 10 de marzo de 2017

De la no tan misteriosa afonía y otras cosas que han pasado

Esta iba a ser una semana muy tranquila. Me iba a limitar a leer, escribir y no salir de casa. Fácil, ¿verdad? Demasiado. Por eso creo que en algún momento entre la siesta del martes y la del miércoles, el Universo se enfadó conmigo y decidió volver mi semana un poco más interesante. 

Entre mis nuevas aficiones se encuentra el baloncesto. Más concretamente el Valencia Basket: toda mi familia tiene pase y cuando se hizo evidente que no me volvía a Polonia, me compraron uno. He aprendido muchas cosas con este deporte; entre ellas, que la afición también juega y que me encariño demasiado deprisa con la gente. Oh, sí: ya adoro a toda la pandilla. Bueno, Thomas es un soso, pero los demás son adorables. Pues el miércoles nos jugamos el pase a la semifinal de la Eurocup y teníamos a dos lesionados y medio (Vives jugó con un esguince a medio curar). El partido fue en Valencia y todos fuimos. Y gritamos. Mucho. Muchísimo. ¡Pero ganamos! Y además, me encontraba bien, perfectamente... 

El jueves parecía un día apacible, pero resultó ser la calma que precede a la tormenta. Por la mañana rememoré los tiernos días de mi infancia con M.: nos maquillamos como cuando éramos niñas. También, entre charla y charla, tomamos una sublime decisión. Todavía nos tenemos que informar, pero la verdad es que es algo que me apetece mucho hacer. También recibí un mensaje de mi editorial polaca para que les corrigiera un libro de conversación en español. De vez en cuando les hago algún trabajito, no me suele llevar mucho tiempo y así me saco un extra. Tenía tiempo de sobra antes de irme a Barcelona el jueves que viene, así que acepté. 

Así estaban las cosas cuando por la noche me escribió una amiga del instituto con la que llevaba tiempo sin hablar ofreciéndome otro trabajito. Más extenso, más complicado y más interesante. En Barcelona tendré mucho tiempo libre y puedo trabajar, pero me interesaría dejármelo todo acabado. Dudas, nervios, más dudas... Qué narices, aquí hemos venido a jugar. He aceptado. 

Eché un ojo a mi agenda: una semana para corregir un libro, hacer el otro encargo, dar un par de clases, ver dos partidos de baloncesto y hacer la maleta. Un poco justo, pero factible. Así, entusiasmada y asustada a partes iguales, me fui a la cama. ¿Qué podía salir mal? 

La biología, cómo no: me he despertado afónica. No me duele la garganta (menos mal, me estoy dejando los nudillos tocando madera para que no se me infecte), pero no tengo voz. Si hay algún otorrino en la sala, que se manifieste: ¿cómo es esto posible? No he cogido frío (si alguien está atento a las previsiones meteorológicas, habrá observado que aquí ahora mismo hace calor), no he hecho nada. Vale, me desgañité el miércoles, ¡¡pero de eso hace dos días!! ¿Existe la afonía con efecto retardado? ¿Es eso algo real? ¿Por qué me tiene que pasar esto? ¿Mataron a alguien porque fui una bocazas en mi antigua vida y ahora el karma me lo paga con episodios de silencio forzado? ¿El universo necesita un respiro de tanto oírme hablar? ¿Se me está yendo la cabeza? 

Probablemente. Y sigo sin poder hablar, así que me vuelvo al trabajo. El libro ya está corregido y estoy preparada para lo que venga. Creo. Si no publico el martes, es que el universo se ha hartado también de la mierda que escribo y ha decidido que se me caigan los dedos. ¡Buen fin de semana!